Había llegado como los dioses que retornan sin gloria: callado, los hombros tristes y cuando tuvo que hablar, lo hizo con palabras cortas y cansinas; se le veía taciturno. La mirada vagaba por las paredes. Estaba como acorralado en el consultorio médico donde lo había citado. No podía dormir. Quizá se debía a que apenas volvía de Cuba por una desintoxicación por uso de alucinógenos; además, tenía nuevas responsabilidades profesionales ante la selección colombiana de boxeo que asistiría un año después a los Juegos Olímpicos de Atlanta/1996. Parecía un ángel con alas de cera en una ciudad hirviente a más de treinta grados a la sombra.
Cualquier decisión debía conseguir que Antonio Cervantes Reyes recuperara el sosiego a través del sueño. Se adivinaba la ansiedad por estar en el ordenado ambiente de salud de un consultorio médico. De repente el rostro adusto del campeón cambió al descubrir una balanza, la que alcanzó con un desplazamiento lateral como los que se emplean para evadir el ataque de un adversario en el cuadrilátero. El fiel de la báscula se levantó hasta sesenta y cinco kilogramos, solo un tris por encima del límite de la categoría de boxeo que lo vio reinar.
Hoy Pambelé está contra las cuerdas al ser declarado esquizofrénico y se busca salvarlo mediante una rehabilitación in extremis y de mal pronóstico. La situación es producto de la adicción a psicofármacos, desde alcohol hasta compuestos más fuertes. Este sería el espejo en que deberían verse quienes optan por el camino incierto y de difícil retorno del consumo de drogas. Sin embargo, no debe olvidarse lo que su ejecutoria deportiva significa; esta exige una divulgación amplia, a pesar de su inadecuado comportamiento social.
Al promediar los años sesenta se intensificaba la guerra de Vietnam. El presidente de Colombia, Carlos Lleras Restrepo, finaliza su mandato con el mayor robo electoral visto en el país al desconocer el triunfo del general (r) Gustavo Rojas Pinilla. Esa fue la época en que se desarrolló Pambelé para el arte de las orejas de coliflor. En el gimnasio del barrio cartagenero El Prado se daban cita los mejores boxeadores del momento, entre otros Elías “Dinamita” Lián, púgil de un coraje insólito (concedía las libras que fuesen necesarias con tal de no capar combate); Alfonso Franco ‘Kid Peche’ (sobrado de estilo) y el peso mosca Alfonso “El Zurdo” Valiente, de quien se dice es el boxeador nuestro que libra por libra más fuerte ha pegado.
Contrastaba entre aquellas figuras carismáticas la nada agraciada imagen de Pambelé. Flaco, con andar plantígrado y movimientos de ‘buzo ciego’ como diría Neruda; aparentaba estar cosido al piso. Fungía de boxeador de prácticas (sparring). Pero, quién diría que años más tarde bajo la dirección de los venezolanos Ramiro Machado y Melquíades “Tabaquito” Sanz, accedería al escalafón de los mejores del orbe en los welter ligeros, las 140 libras o 63,5 kilogramos. Eso sucedió al ganarle en Los Ángeles, California, a Enrique Jana, argentino clasificado en el escalafón mundial (18/02/1971).
Octubre de 1972 presagiaba lo que serían las festividades novembrinas en Cartagena. La noche del 28 de ese mes vería coronada a la Reina Popular dentro de las actividades del Reinado Nacional de Belleza y la Fiesta de la Independencia de Cartagena. Por los altavoces del estadio de béisbol 11 de Noviembre se escuchó cómo acallaban el discurso del alcalde para dar paso a la transmisión radial de Napoleón Perea Castro desde Panamá. Pambelé rescataba un triunfo de lo que era una derrota inminente, gracias a su pegada fulminante. Hasta la reina elegida olvidó su propia corona y debió volver por ella debido al pandemónium que se armó.
Sin duda, en la mente de Antonio Cervantes sobrevive el ídolo de multitudes, el champion. Se trata de su tarjeta de presentación. A eso obedece la necesidad de hacerse notar. Debemos comprenderlo, así como en su hora lo hicieron los brasileños con el futbolista Manoel Francisco dos Santos; ser contrahecho, alcohólico, amante desacertado y feo como el pájaro del Mato Grosso Garrincha, de donde se originó el apodo. Los mexicanos son devotos del boxeador Rubén “Púas” Olivares, que alternó victorias memorables y derrotas miserables por su vida disipada, pero que vive en el agradecimiento de su pueblo.
El psiquiatra Enrique Brito Lalleman del Hospital San José de Maicao, La Guajira, opina que la dependencia a sustancias psicoactivas es el resultado de varios factores. Los adictos presentan un déficit en las respuestas neurológicas de gratificación. Desde el punto de vista psicológico –agrega-, el consumo de estas sustancias es un sustituto del amor. La idea del adicto de que nadie lo quiere ahonda su percepción de inmerecimiento de la felicidad.
Los consumidores tienen mecanismos de defensa de la personalidad inmaduros, incapacidad para tolerar afectos dolorosos, presentan sensación de vacío. En el caso de Pambelé –afirma-, se ve una incapacidad para enfrentar la ansiedad y el dolor. Hay una imagen desvalorizada de sí mismo y para proteger su narcisismo, adopta una idealización defensiva con la necesaria fijación a situaciones pasadas.
Sin embargo, un aspecto que se soslaya en la irrupción de un deportista como Pambelé –y que él lo tiene claro-, es que hasta su puesta en escena jamás se habían tenido triunfos consistentes; el primer lugar en cualquier competencia deportiva de manera sistemática. Los títulos mundiales de béisbol aficionado, 1947 y 1965, fueron significativos, pero esporádicos, en un deporte para entonces regional circunscrito a la influencia norteamericana de las Grandes Ligas. Durante mucho tiempo se nos presentó como lo más parecido a estar en el podio de vencedores el inútil 4-4 contra la Unión Soviética, en el Campeonato Mundial de Fútbol Chile/1962. Colombia estaba resignada a los ‘triunfos morales’; al “jugó como nunca y perdió como siempre”.
Pero, desde San Basilio de Palenque, Bolívar, vino el profeta de lo cierto y dijo «se gana así”, y su historia quedó para la posteridad. Tan grande fue como deportista que para perder definitivamente su corona en Cincinnati, Estados Unidos, se necesitó de su propia mala preparación. Antes de caer para la cuenta definitiva de diez segundos, derribó a su verdugo Aaron Pryor (2/08/80). Entonces cabe reconocer al hijo de Ceferina Reyes como uno de los forjadores de la inconclusa nacionalidad colombiana, inclusive por encima de aquellos cuyas ejecutorias militares o políticas se recitan en escuelas y universidades.
Al terminar la revisión médica un resquicio de felicidad apareció en el aspecto desencajado de Pambelé. Quizá se imaginó retrocediendo sobre la lona del encordado para lanzar su temible recto de derecha que llevó por tierra a los mejores de su peso. Nada importaba cuán poco elegantes fuesen sus pasos una vez le calzaban el cordobán. Pero, el tiempo ha pasado. En adelante el palenquero exclusivamente levantaría los brazos para reclamar su presencia en la memoria del país. Se trata de la lucha de los seres humanos por no ser olvidados.








