Opinión Diario del Norte
Opinión

Rafael Augusto Daza Amaya, mi hermano de toda la vida

Villanueva reconoce a los hombres que han caminado sus calles.

Rafael Augusto Daza Amaya, médico con especialización en radiología.

Villanueva reconoce a los hombres que han caminado sus calles.

Ya leíste tus notas gratis. Inicia sesión o crea una cuenta gratuita para seguir leyendo sin límite.

Hay hermanos que nacen de la misma sangre y hay otros que, sin compartirla, terminan siendo sangre del alma. Rafael Augusto Daza Amaya, mi querido ‘Duto’ pertenece a esa segunda estirpe, la de los hermanos que la vida nos regala como un milagro. Por eso hoy quiero rendirle este homenaje en vida, porque los afectos verdaderos no deben esperar al silencio de una despedida para convertirse en palabras.

Nuestra historia comenzó cuando éramos apenas unos niños, estudiando en el Colegio Santo Tomás de Villanueva, institución que llevaba el sello intelectual y pedagógico de su abuelo, el maestro Rafael Antonio Amaya. Recuerdo aquellos años del tercero de primaria como quien contempla una fotografía amarillenta guardada en el corazón. Allí comenzó una amistad que con los años habría de transformarse en una hermandad indestructible.

Fue ‘Duto’ quien me llevó hasta su casa, y aquella puerta que se abrió una tarde terminó convirtiéndose para mí en una de las puertas más importantes de mi existencia. Allí conocí a sus padres, Juan Félix Daza Martínez y doña Eloísa Amaya de Daza, y a sus hermanos, quienes dejaron de ser simplemente los hermanos de mi amigo para convertirse en mis propios hermanos y en mi segunda familia.

La casa de los Daza Amaya fue para mí una especie de universidad de la vida. Allí aprendí que la familia no siempre se construye con apellidos compartidos, sino con abrazos, lealtades, afectos y silencios que dicen más que mil palabras. Sus padres fueron mis segundos padres y sus hijos, mis hermanos de toda una vida. Por eso la partida reciente de doña Eloísa me dolió como si hubiera perdido a una madre.

Doña Eloísa fue una santa en el sentido más hermoso de la palabra. Su santidad no necesitaba altares ni vitrales: estaba en su bondad, en su manera de recibir, en su capacidad de querer y en esa ternura maternal que hacía sentir a quienes llegábamos a su casa que también pertenecíamos a ella. Su ausencia dejó una silla vacía, pero jamás podrá dejar vacío el corazón de quienes tuvimos el privilegio de conocerla.

Y en medio de ese dolor miro a ‘Duto’ y encuentro en él muchas de las virtudes que heredó de sus padres. Porque hay hombres que llevan a sus padres en el rostro y otros que los llevan en la conducta. Rafael Augusto lleva a Juan Félix y a Eloísa en cada gesto de nobleza, en cada acto de solidaridad y en esa manera suya de entender la vida como un compromiso permanente con los demás.

‘Duto’ es un ser humano excepcional. Su nombre ha recorrido los caminos de Villanueva, del Cesar y de La Guajira acompañado siempre por una palabra que parece perseguirlo desde niño: nobleza. Es noble hasta en la manera de disentir, noble en la amistad, noble en la política y noble en la familia. Su señorío no proviene de títulos ni cargos; nace de su condición humana.

Su hoja de vida profesional es extensa y digna. Se formó como médico en la Universidad del Norte de Barranquilla y llevó después sus conocimientos hasta Brasil, donde realizó su especialización en radiología. La medicina ha sido para él mucho más que una profesión: ha sido una manera de servir, de aliviar, de acompañar y de mirar al ser humano más allá de una enfermedad. Actualmente es médico especialista en Codazzi en una clínica privada y en el hospital de ese municipio del Cesar.

Pero Rafael Augusto no se quedó solamente en los consultorios y hospitales. Su espíritu de servicio lo llevó también por los caminos de la dirigencia pública y política. Fue concejal de su tierra natal, Villanueva, director de la ESE Hospital Santo Tomás de Villanueva y diputado del departamento del Cesar. En cada escenario ha dejado la huella de un hombre que entendió el liderazgo como servicio y no como privilegio.

Su vocación política, además, nació de una inquietud juvenil por transformar la sociedad. En 1979, en Barranquilla, fue fundador del movimiento cívico Vanguardia Juvenil por la Paz Guajira, una expresión que desde su propio nombre revelaba el sueño de una generación que quería construir caminos diferentes para su tierra. ‘Duto’ entendió desde temprano que la juventud debía ser protagonista de las grandes transformaciones.

También estuvo ligado al alma cultural de Villanueva como presidente del Festival Cuna de Acordeones, una de las instituciones folclóricas más queridas de nuestro pueblo. Allí pudo conjugar dos de sus grandes pasiones: el servicio a su comunidad y el amor por la música vallenata. Porque quien conoce a ‘Duto’ sabe que en su corazón también habita el acordeón, ese pequeño instrumento que en nuestra tierra parece tener la capacidad de convertir la nostalgia en alegría.

Villanueva lo quiere porque Villanueva reconoce a los hombres que han caminado sus calles sin olvidar jamás de dónde vienen. ‘Duto’ puede haber estudiado medicina, haberse especializado en Brasil y haber recorrido diferentes escenarios de la vida pública, pero nunca dejó de ser aquel muchacho de nuestro pueblo. La grandeza nunca le hizo perder la raíz.

Lo último