Cuando pienso en las fiestas de Santo Tomás en Villanueva, me acuerdo de muchas cosas que hoy pueden parecer sencillas, pero que para nosotros eran importantes. Me acuerdo de la Vaca Loca, de las Varas de Premio, de la quema del castillo, de la música, de la gente en las calles y, por supuesto, de la Octava. Pero también me acuerdo de la ropa nueva. Las fiestas patronales eran una de esas ocasiones especiales para estrenar. Uno esperaba la camisa, el pantalón, los zapatos o el vestido nuevo. A veces no era gran cosa, pero para uno era suficiente. Lo importante era salir a la calle con algo que no hubiera usado antes. Había una ilusión especial en esos días.
El pueblo cambiaba. Había más movimiento, más gente en las calles y uno sabía que en cualquier esquina se iba a encontrar con un amigo, un familiar o alguien que hacía tiempo no veía. También estaba la parte religiosa. El 18 de septiembre era el día de Santo Tomás, el patrón. Después de la misa, en horas de la tarde, una orquesta entonaba canciones y se disparaban voladores explosivos. Luego salía la procesión por las principales calles de Villanueva.
La imagen del santo recorría aquellas calles pedregosas, acompañada por la gente. A medida que avanzaba la procesión, repicaban las campanas al viento, y su sonido se escuchaba por todo el pueblo hasta que la procesión llegaba a la plaza. Unos iban adelante, otros detrás, con velas encendidas que muchas veces terminaban quemándoles las manos, como muestra de su devoción al santo. Muchos simplemente salían de sus casas para verla pasar.
Para nosotros era algo de todos los años. No pensábamos mucho en su significado. Era parte de la fiesta y de la vida del pueblo. Hoy, después de tantos años, uno entiende que aquellas procesiones también servían para reunir a la gente. Por unas horas, todos estábamos alrededor de lo mismo. Y después, por la noche, venía la otra cara de la fiesta: la quema del castillo y la tradicional Vaca Loca.
La quema del castillo
La quema del castillo era otro de los momentos esperados de la noche. La gente se reunía para mirar cómo aquella estructura comenzaba a llenarse de luces, colores y estallidos. Los niños observábamos con asombro, mientras los adultos permanecían atentos al espectáculo.
El ruido de la pólvora, el humo y las luces en medio de la noche hacían que por un momento, todos miráramos hacia el mismo lugar. Era un espectáculo sencillo, propio de las fiestas de aquellos tiempos, pero quedó grabado en la memoria de quienes lo vivimos.
Hoy, cuando uno recuerda aquellas noches, entiende que no se trataba solamente de la pólvora o de las luces. Era estar juntos, encontrarnos en la plaza y saber que estábamos viviendo algo que esperábamos durante todo el año.
La Vaca Loca
Uno escucha hablar de la Vaca Loca y de una vez se acuerda del olor a pólvora, de los voladores y de la corredera que se armaba por la plaza. Era una cosa de locos, pero uno la esperaba con ganas.
La persona que llevaba la Vaca Loca encima de la espalda era todo un espectáculo. Corría por la plaza con aquella estructura sobre los hombros y disparaba busca-pies y pólvora por todas partes. Y ahí sí comenzaba la corredera. La gente salía corriendo para donde pudiera. Algunos se alejaban bastante; otros querían quedarse cerca para ver el espectáculo y después salían disparados cuando la pólvora se acercaba. Lo curioso es que casi todos corríamos riéndonos. Había carcajadas por todas partes. Uno corría, miraba hacia atrás para saber dónde estaba la Vaca Loca y volvía a correr. A veces el susto era grande, pero después venía la risa.
El olor a pólvora quedaba en la plaza y el humo se metía por todos lados. Hoy parece difícil entender cómo disfrutábamos aquello, pero en ese momento era parte de la fiesta. Y quizás ahí había algo propio de la infancia: uno podía asustarse y al minuto siguiente estar riéndose con los amigos. La vida después nos enseñaría que hay miedos mucho más grandes. Pero aquellos eran nuestros pequeños miedos de entonces.
Las Varas de Premio
Las Varas de Premio también eran esperadas. El premio estaba arriba y había que subir hasta alcanzarlo. Todos mirábamos para ver quién se atrevía. Algunos subían bastante. Otros resbalaban y terminaban en el suelo, mientras los que estaban alrededor se reían. Pero siempre había otro dispuesto a intentarlo. Ahora, con los años, uno puede encontrarle cierta relación con la vida. Muchas veces tenemos algo que queremos conseguir y no resulta fácil. Intentamos, avanzamos, nos caemos y volvemos a empezar.
No siempre se llega. Pero hay algo importante en atreverse. Quizás por eso las Varas de Premio también quedaron en la memoria. Porque allí no solamente estaba el premio. Estaba el reto de intentarlo delante de todo el mundo (Tomado del libro ‘Perendengues de mi pueblo’).