Terminó la IV Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños –Celac-, celebrada en Santa Marta, dejando un sabor agridulce, especialmente para quienes esperaban una mayor participación de presidentes, personalidades del mundo empresarial y político.
El evento termina con un balance que combina gestos diplomáticos maquillados con sonrisas, pero en el fondo saturados de un profundo vacío estratégico. Más allá del simbolismo de reunir a los países de la región en un momento de tensiones globales, el encuentro volvió a evidenciar la fragilidad de los mecanismos de integración latinoamericana y las dificultades para traducir los discursos en resultados concretos.
Pero, hay muchos elementos para destacar. El primero de ellos, fue la ausencia de varios jefes de Estado. Esto no se puede considerar como un hecho menor, antes, por el contrario, fue elemento que restó importancia a nivel mundial. Esto genera un reflejo de falta de cohesión y de voluntad política común entre los gobiernos del continente.
Mientras algunos países impulsan una agenda progresista centrada en la cooperación social y ambiental, otros se mantienen más alineados a intereses económicos externos, lo que profundiza las divisiones. La foto final de la Cumbre mostró una región presente en cuerpo, pero ausente en proyecto.
Pero, la pregunta que brota: ¿Cuáles fueron los compromisos? La Cumbre dejó planteadas líneas de trabajo en energía, cambio climático, migración, seguridad alimentaria y digitalización, pero sin acuerdos específicos ni plazos verificables.
Se reiteró la urgencia de fortalecer la cooperación Sur-Sur y de reducir la dependencia de organismos multilaterales dominados por potencias extra regionales, pero las declaraciones quedaron más cerca del terreno retórico que del operativo.
La tensión latente entre los gobiernos de Estados Unidos, Venezuela y Colombia, marcó un clima donde flotaba un olor a severas divisiones entre los sectores progresistas y los democráticos o capitalistas.
Las aspiraciones de convertirse en el foro que articule una voz común frente al mundo, no se pudo patentar. Esta ambición chocó con la fragmentación ideológica e interna y las distintas prioridades económicas de sus miembros. Mientras algunos gobiernos reclaman un liderazgo regional, otros prefieren mantener la prudencia y evitar confrontaciones geopolíticas.
Finalmente, uno de los elementos sobrevivientes de la Cumbre de Santa Marta, ratifica que Latinoamérica continúa en una encrucijada histórica: o avanza hacia una integración práctica basada en la cooperación económica y tecnológica, o seguirá atrapada en la retórica de la unidad.
Esta región del centro y sur de América, sigue siendo un terreno abonado de grandes oportunidades, de eso, no caben dudas. Se cuenta con recursos naturales, con población joven y potencial energético, pero la falta de convergencia política limita el aprovechamiento de ese capital estratégico.
Debemos seguir buscando los caminos de unidad, desarrollo y mejoramiento de la calidad de vida de los habitantes de esta hermosa región.