¿Para dónde va este mundo? me pregunto yo. ¿Para dónde va este mundo? se pregunta usted. Así lo pregona el estribillo de una de las hermosas canciones del gran compositor sanjuanero Marciano Martínez. Como ‘anillo al dedo’ son oportunidades para Colombia que en un momento histórico se prepara para elegir nuevo presidente en medio de una polarización asfixiante que nos hace ver la realidad distorsionada, en términos extremos.
Obviamente, que por su complejidad podemos aseverar que ni usted ni yo tenemos una respuesta correcta, porque no hay una fórmula precisa para responder esas preguntas, pero sí podemos analizarlas, compararlas y evaluarlas, de manera crítica, con relación hacia dónde nos puede llevar el nuevo presidente.
Es cierto que en estos momentos existe un temor generalizado; uno creado por los medios y políticos con estrategias de distracción, y otro con la llegada de un candidato que dice va a combatir la corrupción, pero está inmerso en un proceso de corrupción.
Los cambios son importantes, pero nos oponemos a ese cambio por miedo. De cualquier manera, hay que adaptarse mentalmente a la nueva situación. De acuerdo a los estudios especializados, los miedos son biológicos, por eso la mayoría de la gente está contagiada de miedo y lo mejor es enfrentar esa situación. También es cierto que estamos cansados de promesas que no se cumplen, de la corrupción, desempleo y cuando se presenta una oportunidad de cambio, temblamos.
En pleno siglo XXI, en muchos países del mundo sus pueblos han tenido experiencias definidas con cambios importantes en su estructura social, económica y política; Francia, Italia, España, Alemania y otros han tenido cambios en sus sistemas de salud, educación y otros aspectos. Estos países son capitalistas, con economías que dependen de la participación del libre comercio con políticas de economías globalistas. Nosotros aún seguimos estancados en el pasado. Debemos empezar a remar siguiendo la misma dirección, separando el pasado del futuro, aunque sigan algunos opinando en contra del cambio y creyéndose los vaticinadores del mañana. Es importante que pensemos diferente, así estaremos abriendo una nueva posibilidad de desarrollo. Dejemos de seguir viviendo un leguaje dividido; “tú y yo”. Ahora, nosotros.
Antes de continuar, quiero aclarar que no estoy haciendo campaña a ninguno de los dos candidatos de la ‘finalísima’. Estoy analizando, comparando y evaluando el accionar de las campañas y las propuestas de cada uno, porque considero importante estudiar los programas de gobierno. Es necesario tener en cuenta, que los dos han sido cuestionados por sus participaciones, uno en el grupo subversivo del M-19, quien no ha podido superar esa mácula, a pesar de haber sido amnistiado por el Gobierno nacional. El otro, admirador de Hitler, fue junto a Stalin y Mao, el trío más carismático del siglo pasado, pero infligieron a la humanidad males y padecimientos que jamás se habían registrado en la historia.
Las actuaciones del ingeniero Hernández, sin ser elegido, me recuerdan a Abdalá Bucarán, abogado y comediante ecuatoriano, quien fuera presidente de Ecuador en 1996 y a los seis meses fue destituido por incapacidad mental. Su originalidad no va de acuerdo con algunos de los puntos de su plan de gobierno. No lo digo yo, lo dice él mismo por medio de la cantidad de videos que circulan en las redes sociales. Es aventurado decir que el mismo dia de su posesión declarará la conmoción interior, ha puesto a pensar a muchos. Manifiesta que la educación será reformada y solo se pagarán nueve meses a los maestros, otro desacierto. Una opinión muy personal, creo que el señor Hernández es otro Bucarán.
Si analizamos los programas de los candidatos, encontramos mucha similitud en varios puntos del ingeniero con los del candidato del Pacto Histórico. Es importante que no votemos con el hígado. Cuando se vota con el hígado se hace con enojo sin valorar las consecuencias. Donald Trump subió a la Presidencia de Estados Unidos porque había mucha gente enojada con el sistema, por eso no siempre gana el de mejor capacidad y es porque las emociones son mayores que la razón. Por fobia, recelo o miedo al cambio escogemos al menos malo o creemos en lo que dice San Francisco de Sales, santo francés del siglo XVII: “El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”.








