Opinión Diario del Norte
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En mi pueblo los hijos tenían que explicar en dónde conseguían lo que llevaban

Eché de menos a mis maestras y maestros.

Con los estudiantes de la Institución Educativa Evaristo Acosta de Monguí.

Eché de menos a mis maestras y maestros.

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“Hoy llegué a mi pueblo, recorrí sus calles buscando recuerdos, observé sus casas, vi pasar la gente, noté todo nuevo, busqué los amigos que de aquella escuela compañeros fueron, ya no eran los mismos, no estaban completos, reinaba el silencio”.

La parte transcrita es de la canción ‘La niña del pueblo’ de Roberto Daza Urbina que los Hermanos Zuleta incluyeron en el álbum ‘Mi acordeón’ en el año 1985, su letra ha estado presente en mi mente desde hace tres días, ya entenderán el motivo, les contaré después de mi traguito de café.

Embriagado de recuerdos y estremecido por las sentidas ausencias, el jueves 1° de octubre reciente pasado tuve la oportunidad de compartir una mañana maravillosa con los estudiantes, docentes, personal administrativo y padres de familia de la Institución Educativa de Monguí que lleva el nombre de mi padre ‘Evaristo Acosta Deluque’, en donde las nuevas generaciones reciben su preparación en la Educación Básica Primaria y Media para librar después de la Universidad la batalla por la vida.

En aquellos inolvidables momentos, además de mi imperecedera gratitud por haberme invitado como panelista en su jornada académica sobre literatura y recordaciones, un caudal de recuerdos vino a mi mente, eché de menos a mis maestras y maestros que fueron fundamentales en mi formación en mi Escuela Rural Mixta del pueblo, sin servicio de energía, sin ventilador, sin telefonía celular, ni internet, pero con disciplina y muy buenos ejemplos.

Durante el evento compartimos información que las presentes y futuras generaciones deben conocer, historias dignas de ser contadas, y sobre todo enterar a los muchachos de la importancia de la lectura en nuestra formación, y muy especialmente sobre la importancia de la relación estratégica, solidaria y permanente entre los educadores y los padres de familia, eran aquellos tiempos cuando había más maestros que profesores.

Compartiendo con estudiantes y docentes de la Institución Evaristo Acosta Deluque.

No obstante que fue un evento entretenido, muy sentido, cercano y esperanzador si me vine con una gran preocupación, es que hay una minoría en los pueblos del sur de Riohacha que pretenden imponer antivalores ajenos a nuestra idiosincrasia, algo que me cayó mal y directo al corazón, precisamente porque nací, crecí y me crié en un ambiente distinto, en esa época cuando ningún monguiero era capaz de hacerle daño al otro, todos éramos familia, todos éramos amigos y nos tratábamos como hermanos, los hijos respetábamos a nuestros padres, pero la vaina cambio, ahora los padres les tiemblan a sus hijos, y cuando es así todo está perdido, cuando la autoridad de los viejos es relevada por la intolerancia juvenil y la altanería poco o nada podemos hacer, nuestros pueblos están en peligro, y ante el riesgo que un solo crimen pueda acabar con ellos y frente a eso hay que reaccionar.

Mi generación tuvo la fortuna que nuestros padres fueron presentes en todo el proceso de crecimiento y de formación para la vida, sin palo y sin perrero muchas veces porque no  se necesitaba, se hacían obedecer, se hacían escuchar y lo que se llevaba a la casa había que explicar de dónde se sacó, cómo se consiguió, cuál es su pasado y por qué ahora estaba en sus manos, ahora no, es triste reconocer que hay mayores que en lugar de pedir explicaciones felicitan a sus hijos por su gran habilidad de conseguir dinero y enriquecimientos súbitos, si llegan con un carro de alta gama los felicitan  sin indagar cómo se hizo para comprarlos.

A propósito de los extraños enriquecimientos, y como prueba indeleble de la verticalidad de los viejos de Monguí, todos recordamos lo que sucedió entre el tío ‘Palle’ Medina y su hijo ‘Poncho’. Resulta que ‘Poncho’ trabajaba en la mina del Cerrejón y tenía una camioneta, y un día cualquiera llegó estrenando un carro colombiano cero kilómetros, un Daewoo Racer. Toda la familia celebró aquel acontecimiento, de mucha importancia, y causa de ascenso social en épocas cuando el carro daba estatus, porque no era todo el mundo que podía tenerlos, y venezolano menos, la mayoría de sus laterales andábamos tirando canilla por falta de flujo de caja. Pues bien, ese día el famoso ‘Palito de Palle’ estaba lleno de gente, todos fuimos a ver el nuevo carro que llegó a Monguí, después de curiosear, de montarnos en él, de sentir su olor a chicles, y de manosear sobre los plásticos que todavía los tenía, cada uno de los curiosos se fueron a casa a contar el nuevo chisme. El padre de ‘Ponchito’ permanecía callado y como contrariado. Cuando ya quedábamos pocos en el lugar, él se levantó del taburete y agarró a su hijo del brazo y le dijo “Poncho hazme el favor”, lo llevó al patio detrás de la cocina y le preguntó, “Poncho mijo ¿tu como hiciste para comprar ese carro?” él le explicó que había vendido la camioneta vieja que tenía, que esa plata la entregó a una concesionaria en Barranquilla y le había ‘fiao’ el resto para pagar lo pendiente  ‘en letras’ mensuales, el interrogador todavía no estaba convencido y le insistió “Poncho mijo, ¿tu no estarás haciendo cosas mal hechas? Si eso es así, yo no aguanto esa vaina, me muero”.

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