“Y de Manaure venia Beltrán Orozco y yo le he preguntado cómo sigue Emilianito él me dice que el pobre estaba loco que ya se está curando que ya está mejorcito”.
El tema que ocupa nuestra atención en esta oportunidad trajo a mi mente el aparte que antecede de la canción titulada ‘La enfermedad de Emiliano’ de la autoría de Rafael Escalona que ‘Poncho’ y ‘Emilianito’ incluyeron en el corte número 6 del ‘Lado B’ de su primer trabajo musical titulado ‘Mis preferidas’ en el año 1971.
El 1° de mayo reciente pasado en cumplimiento de nuestro deber y fiel a las costumbres que heredé de mis mayores, asistimos a las honras fúnebres de Jairo Manuel Ramírez Pérez, un joven cuestecitero que por su manera de comportarse, de vestir y decir las cosas, se convirtió en un personaje en Riohacha, donde todos los conocíamos como ‘Rambo’, hasta allí llegamos a expresar nuestras condolencias y brindar acompañamiento como corresponde a Conce, su hermana, quien tuvo varios hijos con Silvio Peralta, un primo de mi vieja ya fallecido.
Mientras transcurría la santa eucaristía por su eterno descanso, al observar la concurrencia en la Catedral de Nuestra Señora de Los Remedios, quedó demostrado que “nadie merece por bonito”, el difunto era un habitante de la calle que muy joven se le salió de las manos a su familia porque pudo más el vicio que la razón, fue más poderosa su inclinación por consumo de licor y otras cosas que dañan la salud y a las familias que el esfuerzo de sus seres queridos por evitarlo.
Era un hombre bastante joven, que nunca pasó desapercibido inicialmente en el sector aledaño al Parque Padilla y la Avenida Primera y después en los alares del cementerio central, no se metía con las personas que por allí estaban y tenía el cuidado que cuando pedía quinientos pesos, no recibía dos mil, solo lo que necesitaba en el momento, a pesar de su situación de desarreglo personal sin tener la condición de indigente, se esmeraba por mantener limpio todo el sector donde permanecía, las flores que encontraba que caían de coronas y otros arreglos florales las usaba para adornar los arboles de la Calle Ancha.
Ese caballero nos enseñó a todos que para ser loco también hay que tener juicio, sin proponérselo tal vez, dio lecciones de civismo, algo que se ha perdido en una ciudad donde impera el individualismo y el egoísmo. Él recogía del piso las basuras que “los acuerdos” arrojaban en las calles, depositaba en las canecas las botellas, latas y potes que los transeúntes dejaban mal puestos y a su manera mantenía el orden en el cementerio, razones suficientes para ganarse, como lo logró, la admiración de la ciudadanía que todavía lamenta su muerte.
Su sepelio fue acorde con su estilo de vida, los habitantes de la calle, sus permanentes acompañantes en el consumo de chirinche, los residentes del sector y los oportunistas de siempre que no se pierden ni de la caída de un catre le brindaron un homenaje justo, a su estilo y su medida con música alegre interpretada por papayera, exhibición de fusiles, revólveres y escopetas como las que el portaba de tubos y madera y el riguroso ritual del baño de ron sobre el ataúd que transportaba su frágil cuerpo hasta su última morada. No recuerdo en la ciudad un caso igual, esencialmente macondiano, en todos los lugares que visité ese día estaban lamentando su deceso, “era loco pero era bueno”, dijo una joven mientras se fumigaba perfume en el pescuezo y acicalaba sus protuberantes cachetes debajo de los palos en frente del cementerio donde permanecía el cuerpo en cámara ardiente.
En medio de aquello que por las circunstancias era una tragedia familiar, su hermana en el trayecto que la transporté hasta el cementerio a la hora del entierro me expresaba que todos los sufrimientos que había padecido por la situación de ese señor durante tantos años, habían encontrado su alivio en ese momento crucial al observar como quería la gente a su hermano.
Definitivamente, en el lugar más septentrional de Colombia, donde la gente honesta teje durante el día y los rufianes destejen por las noches, Macondo existe, y para confirmarlo es suficiente observar el espectáculo que precedió a la muerte de este ser humano que nada tenía, pero mucho hacía por una ciudad donde hay tanta gente que teniéndolo todo, nada hacen por ella.







