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Síndrome de Estocolmo en la política

Ningún secuestro se sostiene eternamente

Por: Arcesio Romero Pérez
febrero 7, 2026
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Síndrome de Estocolmo en la política

Imagen de referencia.

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En los manuales de psicología, el síndrome de Estocolmo describe ese extraño fenómeno en el que la víctima termina desarrollando afecto por su captor. En los manuales no escritos de la política regional, en cambio, el concepto se queda corto: aquí no solo hay afecto, hay gratitud, aplausos y hasta votos entusiastas. En la versión tropical del síndrome, el secuestrado no está encadenado a una silla, sino a una urna. Cada cuatro años camina dócilmente hacia ella para refrendar su amor eterno por quien lo ha despojado de servicios públicos, dignidad institucional y futuro colectivo. Y lo hace convencido de que ‘esta vez sí’, el victimario ha cambiado, madurado, o al menos aprendido nuevas mañas con más discreción.

El político nuestro, es resiliente por excelencia y entiende perfectamente la dinámica. Sabe que no necesita resultados, solo relatos. No requiere gestión, basta con el libreto del miedo: “si no soy yo, la vaina se pone peor”, “yo al menos conozco Bogotá, los otros no”. Y el elector, como rehén emocional, asiente con la cabeza mientras ajusta la cuerda que lo ata. La democracia, en este contexto, no está secuestrada: está amueblada. Decorada con discursos grandilocuentes, promesas recicladas y una coreografía electoral donde los mismos apellidos rotan como si se tratara de una nobleza hereditaria. Padres, hijos, esposas, primos y compadres desfilan por el poder con la bendición popular, como si gobernar fuera un derecho de sangre y no una responsabilidad pública.

Lo más fascinante del síndrome no es la crueldad del captor, sino la creatividad del cautivo para justificarlo. “Roba, pero hace”, “todos son iguales”, “al menos ayuda a la gente”. Frases que funcionan como analgésicos morales para soportar el dolor de la evidencia: hospitales sin insumos, escuelas en ruinas, carreteras que solo existen en las vallas publicitarias. Y así, el elector defiende a su verdugo con una pasión que ya quisieran las causas nobles. Ataca al que denuncia, ridiculiza al que propone cambios y mira con sospecha al que no pertenece al club de siempre. No vaya a ser que la libertad resulte más incómoda que el cautiverio conocido.

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Observen el fenómeno con lupa clínica: el político asume el rol del secuestrador. Nos priva de hospitales dignos, de carreteras que no se deshagan con la primera lluvia, de escuelas donde los niños no estudien bajo la enramada con el sol. Nos tiene en el sótano de la precariedad, entretanto, él se pasea por los cambuches repartiendo mercados navideños como si fueran dádivas divinas y no migajas de lo que se apropió en la vigencia anterior.

Esta relación simbiótica entre el político y su electorado cautivo tiene todos los síntomas del síndrome de Estocolmo: el miedo a que sin el victimario el mundo se desplome (¿quién nos dará el empleo precario si cae el cacique?), la dependencia emocional forjada en décadas de clientelismo, y esa resignación cómoda que prefiere el diablo conocido al infierno incierto. Hasta celebramos cuando el mismo personaje que lleva veinte años en el poder anuncia su nueva candidatura como si fuera un acto de generosidad y no de cinismo puro.

Las élites políticas han convertido la democracia en un teatro de marionetas donde el único libre albedrío permitido es elegir entre el mismo rostro con distintos sombreros. Se eternizan en el poder no porque sean invencibles, sino porque hemos normalizado que el político sea un depredador con corbata. Lo defendemos cuando la prensa lo señala: «es un refrito, pura persecución política». Lo reelegimos cuando termina su periodo: «necesita más tiempo para cumplir». Hasta justificamos sus fortunas inexplicables: «es que es buen administrador o legislador».

El verdadero triunfo-objetivo de la politiquería no es robarse el presupuesto, sino secuestrar la conciencia. Convertir la indignación en costumbre y la resignación en cultura política. Lograr que el ciudadano confunda estabilidad con estancamiento y gobernabilidad con sumisión. Pues este sistema no se sostiene solo con políticos sin escrúpulos; se sostiene con ciudadanos que, por miedo, comodidad o ignorancia, deciden que lo mejor es arrodillarse para besar la mano que los azota. Y de esa manera, sin ningún pudor o remordimiento, seguimos abrazando al secuestrador como si fuera nuestro salvador. Mientras él construye mansiones con piscina en Miami, nosotros defendemos su ‘honor’ en el sardinel o en la tienda de la esquina. Mientras sus hijos estudian en universidades de élite, nosotros celebramos que haya regalado tres tabletas en el Día del Niño. Es el romance más disfuncional de la historia: el del pueblo que ama a quien lo humilla, defiende a quien lo empobrece y recompensa a quien lo traiciona.

Tal vez ha llegado el momento de aceptar una verdad incómoda: ningún secuestro se sostiene eternamente sin algún grado de consentimiento. Entonces, en este al atardecer democrático, la pregunta que quema no es por qué siguen ahí los de siempre, sino por qué seguimos votando por ellos como si el cautiverio fuera una forma de hogar. Porque, al final, el síndrome de Estocolmo en la política no es una patología individual: es una elección colectiva. Y como toda elección, también puede —si se quiere— dejar de repetirse.

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