Iniciaba la década de los 90 cuando llegó a la Universidad de La Guajira, un intelectual muy circunspecto y apegado a la racionalidad; crítico literario, poeta y académico. Su nombre: Gabriel Alberto Ferrer. Poco después llegó también a darnos clases en el programa de Licenciatura en Lenguas Modernas, su brillante y muy estudiada esposa, Yolanda Rodríguez Cadena. Ambos editaron la primera investigación sobre etnoliteratura wayuú.
Había una fiebre por la literatura de la que nos contagiamos muchos estudiantes, hoy reconocidos como escritores. Gabriel Ferrer, no solo era uno de nuestros más admirados docentes, sino una gran influencia. Para un grupo de compañeros de la facultad, conocidos como ‘Los caballos viejos’, fue también nuestro amigo personal, compartía con nosotros los espacios de vida social.
Como sucedía con esos docentes de altos pergaminos, fueron jalonados por otras universidades, Gabriel llegó a la del Atlántico donde, en poco tiempo, se convirtió nada menos que en director de la maestría en literatura de Latinoamérica y el Caribe. Algunos supimos que, la pareja Ferrer- Rodríguez se había convertido al cristianismo y dirigían la iglesia Berea en Barranquilla. Hoy, Gabriel Alberto Ferrer, el casi venerado maestro de literatura, es centro de atención – y hasta de burla- en la prensa nacional, no por sus obras literarias, sino por obrar de una manera que raya en un sainete de extremo fanatismo religioso.
El país se escandaliza de la manera cómo Ferrer indujo a un grupo de personas a una disciplina intolerante de echar de casa a quien no compartiera su credo, a confinarse en dos casas, la de su hogar en Barranquilla y la de retiro en Isabel López, ante la supuesta amenaza del apocalipsis. El pastor Ferrer los convenció que era un iluminado, quien había recibido un mensaje de Dios, en el que fijaba como fecha del juicio final el jueves 28 de enero. Ese día, según el pastor, acabaría la vida terrenal, llegaría Jesús a impartir justicia divina y resucitarían los muertos. Sus feligreses, convencidos de esto, no solo se despidieron de sus familias, sino que renunciaron a sus trabajos- como lo hizo Ferrer ante Uniatlántico- y comenzaron a mal vender sus bienes.
El escándalo se hizo no solo nacional, sino internacional. Las familias de los confinados alertaron a las autoridades tras el ayuno ascético de casi un mes. Icbf intervino para retirar a los niños. La prensa instaló su “villa Berea” frente a la casa de los Ferrer en Barranquilla. Romerías de vecinos “no pegaron el ojo” la noche del miércoles 27 y amanecer del 28, esperando ver si se hacía realidad la profecía ferreriana o la reacción de los confinados al comenzar el “día final”. La pregunta que nos hacemos quienes conocimos a Gabriel Ferrer y a su esposa en Riohacha es: ¿Cómo personas tan racionales, ateas, de ideas marxistas, académicos con todos los títulos posibles, terminen en una aventura que hoy aterra al país por su fanatismo y falta de mesura? Auscultando con amigos comunes, la pareja Ferrer- Rodríguez vivió años críticos por la muerte de su joven primogénita a causa de un cáncer de piel; luego, otro de sus hijos nació con autismo.
La fe fue su refugio, la entrega fue total, como si con ello buscaran expiar culpas. Pero, los resultados hoy no son alentadores: su profecía resultó ser un engaño; su imagen como pastor queda como la de un falso mesías más; su iglesia se verá afectada por el estigma de inducir a sus feligreses al fanatismo radical; tanto él como sus compañeros de aventura espiritual quedarán sin trabajo y sin bienes. En suma, esta reciente “obra” del poeta y hoy pastor Ferrer, será tristemente recordada por su carga de insania.
Lamentamos hoy lo que hicieron de la religión estos amigos quienes, no están aprovechando el lado bueno de la fe.







