“¡Ay! Mi suegra me dijo un día: ¡Perro sinvergüenza! Porque yo le enamoré a una de sus muchachitas…” — (‘Perro sinvergüenza’ – Franklin Moya).
¡Ahora sí se jodió esta vaina! Resulta que anda por ahí la moda esa de los ‘therians’: gente que se percibe a sí misma como un animal. Yo los veo y me quedo frío. Si a esas vamos, yo en mis tiempos de juventud también fui ‘therian perro’, pero porque no dejaba muchachita sana con mis ‘mordiscos’. Era un instinto de cacería, pero de la buena. Lo malo es que los años no pasan en balde y ya este perro ni ladra; le fallan los colmillos y ya no muerde ni un chicle.
Vivan y dejen vivir, está bien, pero que no me digan que eso es normal. No puedo evitar pensar que algo falla en el ‘coco’ de quien se percibe a sí mismo como un animal; esa conducta simplemente se sale de los parámetros básicos de la realidad humana. Pero bueno, cada loco con su tema. Yo respeto el libre desarrollo de la personalidad de cada quien y lo que hagan con su vida es su problema. Si alguien decide asumirse como perro o gato, pues allá él… lo único es que a este perro viejo ya no lo bailan con ese hueso.
Puedo ser respetuoso con la moda ‘therian’, pero no tonto. No trato de ridiculizar a nadie, sino de examinar la conducta, porque la pregunta es incómoda pero necesaria: ¿Puede una persona con equilibrio emocional identificarse interiormente como un animal? El equilibrio emocional es fundamental para el bienestar; alude a la capacidad de manejar las emociones de manera saludable y constructiva. Entonces, ¿es realmente saludable creerse un animal? ¿En qué beneficia eso a la mente de una persona? ¿O es que ahora la cordura es una opción de menú?
¡No joda, ombe! Imagínese uno levantándose a las tres de la mañana a tomar un poco de agua y encontrarse al sobrino encaramado en la nevera porque dice que es un ‘gato montés’. ¡A ese lo que le hace falta es un chancletazo volador bien puesto, para que el espíritu humano le regrese al cuerpo enseguida! Dicen que se creen perros, pero a la hora del almuerzo no quieren su ración de purina ni un hueso pelao… ahí sí exigen su buen arroz de camarón con tajada madura. ¡Qué perro tan exigente, no me crea tan pendejo! A otro perro con ese hueso.
Las redes sociales están volviendo loca a la gente. La juventud de hoy se alimenta de salchipapa y de toda la basura de internet; las plataformas virtuales son ahora el principal insumo de estas excentricidades modernas. Seamos claros: no es normal lo que es contrario al orden natural y a la razón humana.
A quien asume un comportamiento animal —caminar en cuatro patas, ladrar o maullar—, o se le zafó la cadena o anda buscando publicidad en redes. Cada quien podrá juzgar si se trata de personas excéntricas o simplemente confundidas, pero desde mi análisis, el fenómeno ‘therian’ no parece ser más que otra moda impulsada por la lógica del espectáculo.
Este tema me recuerda a un personaje del Carnaval de Barranquilla que, de tanto disfrazarse de Drácula, terminó asumiendo el papel como si fuera real. Adoptó sus gestos, su vestimenta cotidiana, decía dormir en un ataúd y jamás se desprendía de su capa ni de sus colmillos. El personaje terminó devorando a la persona; la frontera entre la representación y la realidad se desdibujó, y el invento acabó imponiéndose sobre el creador.
Cuando la ficción deja de ser juego y se convierte en identidad permanente, el problema deja de ser cultural para volverse conductual. No sería extraño que empecemos a normalizar comportamientos cada vez más extremos, donde se traslada la autopercepción animal a la vida cotidiana. Cuando se pierde la frontera entre lo simbólico y lo real, el problema deja de ser una simple anécdota.
El mundo no anda muy cuerdo. Esta tendencia de los ‘therians’ parece impulsada más por la búsqueda de visibilidad que por una reflexión seria sobre la identidad humana. Llamemos las cosas por su nombre: asumir que se es un animal no constituye una expresión ordinaria de la personalidad. Es una manifestación que se aparta de lo común y que, en ciertos casos, podría requerir atención clínica para evitar que la ficción termine por devorar al individuo, como aquel ‘Drácula’ que acabó creyéndose su propio disfraz.
Francamente, cuesta creer que alguien en pleno uso de sus facultades pueda asumirse, siquiera en el plano interno, como un caballo o un tigre.
Ya no soy un perro ‘therian’ como cuando joven, pero a la ‘perrita therian’ que me encuentre por ahí, le voy es a meter sus buenos lapos para que se ajuicie. Y como decía mi abuelita: ‘Mijo, es gente con gente’.








