Menos mal y nació en Tumaco, así que el color de su piel era el común y corriente y su ñonga melena fue solo un reto divertido que aprendió a dominar con trenzas, tejidas para ella y sus tres hermanas.
Esa tusera se acotejaba entre sus manos con maestría, tanto como la red en las manos de su padre pescador.
Los peinados, llenos de caminos y recovecos, emulaban los laberintos por donde escaparon los esclavos a sus caseríos escondidos entre las selvas, mapas encriptados que contenían el sueño de la libertad.
Creció con las normales carencias de la pobreza que pudo arropar con el amor de su familia y temprano contribuyó a la precaria economía doméstica, vendiendo su arte de trenzar entre los turistas que llegaban a la perla del pacífico, su Tumaco del alma.
Estudió en la nocturna, justo para poder ayudar y, como buena milenial, se entusiasmó con las redes sociales y publicaba sus trencitas por diversión y por negocio, siendo ella, en muchas ocasiones, la modelo de sus posts y era feliz, muy feliz, aunque sí, de tanto en tanto, también soñaba.
Los secretos de Victoria los conocía por la pantalla chica y también por otra aún más chica, cuando le llegó la hora de tener celular y siempre adoró a los ángeles que Victoria proponía año tras año, casi siempre rubios como el sol y al mirarse al espejo ella, ni de lejos se les parecía. Por eso la Campbell, ‘Naomi’ era su ícono, y la vida la sorprende, acercándola cada vez más a su altura y a su fama.
Valentina, de niña, se disfrazaba en un día como hoy, día de brujitas, con un tutú barato, como un ángel, pero sin alas, pues no le alcanzaba la plata para volar. Qué premonitorio que esto resultó, pues sin alas, ‘aún’, le debutó a ‘Toya’.
Y como lo que es pa’ perro no se lo comen los gatos, ese sol que brilla para todos, un día brilló para ella y su rostro de muñeca de ébano llamó la atención de un cazatalentos que la cazó, la propuso e impulsó.
Y ahí va la negrita, carajo, llena de miedos, pero con más valor que dudas, como su nombre, tragándose el mundo sin advertirlo, bocado a bocado, viendo como su espalda se robustece y se prepara para cargar las alas de un ángel de Victoria’s Secret, para ejemplo de las negritudes que también merecen su puesto en el mundo y que gritan inclusión, cansados de ser apartados.
Ella es un ejemplo de sencillez, un ramillete de virtudes y ni qué decir de su físico perfecto, con las proporciones espectaculares y las características hermosas que la raza negra posee y que solo un montón de siglos después viene reconocida por su belleza: dientes blancos y grandes, extremidades largas, piel firme, sin espacio a celulitis o estrías y un tumbao que enloquece, que lo llaman ‘charm’ en gringolandia y Europa, cuando la ven; es ‘encanto’, y esa muchachita lo posee al derroche.
Este 31, si le da su gana, tendrá plata pa’ ponerse su disfraz completo, con todo y alas, pero por fe y justicia divina lo sé: falta poco para que la misma Victoria’s Secret se las enganche y, por eso, negrita preciosa, en nombre de esta minoría étnica que ha sido tan apaleada, mi grito el 31 será «triqui triqui Halloween, quiero alas para ti», pues quiero verte volar, porque se vale soñar y el cielo es el límite.








