Los hay en muchos lugares y Venezuela no es la excepción. Se trata de dobles agentes que con la promesa de poner fin a un régimen despótico se hacen de las plazas propias de quienes lo adversan, y ya en el camino, deciden actuar por cuenta propia, bien sea para remover o bien para convenir con aquellos que prometieron combatir.
Poco o nada les importa la opinión de quienes dicen representar, actúan de esa manera porque son falsos adalides de la democracia.
Suena paradójico decirlo, pero cuando entendemos la mentalidad de esta simulada dirigencia nos encontramos con la alegoría de los duchos vividores de la política para quienes esta es conveniencia y no servicio. La relación entre la palabra y la acción en este tipo de individuos está marcada por la claridad de sus propios intereses y no por los compromisos adquiridos con sus representados, se creen además herederos del poder, por lo que harán lo posible para acceder sino a todo al menos a un trozo de este.
No obstante, todo cuanto emprendan lo harán en nombre de la democracia; esgrimirán tolerancia, respeto y reconocimiento al sentarse con sus supuestos “adversarios”, pero absurdamente lo olvidarán cuando se les inste a conversar con quienes habiendo otorgado respaldo, difieran de sus estrategias para alcanzar los objetivos iniciales. Con estos últimos no habrá diálogo posible, salvo que las circunstancias utilitariamente lo obliguen.
Se negarán a escuchar a quienes no formen parte de su comité oficial de aplausos, asimismo desconocerán encuestas, estudios de opinión o análisis que no le favorezcan y encontrarán entre sus intelectuales e influenciadores los aliados necesarios para la construcción de su épica, por lo que quien intente contrariarlos se convertirá de inmediato en objeto de descrédito y desprestigio con lo que le cobraran su temeridad y sentarán un precedente entre quienes traten de imitarlos, cuentan para ello con varios mecanismos para silenciarlos y quizá en esto el otrora adversario les eche una mano. Curiosamente su estrategia también pasa por la victimización propia y la acusación reiterada del otro sobre prácticas que le son usuales.
Ciertamente los hay en muchos lugares, pero dada la particular situación de nuestro país, hoy sumido en la tragedia humanitaria más grande su historia que cobra vidas, duele profundamente la presencia de este tipo de personajes entre nosotros, quizá de estos ya no podamos esperar nada más, pero si tenemos el derecho de esperar soluciones de la dirigencia realmente comprometida con las aspiraciones de cambio del ciudadano común, de allí pues que urge que esta vuelva a reconectar con los ciudadanos, y sobre todo que entienda la causa de sus angustias para retomar con claridad meridiana las acciones urgentes que apunten a resolver su situación y esto pasa por desligarse necesariamente de estos farsantes de la democracia.
Es impostergable entender y atender la necesidad de la población venezolana, para reconocer de una vez por todas que atravesamos un momento muy duro causado por este andamiaje de mafias del cual Maduro es solo una parte, y que la solución consiste en forzar su salida, se trata de hacernos conscientes de la situación para advertir que solos no podemos y solicitar la ayuda necesaria.







