Hay un vacío que no se llena con el tiempo, un eco que resuena en las paredes de un hogar silenciado. La angustia de la pérdida no es un simple dolor; es una herida abierta que se niega a cicatrizar, una búsqueda incesante de una presencia que ya no existe. Para algunos, esta búsqueda comienza en el instante más cruel: el de un padre que ve partir a su hijo, rompiendo el orden natural de la vida. ¿Qué palabra existe para un padre que entierra a su sangre, para una madre que debe seguir adelante con un futuro que ya no incluye la risa de su pequeño? No hay manual, no hay consuelo instantáneo que alivie la injusticia de este adiós.
La vida, en su ironía más amarga, a menudo carga a unos con más peso que a otros. Pienso mientras miro la foto de la prensa, en la esposa que llora al lado de un cuerpo que no palpita, joven aún, que se queda sola con la responsabilidad de varios hijos menores como lo explica la nota de redacción. La ausencia del esposo no solo es emocional, sino también el pilar que sostenía a la familia. De repente, la rutina se vuelve una batalla social, cada decisión es un peso en los hombros. El dolor de la viudez se mezcla con la fuerza que se debe forzar a mostrar, esa necesidad de ser la roca para quienes la necesitan y dejar el llanto para la soledad del cuarto oscuro.
Y luego está la memoria, ese acto reflejo que se vuelve el más desgarrador de los rituales. Hay madres, como mi vieja Riqueth, que meses después de la partida de su hijo Adolfo, (mi hermanito mayor) seguía sirviendo un plato extra en la mesa. Un plato lleno y tan vacío a la vez, sí, pero que representa un lugar que nunca dejará de existir en nuestros corazones. Es la manifestación más pura de la negación, de la esperanza quimérica de que un día, esa silla vacía se vuelva a llenar con su sonrisa, de que esa puerta se abra y la vida retome el curso que le fue arrebatado. Es un amor tan profundo que desafía la lógica y la realidad, pero que irracionalmente esperamos en días eternos.
En esta lucha, el cuerpo, frágil testigo del alma, se resquebraja. La angustia no es solo un sentimiento; es el insomnio que devora las noches, el nudo en la garganta que no permite el bocado, el agotamiento que se ancla en los huesos. Ante la inmensidad del dolor, la fortaleza física cede. Somos, en el fondo, seres frágiles, con un cuerpo que es incapaz de aguantar el trauma de una pérdida familiar.
Y en medio de este caos humano, surge la inevitable confrontación con lo celestial. ¿Por qué? ¿Por qué esta prueba? El factor humano, en su debilidad y su desesperación, y aún el más creyente se atreve a cuestionar los designios divinos. La fe, antes inquebrantable, tambalea. Nos preguntamos si hay un plan, si hay una razón para tanto sufrimiento. No es una falta de fe, sino la expresión más honesta y dolorosa de un corazón que reclama al ser que no está, que exige entender el porqué de un adiós prematuro. Y mientras el tiempo avanza, y en el eco de la voz de Celia Cruz canto con dolor ‘te busco’ y sigue resonando en mi mente… Al cielo una mirada Larga, buscando un poco de mi vida, mis estrellas no responden, para alumbrarme hacia tu risa, olas se esfuman de mis ojos…
In memoriam de Alain y todos los que han partido.








