Andrés Felipe Arias Valdés tenía todo para seguir vivo: joven, sano, querido por su comunidad, protegido por su casco y por su fe. El domingo, sin embargo, venía en su moto cuando se cruzó con un carro gris que iba en dirección contraria, y, en contra también de toda lógica humana, se lo llevó.
Recibí la noticia y pensé mucho en que, a veces, pareciera que Dios se me distrae y deja que la muerte se explaye al punto de que, sin importar lo que hagamos o decidamos, nos tiene a la mano. Es como si para la muerte no hubiese criterio ni mérito. No respeta a nadie y hace lo que le da la gana. Se encarniza con aquellos que se cuidan y son prudentes, mientras les concede treguas a quienes abrazan el peligro. No le importa si eres un atleta, porque hasta el corazón más entrenado falla. Le tuerce el brazo a cualquier pronóstico y le da igual extenderle la vida a un abuelo al que en un sismo le cayó un edificio encima que arrebatarle los días a un niño que juega en un jardín. Así, con esa arbitrariedad con la que se mueve, se llevó a ‘Pipe’, y nos enrostra que estamos siempre y todos a la misma distancia de morir.
La manifestación más clara de estas formas abusivas de la muerte es la absurda precisión matemática con que coincidió con el carro gris, que nunca fue tan gris como en ese momento, cuando chocaron. Nos pesa que bastaba un sueño más, un sorbo de café caliente que los atrasara. Habrían sido suficientes esos segundos en que las llaves se nos pierden entre el comedor y el mesón de la cocina. Son solo unos segundos. Espanta pensar en los instantes de más o de menos que habrían hecho que esas dos trayectorias no se encontraran. Se siente como una traición ese mecanismo que hace que, por ejemplo, si te demoras en el baño y sumas y restas la cadena de casualidades, a lo mejor no nos vuelvan a ver nunca más sobre la faz de la tierra.
Y duele más porque tenía veinte años y a esa edad todo parece estar por delante, todas las posibilidades están dispuestas para vivirlas. Sin pensarlo mucho se nos presenta un orden, una secuencia casi natural: estudiar, trabajar, amar, criar, envejecer. Pero la muerte es atrabiliaria. No reconoce secuencias ni le importa la esperanza de la juventud; a veces simplemente la corta, la deforma, la deja con la geometría de un accidente.
Pero, por si fuera poco, ‘Pipe’, además, era una buena persona. El día antes de su partida se consagró como ministro de la Palabra, luego asistió a la solemne consagración del templo Nuestra Señora de la Peña y el día de su partida iba a acompañar las actividades del Centro Pastoral del Divino Niño Jesús. Era líder de la pastoral juvenil, se congregaba en las Pequeñas Comunidades Cristianas y participaba también como adorador del Santísimo Sacramento. Era un servidor con todas las fuerzas que tenía a su disposición, incluso mientras adelantaba su preparación profesional en la Universidad de La Guajira. Pero ocurrió lo que no se supone que ocurra. No se supone que esto pase si eres de los buenos. Cuando tu cotidianidad es guiar jóvenes y acompañar con una monición a la asamblea de una eucaristía, no se entiende cómo de repente le corresponde a una mamá ir a presenciar esa escena nefasta, que no se corresponde con la nobleza ni con las formas medidas y prudentes de su hijo.
De todos los lugares del mundo, el pavimento de una vía nacional es el último en el que esperas ver el amor de una madre abrazando el cuerpo sin vida de su hijo. Esa imagen no armoniza con lo que debería ser el espacio para un abrazo maternal: una cama, un sofá, un regazo, cualquier sitio menos la dureza de un tramo de asfalto. Una mañana de domingo no armoniza con ese sufrimiento.
Miro a esa madre con la conciencia de que no puedo siquiera llegarle cerca a sentir su dolor, que nadie puede dolerse por otro; esa experiencia parece intransferible. Pero en eso también hay misterio, porque al mismo tiempo es cierto que ese dolor resuena en nosotros. No será el mismo dolor, pero el lamento es compartido por su familia, sus amigos, su comunidad. Pienso en Carmen, en ‘Panchi’, en Mary, en ‘Fide’. A todos nos duele también, de otra manera, pero nos duele. A mí también: tengo mi propia versión del sufrimiento de esa madre, me apropio de esa tragedia familiar y se vuelve mía cuando pienso en mi hijo mayor, que es joven como ‘Pipe’, y el pensamiento fugaz de la posibilidad de que le ocurra lo mismo no me deja sosiego una tarde entera hasta que nuevamente, como ha pasado desde que lo aprendí, la idea de que alguien entregue a su hijo llega como una ráfaga de luminosidad. Creo ver en perspectiva el amor de Dios y su infinitud por la conciencia de que sacrificó a su hijo por nosotros, cuando yo lo que estoy sintiendo es un vértigo helado por imaginar esa posibilidad para el mío.








