Esta semana, durante el Encuentro Caribeño Colombo-Neerlandés, realizado en el Centro Cultural de Riohacha en el marco de los 200 años de relaciones diplomáticas entre Colombia y el Reino de los Países Bajos, me quedé mirando el mapa colonial proyectado en la pantalla, con su fondo rústico y sus delimitaciones imperfectamente trazadas en tinta negra. La conversación giraba alrededor de La Guajira, Aruba, Curazao y Bonaire; de nuestras cercanías históricas, comerciales y culturales con las Antillas; de ese Caribe que muchas veces parece más cercano a nosotros que el interior de Colombia. Pero mientras más observaba el mapa, más sentía que faltaba un actor inevitable en la conversación: Venezuela.
Aunque no nombrada, ahí estaba Venezuela en el mapa antiguo. Su península de Paraguaná aparecía con su silueta alargada, proyectándose sobre el mar como una presencia imposible de ignorar, como una lengua de tierra venezolana extendiéndose hacia las rutas, las islas y las conversaciones que ocupaban el encuentro aquí en Riohacha. Paraguaná se interponía en medio de esas relaciones entre La Guajira y las Antillas, atravesando el canal, estrechando distancias, encerrando aguas y creando esa cuna geográfica que conocemos como el Golfo de Venezuela. Viéndola allí, en la pantalla, era difícil concentrarse solamente en las relaciones diplomáticas entre La Guajira y las Antillas. Venezuela, silenciosamente, parecía reclamar su lugar en la conversación.
Tal vez me llamó tanto la atención porque, durante las últimas dos décadas, Venezuela ha ocupado un lugar cada vez más complejo en nuestra imaginación colectiva. Para muchos guajiros, dejó de ser sinónimo de posibilidad, intercambio, familia, trabajo o abundancia, y empezó a aparecer como crisis, cierre, incertidumbre, deterioro institucional y migración forzada. Un colega guajiro me lo describió una vez como un ‘hueco negro’: una presencia cercana, densa e inevitable, pero cada vez más difícil de mirar, entender o atravesar.
Ahora, tras la captura del dictador Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, Venezuela empieza a asomarse a una nueva etapa política, económica e institucional. Ha sido un proceso difícil, incompleto y lleno de desafíos, pero también marcado por señales de apertura, reorganización y futuro. Nuestro país hermano pronto volverá a ocupar con fuerza su lugar en el Caribe y en la región, y La Guajira no puede mirar ese proceso desde la distancia. La reconfiguración de Venezuela no es un asunto externo para nuestro Departamento. Será uno de los procesos que más transformará nuestra economía, nuestra movilidad, nuestra vida cultural, nuestras relaciones familiares, nuestras instituciones y nuestro lugar en la región, y marcará una nueva etapa en la historia de La Guajira y del Gran Caribe.
Por eso, la pregunta ya no puede ser solamente qué pasará en Venezuela. Desde La Guajira, la pregunta debe ser otra. ¿Cómo debemos prepararnos para volver a pensarnos como un territorio caribeño, fronterizo, binacional y profundamente conectado con ese país hermano?
La respuesta no puede reducirse al comercio, aunque el comercio será, sin duda, una dimensión central. Maicao, Paraguachón, Riohacha, Uribia y muchas otras zonas del Departamento conocen mejor que nadie que nuestra economía nunca ha sido puramente nacional. Ha sido también venezolana, antillana, árabe, europea, caribeña, indígena, popular y transfronteriza—y, ante todo, propia. Una Venezuela distinta puede reactivar rutas, mercados, servicios, transportes, redes laborales y circuitos cotidianos que fueron debilitados por años de crisis.
Pero el asunto va mucho más allá de lo económico. Está la movilidad humana, no solo como migración venezolana hacia Colombia, sino como retornos, idas y vueltas, viajes familiares, estudiantes, turistas, comerciantes, trabajadores, transportadores y nuevas formas de circulación regional que apenas empezamos a imaginar. Después de años en los que la movilidad estuvo marcada por la urgencia, el miedo y la necesidad, ahora puede abrirse una etapa distinta, con rutas, ritmos y patrones que todavía están por definirse.
Incluso en mi propio caso, como antropólogo estadounidense que llegó joven al Departamento hace seis años, echó raíces aquí y se ha dedicado al estudio de La Guajira, Venezuela también tiene rostros concretos. Son mis amigos, compadres y ahijados—mi segunda familia—, a quienes conocí en Riohacha y quienes me adoptaron cuando llegué solo, casi sin hablar español. Hace pocos meses regresaron a La Villa del Rosario, su pueblo en el Zulia, con la esperanza de que Venezuela pronto se recupere.
Tal vez uno de los errores más grandes de la mirada centralista en Colombia, que también ha permeado el discurso cotidiano en La Guajira, sea pensar la frontera como el final del país. Desde Bogotá, La Guajira suele aparecer como periferia. Pero vista desde el Caribe, desde el Golfo, desde Paraguaná, desde Maracaibo, desde Aruba, Curazao y Bonaire, La Guajira aparece como otra cosa, como un punto de encuentro, una bisagra geográfica, una entrada continental al Caribe y una región estratégica dentro de un sistema mucho más amplio.
Por eso, la reconstrucción de estos vínculos no puede depender únicamente de los gobiernos nacionales. Bogotá y Caracas pueden firmar memorandos, restablecer relaciones y diseñar políticas binacionales. Pero la reconstrucción real de la frontera ocurre en Paraguachón, en Maicao, en Uribia, en Riohacha, en las rancherías wayuú, en los mercados, en las universidades, en los puertos informales, en las familias y en las rutas cotidianas.
Desde allí debemos pensar esta nueva etapa. Desde nuestras alcaldías, nuestra Gobernación, nuestras cámaras de comercio, nuestras universidades, nuestras autoridades indígenas, nuestros líderes culturales, nuestros transportadores, nuestros comerciantes, nuestros jóvenes y nuestras organizaciones sociales. Desde nuestro profundo conocimiento territorial e histórico. La Guajira no puede limitarse a esperar que otros definan su lugar y relevancia en la relación colombo-venezolana. Debe construir una agenda propia frente a Venezuela.








