Editorial Diario del Norte
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Los therians en la zoología política

En la política del Caribe colombiano —y de forma visible en La Guajira— los animales no solo son metáforas populares: se han convertido en herramientas de comunicación política.…

En la política del Caribe colombiano —y de forma visible en La Guajira— los animales no solo son metáforas populares: se han convertido en herramientas de comunicación política. Lo que antes era un apodo espontáneo nacido en la esquina o en la plaza pública, hoy forma parte de una estrategia consciente de posicionamiento.

El lenguaje ciudadano fue el primero en construir este ‘zoológico’.  El bestiario político caribeño es mucho más amplio. El ‘lagarto’ representa al adulador profesional; el ‘camaleón’, al político que cambia de partido con sorprendente facilidad; el ‘sapo’, al delator oportunista; el ‘zorro’, al estratega astuto; el ‘tiburón’, al que navega con ventaja en aguas turbulentas; el ‘gallo’, al peleador incansable; el ‘burro’, usado con ironía para señalar terquedad o falta de luces; el ‘ratón’, que opera en silencio y aparece donde menos se espera.

Desde la antigüedad el hombre ha querido emular a las bestias; ahora muchos animales, los han humanizado de tal manera, que duermen en camas con sus amos, los visten con prendas normales y cuando se enferman, la familia se preocupa mucho más.

Ahora con la llegada de los therians, cuyo significado proviene del inglés therianthrope, pero con raíces griegas, que significa bestia, entramos a una era en que literalmente el hombre se quiere ‘bestializar’.

Desde hace siglos, los dueños del poder se hacen colocar apodos para demostrar jerarquía y fuerza; ahora se usan como una autopromoción animalizando sus efectos para mantener su autoridad en los gobiernos.

El candidato presidencial Abelardo de la Espriella decidió autodenominarse ‘El Tigre’, apelando a la idea de fuerza, autoridad y determinación. El mensaje es claro: en un escenario de incertidumbre, el animal feroz promete orden. Jhon Mosquera, precandidato presidencial quiere ser vampiro y hace campaña con disfraz de Batman.

La historia política colombiana ha conocido otros casos de apelativos simbólicos. A Alfonso López Michelsen lo llamaban ‘El Pollo Vallenato’, un apodo que conectaba con identidad regional y frescura generacional. Al exgobernador Jorge Pérez, en reuniones privadas le decían el ‘Tigrillo’.

Desde la teoría política y la comunicación estratégica, esto no es casual. En sociedades saturadas de información, el símbolo desplaza al argumento. El animal funciona como arquetipo: comunica carácter en segundos. Es marketing identitario. El problema surge cuando el símbolo sustituye al contenido. Rugir no es gobernar; embestir no es legislar; cambiar de piel no es tener visión de Estado.

El desafío para la región no es eliminar la metáfora —que forma parte de su riqueza cultural— sino trascenderla. Que el liderazgo no se mida por la ferocidad del apodo sino por la transparencia en la gestión, la eficacia administrativa y la capacidad de resolver problemas estructurales.

Al final, el verdadero poder no está en parecer un animal fuerte, sino en demostrar humanidad responsable frente a los ciudadanos.

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