Los liderazgos emergentes negativos construyen sus propios modus operandi para ganar poder. Sus acciones depredadoras, abusivas y anárquicas desdicen y son contrarias a la teoría de los verdaderos liderazgos emergentes, esos que se admiten por mostrar cualidades positivas, inspiradoras y acciones que se conducen bajo el respeto por la sociedad, por sus comunidades y por el entorno, para hacer el bien.
Hoy, por culpa de otros funcionarios del Gobierno nacional tenemos nuevos escándalos desde sus aposentos, y se han puesto en evidencia otros abusos de poder y disputas al mostrarlo y al hacerlo sentir, y, al parecer, ligado a presuntas connivencias.
No es vieja esta práctica de atragantarse de autoridad y mando, pero se ha actualizado y exagerado su modus operandi en este Gobierno, y de paso, se ha deformado la calidad de los protagonistas de esta forma de hacer daño, y lo ha hecho con recrudecida insensatez y creativa parafernalia para exhibirla.
Parece que el lema o filosofía del comportamiento de estos funestos personajes está basado en principios similares a los maquiavélicos como, por ejemplo: “lo que no nos cuesta, hagámoslo fiesta”, y su proyecto de vida política es: “el que manda, manda, aun cuando mande mal”.
Estos liderazgos emergentes negativos al llegar a posiciones, aun de baja gradación, y al embriagarse y revestirse de mandato, incluso, usurpando autoridad para ordenar, la primera traición que les hacen sus sentimientos es aflorarles frustraciones, brotarles su baja calaña, desaparecerles su humildad y trastocarles su origen humilde, si de él vienen.
Son capaces de liderar muchas tomas de decisiones sin medir consecuencias, y aun con nulos o escasos conocimientos técnicos y limitadas competencias en temas específicos que asumen donde los colocan por pago político o por recompensa burocrática por su militancia emergente y trabajo electoral, los lleva a que, al asumir poder, diseñan decisiones, las echan pa’ lante con el fin de amasar autoridad, obtener coimas y ganarse aureolas de ‘la persona fuerte y la de los hilos del poder’.
Estas circunstancias hoy le están haciendo mucho daño no solo al Gobierno y sus líderes cuajados, sino que le están haciendo mucho mal al país y a las comunidades; a los receptores auténticos de los beneficios sociales, económicos y humanitarios que brinda el Estado y el Gobierno; le están haciendo mucho daño al país político, sobretodo el afín al Gobierno; daño a la reputación de la administración pública y a su vez mandan un mal mensaje diciendo “al poder se llega para servirse uno y por si acaso, servirle al pueblo; pero sin duda, esas actuaciones perversas le hacen bien es a sus egos, a sus cuentas bancarias, a sus ascensos sociales, todo por el poder adquirido o usurpado, y, a sus círculos de farándula”.
Estos personajillos en los grupos políticos, o en las dependencias públicas donde llegan, lo hacen con perfil bajo y revestidos de humildad, pero luego no pierden oportunidad para ascender y ganar poder, incluso de varias maneras.
Cuando se posesionan, sus declaraciones de bienes y rentas son comunes y corrientes, o sea, como las de algunas personas que la han luchado duro en la vida por las escasez de recursos materiales y muchas necesidades personales y familiares, pero esos personajillos, producto de su astucia, de sus habilidades ventajistas y con el rápido aprendizaje de los vericuetos del poder, se mueven mejor que ‘pez en el agua’, y enseguida y descaradamente van cambiando de ajuar, de amigos, frecuentan nuevos sitios, adquieren bienes muebles e inmuebles o mejoran los de su familia; incluso, algunos cambian de barrio para ganar status social, así sepan que ese ascenso es ficticio o temporal, y arman nuevos círculos de relacionamiento donde el común denominador ¡es el poder!
El razonamiento del asunto son las distintas interpretaciones que se le dan a todos estos cambios, logros y a los escenarios de visibilidad que se fabrican esos personajillos.
Mucha gente, de manera superflua y fanática ven eso bien, dicen sin filtro: “que aprovechen, que guarden”.
Otras, censuran esos arribismos y los descalifican porque no aportan soluciones colectivas sino personalizadas.
Muchos ciudadanos ven como una exposición perversa y peligrosa que funciones claves y muy especializadas del Gobierno y del Estado estén en manos de personas sin calidad cualitativa, sin formación técnica adecuada y hasta sin experiencia de ningún tipo.
Hay quienes le ponen el rasero ético y moral y ven que sus actuaciones no se equiparan con los códigos del buen comportamiento social, del buen funcionario público y de méritos que rigen nuestra sociedad y a la administración pública.
Hay quienes censuramos esos desbordamientos que no los propician las leyes, no los patrocinan los buenos valores y principios humanos, sino que son propio del material deshonesto y oportunista de que están hechos esos personajes y ‘las ofertas’ y consentimientos del Gobierno.
Hay de todo tipo de estos malos liderazgos emergentes. El denominador común es conseguir plata y poder, pero los actos conexos son los que deslumbran y los que los retratan quienes son como personas, y después como funcionarios públicos. Por ejemplo: el innombrable Olmedo López; el poder y mando acumulado de Laura Sarabia; el snobismo y derroche de poder, de recursos y actitud aparentadora de la antes humilde Juliana Guerrero; las imprudencias y metidas de pata de Alfredo Saade solo por ‘lambonear, -reconocido esto por un alto funcionario del actual Gobierno-, devela su oscuro afán por aparecer, por ganarse aprobación y satisfacer sus ansias de poder así sea embarrándola. Andrés Idárraga, actual secretario de Transparencia de la Presidencia de la República, hace más de lo que le corresponde y no por ayudar o facilitar eficiencia de los procesos y control de la corrupción, sino por ganar poder, usurpar funciones y otros beneficios. Así desvirtúa la transparencia y fomenta corrupción por su sistemático tráfico de influencias y usurpación de funciones.
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