Era un 12 de mayo de 1980. Para Urumita, un rinconcito escondido al extremo sur de La Guajira, extremo norte de Colombia, colmado de flores y calagualas, con bellos jardines, no sería un día normal. Ese día, cantaron los gallos más temprano que de costumbre, las aves volaron al son del llanto de un niño, los ríos crujieron, pues crecían al ritmo de la intensa lluvia de un invierno de abril, era un día de aquellos, donde se esperaba con ansias, la celebración de un Día de las Madres, representado en toda su extensión por la Virgen, un pueblo muy devoto de creencias y tradiciones, consagrado por aquel domingo de jolgorio, brindis y francachela.
Aquella noche de ese mismo día iba a ser distinta, sentí una brisa fuerte, que me estremecía los huesos, un otoño distinto con una pertinaz lluvia y sus gotas que sonaban al ritmo de un acordeón, pues nacía en ese mismo momento, el más grande de los Dangond. Han pasado más de 45 años desde ese entonces, pero aún puedo sentir lo profundo del canto de las aves en ese día, el atardecer acaecía más temprano sobre la noche y la pertinaz lluvia caía, cual gotas de rocío sobre aquel pequeño pueblito incrustado en la serranía.
La llegada de esta nueva semilla, llamada Silvestre Francisco, bajo el amparo de la sangría Corrales de donde partía su feudo matriarcal, sería el antes y el después de la historia de aquel gentilicio, que ya poseían otros juglares, cantores, músicos innatos y consagrados del folclor, pero que, en este nuevo polen, encontraría, la grandeza viva del considerado más grande hoy día de la nueva generación.
Quince años tuvieron que pasar, un mayo de 1995, cuando este, ya no un niño, sino un jovencito muy inquieto por el arte musical, empezara a experimentar lo que llevaba por dentro, eso que lo jalaba con gran misterio, se dejaba llevar de tal forma natural, a lo cual no le oponía la más mínima resistencia. Nacía para esa época la voz de un grande de la música que ya era conocido como compositor, alguien muy cercano a Silvestre, su primo Fabian Corrales, al cual Dangond, admiraba tanto que incluso se fugaba de casa de sus padres solo para mirar y aprender del arte musical de aquel pariente a quien llamaba su profesor. Corrales se volvía muy exitoso, su fama ya como cantante se regaba como el polen en los cultivos de maíz y las flores de su pueblo, traspasaba fronteras, sus canciones y su canto eran exquisitamente escuchadas y se lograba meter entre los grandes del género.
Mientras Fabián crecía, Silvestre observaba, solo observaba y aprendía, Dangond era de aquellos niños, calculadores, visionario que analizaba todo lo que encontraba a su paso y lo experimentaba, figurándose cómo sería ser eso mismo en su propio ser, por lo cual se pintaba como Fabián, o aún más grande que él, a quien aparte de la familia, lo veía como su profesor. Debían pasar algunos años más, ya con un Silvestre más maduro, quien pasaba de una fugaz edad de niño a jovencito, a un hombre joven de veinte años, que había salido de su querido pueblo a la gran capital, si, había dejado atrás su gente, sus calles, jardines y flores, se alejaba de su maestro y amigo Fabián y llegaba a la ruidosa ciudad, una urbe inmensa, desconocida para aquel joven provinciano que llevaba en su mochila sólo sueños, muchos sueños, su voz y sus canciones, que aunque no dé él, sí de su padrino Jorge Oñate, de su primo Fabián y de su ídolo musical Diomedes.
Es así como empieza a abrirse paso en la ciudad, primero como músico, guitarrista y cajero en bares y discotecas de la fría capital, luego ya como intérprete, aprovechando, cual astuto señuelo de oportunidades, ese día que el cantante del grupo no podía llegar al toque, pues su salud no se lo había permitido; analista, calculador y muy sagaz, Dangond se expresaba así mismo, “es mi oportunidad, esa que tanto esperaba”. Esa noche cantó, cantó y cantó, al ritmo de las canciones de Corrales, su canción ‘La consentida’ que era furor para ese entonces, pero aún más al ‘sonsonete’ del Cacique, Oñate, ‘Poncho’, Zabaleta y Villazón del cual era un fan empedernido.
Silvestre Francisco, buscó por tres o cuatro años, la gran oportunidad en la gran ciudad, de bar en bar cantando con ese ímpetu y esas ganas que solo los grandes de la historia, lo podían hacer, sin embargo, no sería fácil, su historia apenas iniciaba y de las cuatro paredes de las tabernas no sería sencillo salir, se desencantó entonces, la tristeza permeaba su ser, aunque sonreía en sus presentaciones y la gente lo aplaudía por su gran voz y talento, eso no bastaba, Silvestre anhelaba dar el gran salto y ser también otro grande como su primo y maestro del pueblo: Fabián.
Continúa mañana.







