La historia de la Cartagena ancestral, tiene sus cosas buenas y malas. Las buenas, era que se levantó una estirpe de descendientes, que contribuyeron a darle identidad y forma moral de presentación, que permitió construir una imagen de ciudad respetable, con identidad y proyección propia. Los apellidos, son un referente, que está en la política, en lo económico, y en lo social. Hasta ahí, fue saludable la existencia de ese fenómeno, pues edifico una coraza, para mostrar su prestigio, su personalidad de ciudad de intrínsecos valores, en tiempos en que nada era conocido y poco conocimiento se tenía de los orígenes, distintos a los indígenas, que fueron sus primeros pobladores.
Después de la Colonia, proceso de aciertos, errores y arbitrariedades, quedó como la única referencia, los apellidos. Pero la mala, fue que se atrofio la ciudad, ante las necesidades y ante los cambios sociológicos y psicológicos, que impuso el mundo, en donde al prestigio y descendencia, había que agregarle sangre nueva, multicultural y racial, para evitar un anquilosamiento, que no le permita abrirse a unos horizontes más enfocados al conocimiento, y la interrelación social, y también para acortar los espacios entre las clases baja, media y alta, y evitar así que se abran brechas que pueden incitar al odio de clases.
Hoy la clase media subió, un poco, pero la baja, se rezago y la clase alta, quedó reducida a una muestra de vitrina. La ciudad se quedó motivada por la influencia de los apellidos, ahí, se estancó, y no pensó que tarde que temprano, estaríamos invadidos de otras culturas diferentes a las iniciales del terruño donde nacimos.
El nacimiento de los Clubes, fue la primera división social de la ciudad. Cada uno edificó su centro de reunión social, al que solo podían asistir socios de apellidos reconocidos. Pertenecer a un club, era la otra cedula de ciudadanía. Así ocurrió con los matrimonios.
Muchos con hijos enfermos, los guardaban para impedir la vergüenza pública. ¡Qué horror! Esa situación coloca a Cartagena, en un círculo cerrado, o callejón sin salida, para todo su desenvolvimiento social, en que no escapa lo económico para lograr el éxito profesional. Pero la principal preocupación se centra en la vergüenza ante una ruptura de la tradición familiar, y de allí, se originan las guerras de las alcurnias. Vivir de los abolengos hoy día, además de ridículo, es como levantar el dedo meñique, para mostrar el anillo de brillantes, cuando el mismo dedo le sirve a la campesina, para hacerle el tacto rectal a la gallina, para saber si está próxima para poner huevos.
Esto, para decirles que la mayoría de escándalos y fracasos que tiene Cartagena, se debe a la presencia de una sutil mafia de diversa índole social, que nos llega del interior del país, con ánimo destructivo más que constructivo.







