“Soy estudiante, llevo los libros con que defiendo la sociedad, voy por el mundo pasando penas y el alma llena como una antorcha que ha de alumbrar”.
En el LP titulado ‘Reyes Vallenatos’ de los Hermanos López con la voz de Jorge Oñate que dieron a conocer en el año 1972, tuvieron el acierto de incluir la canción titulada ‘Soy estudiante’ de la autoría de Elver Araújo Daza, constituida en aquellos tiempos en himno de las luchas de los estudiantes colombianos, la cual vino a mi mente a propósito del tema que ocupa nuestra atención.
En días pasados por invitación de unos estudiantes de la Universidad Popular del Cesar participamos en un interesante evento académico correspondiéndome exponer sobre la ‘Importancia de la Universidad Publica en la transformación de la sociedad’, la verdad lo disfruté a plenitud, pero igualmente, se puso de presente que en muchas universidades encuentra uno gente que asiste a ella cuando le queda tiempo de la vagancia y otros estudian solo para ganar el examen, así sea dejando el pelo en el alambre sin preocuparle por su consciente formación para el ejercicio profesional, pero también es cierto que hay otros conscientes que no llegan allí a prepararse para disfrutar de las complacencias que pone frente a si la sociedad sino para contribuir a transformarla, es el caso de ese grupo muy representativo de jóvenes que no están dispuestos a seguir los malos ejemplos de quienes han culminado su carrera profesional, allí y han egresado para salir a hacer coro aquellos que no ven en la función publica una oportunidad para servir a los demás sino un escenario propicio para su enriquecimiento temprano y punitivo.
Destacamos en el frío auditorio que en la universidad y en el carnaval son los únicos escenarios donde prevalece y se hace realidad el derecho Constitucional Fundamental a la igualdad, allí,–sobre todo cuando tenemos al profesor en frente durante el examen– todos somos igualitos; Imposible olvidar que cuando ingresé a la Universidad del Atlántico a donde va muchísima gente pobre de Colombia, muchas personas me dijeron que de allí saldría con bastón, un pariente me dijo que el que se metía allí era porque quería perder el tiempo, pero mi padre me dijo que no prestara atención, que “el hábito no hace al monje, en las universidades del Estado no obligan a nadie para que estudie, allá se mantienen los que quieren estudiar”.
Imposible olvidad sus palabras y la verdad que no me arrepiento de haber realizado mis estudios en esa alma máter, allá entendí que debía esforzarme estudiando e investigando para no salir de ‘La U’ a pasar pena en los estrados judiciales, fue donde entendí que el trabajo y el estudio no son incompatibles, compartí pupitre con una gran estudiante que vendía bollos durante la madrugada en el mercado público y a las siete en punto estaba con nosotros en clases, antes de conocerla pensaba que a todos nos pagaban para ir a estudiar.
Uno de los temas que se trataron en nuestro encuentro fue lo relacionado con la financiación de la educación pública, se dijo que las universidades están en capacidad de vender servicios de calidad al sector privado, que mediante convenios con grandes empresas pueden transferir tecnología y colocar recurso humano calificado formado y egresado de sus programas, se hizo énfasis en la posibilidad de producir en editoriales propias libros de consulta impresos y digitales para el consumo de los mismos estudiantes ajustados a las propedéuticas adoptadas por cada programa, la verdad que no es una idea descabellada, eso lo han hecho entre otras la Universidad Nacional, la del Rosario y la Universidad Externado, que de acuerdo a un informe publicado recientemente por El Espectador, ya tiene canales internacionales de venta de lo que producen como Apple y Amazon, entre otros, y en la Feria del Libro en Bogotá puso a la venta seiscientos libros académicos, entonces ¿por qué nuestras universidades públicas no pueden hacer lo mismo?.
La situación de la universidad pública es difícil pero tampoco es catastrófica y el impacto negativo de las cosas malas que pasan por decisiones malas, no serán peor en la medida que todos los estamentos empujen sin individuales cálculos para el mismo lado, pensando siempre en la garantía de la defensa del interés común, la moralidad y la eficiencia, se sabe que con estas instituciones, caras a los afectos de la gente pobre de este país, sucede muchas veces lo del hombre que no le da plata a la mujer para la comida pero cada día le exige que se la mejore, igual hay algunas a las cuales en la misma medida que le van recortando el presupuesto le exigen que mejoren la calidad.
Todos tenemos que reflexionar, porque la primacía de la realidad nos coloca ante dos perspectivas impajaritables o fortalecemos la permanencia y la calidad en la educación pública para que estudie la gente que en vez de plata tiene esperanzas, ilusiones, sueños y un proyecto de vida, o nos tocará darle comida a perpetuidad a una generación de desesperanzados, desilusionados, de resentidos y de esclavos de los esclavos del dinero; el cemento y el ladrillo no pueden ser mas importantes que la formación de los muchachos, hay que sacudirse y pensar que la sociedad tiene una deuda insoluta con sectores que teniendo derecho a todo la vida no les ha dado nada y para transformar esa dolorosa realidad se requiere educar a nuestra gente, de lo contrario estamos todos embarcados en un barco cargado de ignominias e injusticias que se hundirá con las luces encendidas.







