En los últimos días han sido muchas las voces de mi pueblo que, a través de las redes sociales y distintos escenarios de opinión, han solicitado el aplazamiento de la versión número 48 del Festival Cuna de Acordeones, que este año rinde homenaje a Israel Romero, considerado uno de los más grandes acordeoneros de nuestra música vallenata y orgullo del folclor colombiano.
Entre quienes han expresado públicamente esta inquietud se destacan dos personas profundamente ligadas a la historia del festival: el doctor Luis Alonso Colmenares y el compositor y folclorista José Galo Sierra. Su planteamiento parte de un sentimiento de solidaridad con las miles de familias que hoy padecen las consecuencias del devastador terremoto que sacudió el occidente del país.
De acuerdo con las cifras oficiales de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (Ungrd), el sismo de magnitud 7,4 ocurrido el pasado 10 de agosto deja un saldo de 294 personas fallecidas, 3.955 heridas, 320 desaparecidas y más de 115.000 afectados en cerca de 400 municipios, siendo Chocó, Risaralda y Valle del Cauca las regiones más golpeadas por la tragedia.
Nadie desconoce la importancia del Festival Cuna de Acordeones. Durante casi cinco décadas ha sido el principal escenario para exaltar nuestra cultura vallenata, impulsar el turismo, dinamizar la economía local y generar empleo para cientos de familias. Además, ha servido como una vitrina para mostrar a Villanueva ante Colombia, permitiendo la presencia de ministros, directores de entidades nacionales, congresistas, gobernadores y alcaldes que fortalecen la gestión institucional del municipio.
Sin embargo, hoy el país vive un momento de tristeza. Faltan pocas semanas para el inicio del festival y Colombia permanece de luto. Mientras numerosas ciudades y municipios organizan campañas para recolectar ayudas destinadas a los damnificados, Villanueva se prepara para celebrar una fiesta de cinco días. Esa realidad, inevitablemente, invita a la reflexión.
Incluso es razonable pensar que muchas de las personalidades que tradicionalmente acompañan este evento podrían verse impedidas de asistir debido a las labores institucionales que demanda la emergencia nacional. No sería extraño que incluso el propio gobernador de La Guajira deba priorizar otras responsabilidades.
Algunos podrán comparar esta situación con festivales realizados en épocas de conflicto armado. Sin embargo, no es la misma circunstancia. En aquellos momentos, el folclor también se convirtió en un mensaje de esperanza, de reconciliación y de paz; se cantaba para pedir que cesara la violencia y que los fusiles disparen flores. Hoy enfrentamos una tragedia distinta: miles de familias lloran a sus seres queridos, otras permanecen desaparecidas y muchas lo han perdido absolutamente todo bajo la fuerza implacable de la naturaleza.
Por eso considero, no solo como columnista sino también como asociado de la Fundación Cuna de Acordeones, que no resulta descabellado plantear el aplazamiento de este importante certamen. Sería un gesto de solidaridad y sensibilidad con nuestros hermanos colombianos, una decisión que, estoy convencido, el pueblo de Villanueva sabría comprender, porque nosotros también conocemos el dolor, las pérdidas y las dificultades que dejan las tragedias.
El folclor no solo se expresa a través del acordeón. También se manifiesta en los valores que identifican a un pueblo: la solidaridad, la empatía y el respeto por el sufrimiento ajeno. Si las circunstancias lo exigen, aplazar una fiesta para honrar la vida y acompañar el duelo nacional no disminuye la grandeza del Festival Cuna de Acordeones; por el contrario, engrandece el espíritu de un pueblo que siempre ha sabido demostrar su calidad humana.
Porque el folclor es cultura, y Villanueva es la Cuna.








