La ambición es el combustible de la vida. Según Champy y Noria, “la ambición es, al mismo tiempo, una meta y un estímulo; una compulsión a luchar por algo que vale la pena.
Sin ella, cualquier gran emprendimiento resulta impensable. La ambición es capaz de transformar todo. Ha dominado continentes y creado civilizaciones; construido catedrales y derribados déspotas; curado enfermedades y llevado al hombre a la luna. Puede convertir una idea sencilla en una empresa global. Es la fuerza que pone en marcha a quienes persiguen objetivos audaces; que convierte lo ordinario en extraordinario. La ambición motoriza a los individuos intrépidos que ven lo que ningún otro vio, y logran lo que ningún otro pensó que podía lograrse”.
Por su parte, la creatividad tiene un impacto sobre cualquier proyecto político; implica grandes retos para el candidato lo cual hace indispensable poner a funcionar toda su capacidad y creatividad para superar los obstáculos que se vayan presentando en el curso del proceso, uno de los cuales es el surgimiento del temor al fracaso, teniendo en cuenta que para desarrollar una campaña política no existe una metodología científica ni manuales didácticos que señalen la ruta de una campaña electoral. Al respecto, tiene vigencia lo que dice Sun Tzu: “En el arte de la guerra no hay reglas fijas. Estas sólo pueden determinarse con arreglo a las circunstancias”.
Un candidato debe ser decidido e inteligente para poder lograr las metas que se ha trazado, precisando, como dice Chalita: “el hombre sensato no debe atenerse a la suerte y al destino, sino a su voluntad y energías, y debe siempre desear a los demás lo que quiere para sí. No debe buscar su beneficio a costa del mal que puede hacer a otros. Y debe esforzarse por purificar su corazón ya que en un corazón pervertido no germina nunca una buena intención ni un propósito justo”.
Poco suma la suerte o el destino. El éxito de una campaña electoral es básicamente estrategia con creatividad.
La compra de votos no es una solución ni el camino más fácil. Es más bien una maldición para el candidato y para el elector. El dinero que recibe el elector el día de las elecciones por haber vendido su conciencia sólo le alcanza para unas cervezas ese día, pero le queda un guayabo maldito de 4 años.
Ahora, un buen candidato debe tener, al menos, las siguientes cualidades: credibilidad, humildad y ambición.
Ser creíble, que la gente le tenga confianza, pues sin confianza no hay seguidores. Hay que ser como Mujica, el presidente más pobre del mundo y el más votado de la historia de Uruguay, honesto y transparente, pues para él: “la política es la lucha para que la mayoría de la gente viva mejor. Vivir mejor no es sólo tener más, sino ser más feliz, y eso tiene que ver con las creencias materiales, pero tiene que ver también con otras cosas…”
La credibilidad hay que demostrarla, pues hay candidatos que dicen tenerla, pero la gente conoce sus antecedentes y actuaciones en su vida pública. No traten de engañar al elector, pues éste no es bobo.







