Yo tengo el caro orgullo de ser un sanjuanero raizal, nacido en un barrio popular, en este pueblo donde tengo enterrado mi ombligo y mis difuntos. Allí en la callecita nací, una calle amplia al norte del pueblo y donde en sus aceras construían casas de barro con techos de tejas de cemento y calzadas de blancos arenales donde se marcaba la trilla del ganado que pasaba a beber agua al río Cesar al atardecer. Me levanté en el esfuerzo escuchando el mugir del ganado y el canto de las aves silvestres en los árboles frutales de mango, cotoprix y tamarindo. Como el Cafetal de Villanueva o El Pescaíto de Santa Marta, así comparo el barrio donde nací y me levanté con los amigos de la gallada que mucho nos apreciamos y juntos crecimos.
Lejos de las plazas y los apellidos de alcurnia y abolengo, donde vivían los ganaderos y hacendados que eran los patrones de nuestros padres. Así he visto crecer y desarrollarse nuestro municipio San Juan del Cesar, con gran sentido urbano y del orden en su crecimiento. Un pueblo que ha querido marcar los distingos de clases entre lo que fue y lo que han avanzado sus hijos. De aquel pueblo con porte señorial y donde algunos se consideraban descendientes directos de españoles y de la más alta pureza del campo, solo quedan los recuerdos. Recuerdos de aquel pueblo de alambiques, blancos algodonales, trapiches y porquerizas, que le dieron el remoquete de ‘La Puerquera’. Este era el pueblo más hermoso que este pobre mortal en sus sueños de niño hubiese soñado jamás. Allí comencé a ponerle alas a mi corazón soñador y a volar por el firmamento de la vida sin límites como sus propios poetas y compositores. La majestuosidad de su iglesia con sus torres morunas y sus campanarios y sus jardines con claveles rosados y jazmines me indicaban que había nacido en una cuna incomparable donde el pueblo a unos le entregaría la corona para que lo gobiernen como hasta nuestros días.
En mi pobre infancia creí que había nacido en un pueblo que había heredado algún monarca de la realeza de oriente. Mis días de sol se pasaban jugando al fútbol descalzo en el río o en canchas destapadas soñando con llegar algún día a lucir la camiseta del colegio o de la selección municipal. Pero mis sueños fueron derribados por la cruda realidad de la vida. Unos nacemos con la esférica en la cabeza y otros en los pies, de ahí que el balompié se haya distinguido como el deporte más popular del mundo. Así, en medio de cachivaches, de cometas de papel, carritos de cardón, boliches y trompos transcurrió mi niñez jugando gallitos con flor de Acacio, la libertad y el chusaleco en aquel pueblo que sus noches oscuras pegaban con todos los sueños de la niñez de escasos recursos. Veía a mi abuela y a mi madre madrugar con el molendero a ventear el maíz para luego molerlo y recibir el derramamiento de las auroras con un pocillo de café caliente, para luego salir a buscar el sustento de la familia.
Entre la Escuela Parroquial y el Colegio de ‘Pelongo’, transcurrió la primaria y parte del bachillerato entre el algebra de Baldor, la historia de Barrios Astolfi, los centros literarios con cantos y declamaciones, hasta aprender y memorizar la retórica, la dialéctica y el estoicismo, propio del soñador que quiere superarse. Entre más fuerte es el fuego mejor se templa el acero, es cuando uno comprende que la templanza y el carácter se construyen con el esfuerzo y viviendo con lo esencial y en medio de las carencias. Porque es verdad, que vale más llegar a ser que haber nacido siendo, y muchas veces el hombre se supera en la lejanía porque nadie es profeta en su propia tierra. Allí empecé a comprender que, la alegría y el dolor son la esencia de la vida, y que también es mejor ser útil que ser importante. Ahora, con la profunda maduración interior que me dio el paso de los años y que me permite ver la vida con más amor fraternal por el prójimo, termino concluyendo que, la grandeza de un ser humano radica en venir a este mundo a dejar la huella de nuestro paso con sentido humanístico por la dignidad humana de las demás personas. Un ser humano maduro y agradecido por todos los favores recibidos guarda la paz y el bien en su corazón.







