¿Quién es tu hermano? ¡Tu vecino más cercano! dice el refrán. Por ello, al pensar en la proyección presente y futura en los sectores social, académico, cultural y económico de la península de La Guajira, el horizonte hacia donde se mira es, necesariamente, hacia el norte y el nororiente. Allí, inexorablemente se presenta la inmensidad del mar Caribe que invade los sentidos con su amplia gama de azules, o su fuerte cimarrón si nos encontramos en invierno y el río Ranchería ha desembocado en él.
Y es que, los guajiros fuimos criados en medio de la narración de las historias de naufragios, ataques de piratas, gestas marítimas, intervenciones milagrosas en defensa de la capital costera y valerosas migraciones que propiciaron el poblamiento diverso del territorio. En los vibrantes fogones de las casas riohacheras, se fusionaban fácilmente los sabores de la exquisita sierra en escabeche con el del funche, hábilmente preparados por las entusiastas matronas, portadoras insignes de la tradición culinaria.
Ellas utilizaban ingredientes como la harina amarilla, la mantequilla holandesa, las galletas saladas enlatadas, el queso gouda redondo y los encurtidos que llegaban con la facilidad y rapidez que permitía no solo la cercanía geográfica, sino también, el eficiente comercio marítimo en ambos sentidos con las islas de Aruba y Curazao.
También la música, los carnavales y las fiestas populares se convirtieron en expresiones identitarias compartidas, al igual que los relatos orales que daban cuenta de una dinámica humana fluida y sin restricciones que permeó generosamente a cada sociedad durante los siglos XVIII, XIX y XX.
En mi caso, mi madre Ena Luz Aguilar Arismendy (q.e.p.d.), fue la encargada de narrar maravillosamente las anécdotas sobre proezas permanentes que mantenían abastecidas as despensas de la región. Con el mismo ímpetu los locales buscaban en otras latitudes de ese extenso maritorio azul, nuevos puertos donde forjar vidas mejores para ellos y muy especialmente para sus descendientes, impulsados también por la identidad cultural compartida y los fuertes nexos familiares.
Mi abuelo materno, José Prudencio Aguilar Márquez (q.e.p.d.), es considerado uno de los comerciantes más emblemáticos del siglo XX. La tradición oral cuenta que llegó a poseer goletas en las que las mercancías surcaban el mar, al tiempo que al tocar puerto las distribuía hábilmente por los vericuetos de la región de la Provincia de Padilla, como fue denominado ese paso estratégico entre la Sierra Nevada y la Serranía de Perijá, que bien describe el nobel Gabriel García Márquez quien fuese su amigo, en su autobiografía ‘Vivir para Contarla’. “Aquel espíritu de evasión perpetua se sustentaba en una realidad geográfica. La Provincia tenía la autonomía de un mundo propio y una unidad cultural compacta y antigua, en un cañón feraz entre la Sierra Nevada y la Serranía del Perijá, en el Caribe colombiano. Su comunicación era más fácil con el mundo que con el resto del país, pues su vida cotidiana se identificaba mejor con las Antillas por el tráfico fácil con Jamaica o Curazao, y casi se confundía con la de Venezuela por una frontera de puertas abiertas que no hacía distinciones de rangos y colores”. Y justamente con esa convicción, los pueblos del Caribe nos hemos movilizado libremente en distintas épocas, por esa extensa zona cultural compartida.
Por ello no resulta extraño que se denominara Esquina Sudamericana de las Oportunidades al Plan Regional de Competitividad de La Guajira, diseñado entre otras personas, por el economista César Arismendy en el año 2008 con el apoyo de Usaid y la Cámara de Comercio de La Guajira. Los visionarios planteamientos allí consagrados son coherentes con la historia a través de propuestas viables y sostenibles, estando además, apalancados en las sabias voces de historiadores, investigadores y escritores acuciosos como Weildler Guerra Curvelo y Fredy González Zubiría. Ellos con sus pertinentes letras han iluminado el camino por el que hoy andamos muchos, promoviendo la integración de nuestros pueblos y sus gentes a través de la gestión cultural que exalta la literatura, las cocinas, el arte y la música como el invaluable acervo que son.
Sin embargo, teniendo en cuenta los avances tecnológicos y las múltiples oportunidades existentes de cara a las ventajas comparativas y competitivas, el panorama actual es otro. Hoy es nula la conectividad aérea y marítima directa desde el Departamento en el que comienza Colombia hacia el gran Caribe. Aunque en dos oportunidades en los años 2009 y 2017 desde el Aeropuerto Almirante José Prudencio Padilla existieron trayectos hacia el Aeropuerto Reina Beatrix de Oranjestad, hoy que la necesidad de conectividad sigue vigente y que las nobles expectativas de los pueblos hermanos se mantienen intactas, no existe aún, esa más que necesaria opción para locales y visitantes.
La Guajira no solamente debe ‘Volver a mirar al mar’, como bien lo ha expresado el gobernador Jairo Aguilar Deluque, sino que, también debe surcarlo con valentía a través del cielo y de las rutas ancestrales que hace centurias propiciaron el comercio e impulsaron la integración con el mundo.
Así mismo, la península tiene la vocación para convertirse en la despensa agrícola de esos estimados vecinos insulares, máxime la constante demanda que se genera no solo por quienes las habitan, sino también, debido a su constante y creciente actividad turística. Según cifras oficiales el turismo en Aruba creció 6,6% en 2025 con 1.500.000 turistas, mientras que a Curazao en el mismo año llegaron 1.700.000.








