Ajustador de seguros de daños causados por la IA.
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La profesión de ajustador de seguros es una de las más demandadas del mundo en el campo de las finanzas, sin embargo, ninguno de los actuales ajustadores está preparado para enfrentar los desafíos que supone la IA: ¿quién determinará la responsabilidad y el daño de un auto autónomo, de una mala práctica de un algoritmo, de la caída de un servidor de datos en un hospital o en un gobierno por parte de un agente de IA que cometa un error o, más grave aún, de un robo por parte de una IA programada por personas inescrupulosas para esta tarea?
Recolector de basura espacial
La Agencia Espacial Europea calcula que unos 3.000 satélites muertos siguen dando vueltas alrededor de la Tierra, y los sistemas de vigilancia rastrean más de 36.000 objetos en órbita, de estos, las piezas que se desprenden pueden chocar unas con otras y generar miles de fragmentos nuevos, y los científicos llaman a ese efecto en cadena el síndrome de Kessler, y su resultado sería una órbita baja inutilizable durante décadas.
La primera recogida de basura espacial ya tiene contrato.
La empresa suiza ClearSpace firmó con la Agencia Espacial Europea la misión ClearSpace-1, diseñada especialmente para atrapar con cuatro brazos robóticos un adaptador de cohete abandonado en órbita desde 2013, por su parte la empresa japonesa Astroscale ya logró en 2024 acercarse e inspeccionar una etapa de cohete de diez metros con su misión Adras-J, cada una de estas misiones cuesta decenas o cientos de millones de euros y retira un solo objeto, y aunque el negocio apenas nace, ya es posible identificar que los oficios de operador de captura orbital y planificador de reentradas controladas serán muy bien pagos en un futuro cercano, mientras seguramente veremos abogados especializados en responsabilidad por chatarra espacial, pues todavía nadie sabe con certeza quién paga por un satélite muerto.
Auditor de agentes de inteligencia artificial
Los asistentes de IA dejaron de ser un simple chat, empresas como OpenAI, Anthropic, Google y las demás compañías del sector ofrecen ahora agentes, programas que ejecutan tareas por su cuenta: navegan sitios web, llenan formularios, compran, programan y toman decisiones encadenadas sin que un humano apruebe cada paso.
En Andinalink contamos hace pocas semanas el caso del agente de OpenAI que entró sin autorización al portal estadístico de Medicare en Australia. Ese episodio anticipa una profesión completa, pues se hace necesario que todos esos agentes sean auditados.
Alguien tendrá que vigilar a las máquinas que trabajan solas.
El Reglamento de Inteligencia Artificial de la Unión Europea exige supervisión humana para los sistemas de alto riesgo, es decir, que se necesita quien vigile, pero la norma no dice quién será ese humano ni qué debe saber, esa tarea les queda a las universidades, que deberán desarrollar estos perfiles en muy corto plazo, y el perfil que se puede ir intuyendo es una mezcla de la auditoría con el derecho y algo de programación: alguien capaz de revisar los registros de lo que hizo un agente de ChatGPT, Claude, Gemini, Grok o DeepSeek, entender por qué lo hizo y certificar ante un regulador que no se salió de sus límites, será indispensable incluso antes de que finalice la década.
Igualmente aparecerá el orquestador de agentes, un coordinador que reparte trabajo entre decenas de programas autónomos como un jefe de planta reparte turnos, y en este caso el Foro Económico Mundial ya señala a la IA y al análisis de datos como las habilidades de mayor crecimiento, pero ningún título profesional cubre todavía esa combinación.
Entrenador de robots y minero urbano
Figure, Tesla, Unitree y otras compañías fabrican ya robots humanoides destinados a fábricas y almacenes, esas máquinas aprenden viendo a personas repetir movimientos con trajes de sensores y mandos a distancia.
El trabajo de esas personas, que hoy llamamos teleoperadores o recolectores de datos de movimiento, será probablemente uno de los empleos masivos de la década: miles de entrenadores enseñando a doblar ropa o a cargar cajas a robots que después harán esas tareas sin ellos.
La otra mina está en el cajón de la casa
El Monitor Mundial de Residuos Electrónicos de Naciones Unidas calcula que el planeta generó 62 millones de toneladas de basura electrónica en 2022 y que solo reciclamos de manera formal el 22 por ciento.
Esos aparatos contienen oro, cobre, cobalto y tierras raras, los mismos materiales por los que compiten las potencias, recuperarlos se llama minería urbana, un delicado proceso que demanda extremo cuidado, y por su parte exige técnicos que todavía no existen como oficio reconocido en casi ningún país de América Latina.
Finalmente, el hilo que une a todos estos empleos es sencillo: ninguno aparece en los programas de las universidades latinoamericanas, y casi todos se aprenderán primero en la práctica, dentro de las empresas que los inventen.
En resumen, el Foro Económico Mundial acierta al advertir que 59 de cada 100 trabajadores necesitarán formarse de nuevo antes de 2030, pero sus cifras solo cuentan los empleos que ya existen, es decir que los oficios que más demanda tendrán, desde el supervisor y reclutador de agentes de IA, pasando por el del controlador de tráfico de drones, hasta el al minero urbano, nacerán fuera de las aulas y aun ni siquiera sabemos qué competencias demandarán de forma específica, América Latina decidirá en los próximos años si forma a quienes ocuparán esos puestos o si vuelve a importar el talento cuando ya sea tarde.