Carta abierta a mis colegas docentes de todos los niveles.
Queridos colegas:
Les escribo estas palabras desde el corazón y con la convicción que me da el haber dedicado buena parte de mi vida a dos pasiones que se entrelazan: la docencia y la defensa del derecho. He sido abogado en las batallas de mis propios desafíos y en la honrosa tarea de defender los intereses de mis clientes. Pero también he sido maestro en las aulas donde se siembra el porvenir. Por eso, hoy quiero proponerles un trato.
Un trato entre nosotros, los que enseñamos. Sin importar si impartimos clases en una universidad, en la sede de una institución educativa o en una escuela rural de La Guajira. Sin distinción de títulos, pregrados, especializaciones, maestrías o doctorados. Más allá del saber disciplinar que manejamos o la asignatura que nos corresponda. Les propongo algo más profundo, más urgente y a mi juicio esencial.
Hagamos un trato para enseñar —además de contenidos— valores. Para formar no solo profesionales competentes, sino personas íntegras, decentes, valientes, honestas. Para sembrar con nuestras palabras y nuestros gestos, la semilla del honor, de la ética, de la responsabilidad con lo público y con lo humano.
Nuestro país —y nuestro amado departamento de La Guajira en particular— no necesita únicamente más ingenieros, abogados, economistas, licenciados, médicos o contadores, etc. Necesita seres humanos con conciencia moral. Hombres y mujeres capaces de resistirse a la tentación de la corrupción, al clientelismo, a la indiferencia. Necesita líderes con vocación de servicio y sentido de comunidad. Y eso, colegas, no se improvisa, se cultiva en el aula y en el ejemplo. En la manera en que tratamos al otro. En cómo miramos a nuestros estudiantes y lo que sembramos con o sin palabras en sus corazones.
Por eso, hagamos un trato para recordar —cada vez que entremos a clase— que no solo enseñamos un tema, formamos criterio. Que no solo corregimos trabajos, modelamos conductas. Que no solo evaluamos saberes, acompañamos vidas.
Hagamos un trato para devolverle a la lectura su lugar sagrado, para que el hábito de sumergirse en los libros vuelva a cautivar más que pasar horas en las redes sociales. Para que nuestros estudiantes vuelvan a amar los libros, a pensar por sí mismos, a buscar en las palabras escritas un refugio, una lámpara, una brújula. No dejemos que las pantallas, el inmediatismo y la ligereza les roben el asombro por el conocimiento profundo. Promovamos el debate, la reflexión, la curiosidad. Que no se gradúen repitiendo lo que oyen, sino cuestionando, proponiendo, soñando.
Hagamos un trato, colegas, para no ser cómplices de la mediocridad que a veces se instala en nuestra cultura. Para no normalizar la trampa, el facilismo, la vulgaridad. Seamos rigurosos, sí, pero también compasivos. Seamos exigentes, pero nunca indiferentes. Enseñemos con pasión y afecto, porque un maestro sin afecto es como una lámpara sin luz: está presente, pero no ilumina.
Nuestros pueblos lo necesitan. La Guajira lo necesita. Esta tierra herida por la pobreza, el abandono estatal y la corrupción, no será redimida por decretos, sino por generaciones nuevas, formadas con dignidad, con carácter y con conciencia.
Y nosotros —ustedes y yo— tenemos en nuestras manos esa hermosa posibilidad. Esa esperanza.
Queridos docentes, más allá de las dificultades salariales, de la carga académica, del cansancio o de los trámites burocráticos, recordemos que somos sembradores de futuro. Que cada clase que preparamos, cada consejo que damos, cada libro que recomendamos, cada joven que escuchamos con atención, es un acto de fe en la humanidad.
Hagamos un trato, que cuando termine este año, y el siguiente, y el otro, podamos mirarnos al espejo y decirnos: “A pesar de todo, no traicioné mi vocación”. Que podamos caminar por nuestras calles de La Guajira y ver en los ojos de nuestros antiguos estudiantes, no solo gratitud, sino compromiso. No solo éxito, sino decencia.
Esta no es una invitación a la perfección, sino a la coherencia. No es un llamado a dejar de enseñar lo que sabemos, sino a no olvidar lo que somos. Porque cuando se apagan los video beams, o videoproyector, cuando se cierran los libros, cuando cesan las clases, queda el ejemplo. Y ese, colegas, es el que verdaderamente educa.
Los docentes estamos llamados a ser artífices de la transformación humana, y aún más en territorios como nuestro amado departamento de La Guajira, donde la educación debe ser un acto de amor profundo y compromiso ineludible con las generaciones presentes y futuras. Hagamos ese trato por los guajiros y guajiras que merecen un liderazgo nuevo, ético y transformador. Nos lo debemos. Nos lo merecemos.
Que ese sea nuestro aporte concreto al cambio que tanto exigimos de nuestros gobernantes, comenzar por nosotros mismos, desde las aulas, a construir la transformación que anhelamos para nuestra sociedad.
Con afecto, admiración y esperanza.








