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Qué puede saber la negrita de María

Mabel Esther Vega Montaño, nacida en la vereda El Placer de San Juan del Cesar.

Mabel Esther Vega Montaño, nacida en la vereda El Placer de San Juan del Cesar.

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Desde el primer día en que llegó a su propio pueblo a oficiar como maestra, Mabel Esther Vega Montaño recibió el azote de la discriminación. ‘Qué puede saber la negrita de María’, supo que dijo una señora del caserío. Y ella, la hija de la señora María, se propuso trabajar duro y parejo para demostrarle a la incredulidad de sus paisanos que sí se podía ser profesor, aunque se naciera en una vereda tan apartada del mundo como El Placer, municipio de San Juan del Cesar, sur de La Guajira.

Había hecho hasta tercero de primaria entre el enjambre de muchachos asustados que se aglutinaban en un solo salón para recibir las clases de una maestra que debía repartir el día entre los oficios de su casa y enseñar un ratico a los niños de primero, otro a los de segundo y otro a los de tercero, en una maratón admirable para una profesora que ni siquiera había iniciado el bachillerato. El Placer era una vereda de ocho casas de barro y techo de paja, regadas entre las lomas que están en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Mabel Esther realizó feliz los tres únicos cursos que había en El Placer. Y le costó bastante convencer a la señora María, su madre, para que la matriculara en la vereda vecina de Los Cardones, donde sí tenían el cuarto de primaria. Todavía recuerda con nostalgia las caminatas diarias que se pegaba de ida y regreso, entre pedregales y caminos polvorientos, mamándole gallo a la vida, con su bolso de trapo cosido a mano por su madre, colgado del hombro y embriagada por la alegría de los otros compañeros de El Placer que también estudiaban en Los Cardones.

En Los Cardones sólo había hasta cuarto elemental. Otra vez, Mabel Esther debió echar mano a su palabrerío de persuasión para que su madre la mandara a la casa de una tía en la cabecera municipal a cursar el quinto de primaria. Empacó sus trapitos en una caja de cartón que amarró con cabuya y se fue a San Juan del Cesar – La Guajira, a tratar de descubrir el mundo. Viajó en burro hasta la vereda de Los Cardones, en donde confluía la gente de las veredas vecinas a coger La Roncona, un destartalado carro que se echaba dos horas hasta San Juan del Cesar.

Tuvo que hacer un examen de admisión en la Escuela Urbana de Niñas Numero Uno. Nunca olvidará la mañana aquella en que se enfrentó impotente a la serie de preguntas desconocidas: no tenía ni la menor idea de cuántos grados medía una circunferencia. Las deficiencias escolares de un solo salón para albergar tres cursos al mismo tiempo, salieron a flote ese día; la bajaron a tercer año elemental. Se había ido a San Juan del Cesar con la ilusión de hacer su último año de primaria y tuvo que estudiar tres más, antes de llegar al bachillerato. “Me tocó llenar todas las lagunas vacías”, diría después.

Se desquitó con creces el día que fue a la Normal de Señoritas a presentar el examen de admisión para ingresar a la secundaria: ocupó el primer puesto. En El Placer nunca pudieron creer que esa niña que llegaba todas las vacaciones de San Juan del Cesar, a echar cinco burros por delante hasta la Serranía de Ulago para recoger el café que su madre había comprado, sería una maestra de talla nacional.

Pero antes debió correr mucha agua en el río donde ella, de niña, solía bañarse desnuda con los demás niños del pueblo, sin ninguna malicia porque, por entonces, su vida no conocía de esas cosas. No pudo graduarse de maestra porque no llegó siquiera a contestar el test que en esa época hacían en la Normal: no tenía estatura, ni apellido, ni belleza, ni color para ser docente. “El profesor debe tener, ante todo, buena presencia”, le dijo la directora del colegio.

Con la moral arrastrándose por los corredores del plantel, Mabel Vega fue hasta la Secretaría del colegio a retirar sus papeles. Entonces viajó a Valledupar con la determinación de mostrarle algún día a la directora de la Normal que Mabel Esther Vega Montaño sí podía ser profesora y de las buenas. Allá hizo un curso de Secretariado Comercial. Volvió a El Placer en 1975, con una carta que le había mandado la comunidad, en donde le pedían que regresara a trabajar al pueblo.

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