Villanueva está de fiesta. Son las fiestas patronales de Santo Tomás, una celebración católica que, con el paso de los siglos, ha contribuido a darle identidad a esta población del sur de La Guajira. Un pueblo que además de su profunda tradición religiosa, se convirtió en uno de los territorios más sonoros del Departamento por la extraordinaria cantidad de acordeoneros, compositores, cantantes y músicos que aquí han nacido.
Revisando la monografía del profesor Rafael Antonio Amaya y mi abuelo Manuel José Fernández, pero además recuperada por mi hermano Normando Suárez Fernández, la cual fue publicada en 1946 bajo el título ‘Villanueva: Datos historiales de la ciudad de Santo Tomás de Villanueva’, encontramos que fue el español valenciano Roque de Alba quien realizó la fundación hispana de Villanueva en territorio de las parcialidades indígenas Itotos, pertenecientes al tronco etnolingüístico Caribe, el 18 de septiembre de 1562, colocándola bajo el patronato de Santo Tomás de Villanueva. Por supuesto, esta fecha no tiene discusión porque fue narrada por dos excelentísimos hijos ilustres de esta tierra, uno profesor de alto respeto y conocimiento, y otro notario respetado del círculo notarial del Villanueva grande.
El patronato de Santo Tomás no pertenece solamente a nuestra parroquia villanuevera. Su legado está estrechamente vinculado con la Orden de San Agustín, comunidad religiosa de la cual también proviene el papa León XIV. De esa manera, aquella devoción que durante siglos hemos acompañado a Villanueva, encontramos que hay una particular conexión con la Iglesia universal.
La monografía narrada por el profesor y mi abuelo, pero además rescatada por mi hermano, recoge de la tradición oral villanuevera dos acontecimientos considerados milagrosos y relacionados curiosamente con un elemento que continúa marcando la vida de nuestros pueblos: el agua. El primero ocurrió en 1801 cuando la desbordante creciente del río Villanueva amenazaba con arrasar la población y ante la inminente tragedia, mis paisanos de la época corrieron hasta la iglesia buscando la imagen del patrono, pero, para sorpresa de todos, no estaba, estaba aplacando la creciente súbita que amenazaba con arrasar al poblado.
La angustia aumentó hasta cuando, repentinamente, las aguas comenzaron a ceder. Al regresar al templo para dar gracias a Dios, los habitantes encontraron nuevamente la imagen de Santo Tomás, pero estaba humedecida y salpicada de barro. Para aquel pueblo creyente no había dudas: su patrono había salido a detener la creciente. “¡Milagro, milagro!”, gritaban mientras fortalecían una devoción que atravesaría generaciones. Así también se la escuché a mis padres.
El segundo episodio ocurrió hacia 1840 y tuvo como protagonista a la niña Barbarita Mattos. Según la tradición recopilada por Rafael Antonio Amaya y Manuel José Fernández, la pequeña había salido al campo acompañada de sus familiares. Cuando regresaban encontraron el río considerablemente crecido y al intentar vadearlo, la corriente arrastró a Barbarita. Mientras sus familiares imploraban desesperadamente la protección de Santo Tomás, los habitantes organizaron grupos para buscarla. Finalmente fue encontrada sana y salva sobre una pequeña isla hecha por la misma creciente súbita.
Cuando le preguntaron cómo había logrado sobrevivir, Barbarita relató que un hombre la había llevado hasta aquel lugar, permaneció acompañándola durante la noche y cuando las aguas amenazaron con llevársela, le entregó un bastón para resistir la fuerza de la corriente. Fue allí donde Villanueva atribuyó nuevamente el prodigio a su Santo Patrono, Santo Tomás.
El tercer milagro, éste si narrado por mí y extraído de mi propia cosecha ante el conocimiento y las vivencias que he tenido con mi pueblo, corresponde a la fecundidad musical, milagro menos sobrenatural pero igualmente extraordinario: haber convertido a Villanueva en una cantera inagotable de música vallenata, hoy Cuna de Acordeones en donde sus hijos, que son mis paisanos, son reconocidos y aplaudidos en diferentes lugares del mundo. Pocos pueblos pueden exhibir en proporción a su tamaño, semejante concentración de compositores, acordeoneros, cantantes y dinastías musicales. Siempre he dicho, villanuevero que se haya bañado en las frías aguas del río Villanueva, tiene su bendición, consagración que nos dejó Santo Tomás como el tercer milagro. ¿Saben por qué? En Villanueva la música brota con la misma naturalidad con que alguna vez bajaron las furiosas aguas del río con el milagro del bastón de Santo Tomás.
Del 18 al 24 de septiembre Villanueva no solamente celebra a Santo Tomás, celebra su memoria, su fe y su historia; celebra al santo que, según la tradición, detuvo las aguas, salvó a Barbarita y sembró entre nosotros ese misterioso don de convertir sentimientos, historias y vivencias en canciones.
Señores, de Villanueva se podrán explicar muchas cosas de su historia, pero todavía queda una difícil de explicar: ¿cómo ha podido mi pueblo producir tanta música y tantos juglares? Eso solamente lo revelará Santo Tomás acudiendo a su misa del 18 de septiembre. He aquí a donde doy la apuntada: las fiestas patronales de Villanueva tienen que ir ligadas al Festival Cuna de Acordeones.