El pasado 8 de septiembre, cuando el calendario parecía detenerse para escuchar el eco de un acordeón, cumplió 78 años José Alberto “Beto” Murgas, ese villanuevero de pura cepa que convirtió su vida en una larga canción de amor por el folclor. Nació el miércoles 08 de septiembre de 1948, hace 78 años, en la legendaria Calle de Oro, en el barrio San Luis de Villanueva, aquella calle donde las grandes dinastías musicales parecían haber sembrado sus raíces para que el viento las llevara por todo el Caribe.
‘Beto’ nació con una bendición que no todos los hombres reciben: crecer rodeado de música. Muy cerca de su casa vivían los hermanos Zuleta, Andrés “El Turco” Gil, Reyes Torres, Escolástico Romero y sus hijos. Era una Villanueva donde el acordeón no era solamente un instrumento: era una forma de conversar, de enamorarse, de contar las penas y de celebrar las alegrías. En aquel universo sonoro creció el hijo de José Murgas Vásquez y Rosa Peñaloza Ramírez, quienes sembraron en su corazón las primeras semillas del amor por el folclor.
Pero la vida, que siempre tiene sus caminos secretos, quiso que ‘Beto’ aprendiera a tocar acordeón lejos de las calles de Villanueva. Fue en la sierra de Urumita, en la finca de su abuela, donde comenzó aquella aventura musical que terminaría convirtiéndolo en uno de los grandes exponentes de nuestra cultura vallenata. Allí las parrandas eran frecuentes y el acordeón tenía la misma importancia que el café de la mañana y la conversación de los viejos.
“Todo sucedió cuando a la finca llevó un acordeón Nelson Martínez, quien estaba enamorado de una tía mía. Viendo el acordeón ahí Héctor Bolaño, hijo de ‘Chico’ Bolaño, me dio las primeras clases”, recuerda ‘Beto’. Y aquella primera lección fue como abrir una ventana hacia un universo que jamás volvería a cerrarse. Cuando regresó a Villanueva ya tocaba acordeón, provocando la sorpresa de su amigo Andrés “El Turco” Gil, quien rápidamente comenzó a contarle a todo el mundo que aquel muchacho también sabía tocar.
Después llegaron los primeros pesos ganados a punta de música. Unos tíos le compraron su primer acordeón y ‘Beto’ comenzó a recorrer el camino de los músicos de pueblo, interpretando canciones como ‘El almirante Padilla’, ‘María Tere’, ‘La mecedora’, ‘La marimba’ y ‘Zumba la pava’. Cada melodía era una moneda sentimental que iba depositando en el banco de la memoria de su pueblo.
En el Colegio Nacional Roque de Alba encontró otro escenario para mostrar su talento. En los centros literarios hacía presentaciones y compartía la música con los hermanos Rafael y Norberto Romero. Y como suele suceder con quienes llevan la música en el alma, un día el intérprete comenzó a convertirse en compositor. Nació entonces ‘Amalia’, su primera canción, que permanece inédita, como una fotografía amarillenta guardada en el álbum íntimo de sus recuerdos.
Pero si el acordeón fue su primera novia musical, la composición terminó convirtiéndose en una compañera inseparable. ‘Beto’ Murgas encontró en las palabras una segunda manera de tocar el acordeón. Sus versos comenzaron a caminar por los caminos del vallenato y llegaron hasta los grandes escenarios del Festival de la Leyenda Vallenata, donde dejó una huella que todavía permanece.
En 1983 llegó a la final con ‘Pliego de peticiones’. Dos años después regresó con ‘Alabanza’, una obra dedicada a los 435 años de Valledupar, y nuevamente alcanzó la gran final. En 1987 volvió a demostrar su talento con ‘La puyita de la puya’, otra composición que lo llevó hasta las instancias definitivas del certamen.
Y llegó 1998, un año que ocupa un capítulo especial en la historia de ‘Beto’. Con ‘Nativo del Valle’ se enfrentó al también compositor Luis Cujia, hoy fallecido. Aquella competencia entre dos grandes merengues despertó una expectativa extraordinaria. Se hablaba de las canciones casi con la misma pasión con que se hablaba de los acordeoneros. Finalmente, Cujia se llevó el triunfo, pero ‘Beto’ ganó algo que ningún jurado podía quitarle: el reconocimiento de haber puesto su nombre entre los grandes compositores de la fiesta vallenata.
Al año siguiente regresó con ‘Juglares de mi tierra’ y nuevamente llegó a la gran final. La corona no apareció, pero sí quedó la gloria. Porque en el vallenato, como en la vida, no siempre gana quien se lleva el primer puesto; muchas veces gana quien logra que su canción permanezca después de que se apagan las luces, se desmontan las tarimas y el silencio vuelve a ocupar las plazas.
Dos de aquellas canciones finalistas tuvieron además la bendición de ser grabadas por el ‘Pulmón de Oro’, ‘Poncho’ Zuleta. Y ‘Beto’, con esa perseverancia que lo caracteriza, asegura que continuará componiendo hasta el último de sus días y que, mientras tenga fuerzas, seguirá presentando sus canciones en el Festival de la Leyenda Vallenata, persiguiendo ese primer lugar que todavía aparece en el horizonte como una estrella que no se ha apagado.