Saquemos la calculadora del sentido común.
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Definitivamente, vivir en Bogotá a 2.600 metros de altura, arropado con una cobija térmica y tomando chocolate caliente, altera la percepción de la realidad. Solo así se explica la genialidad más reciente de la Comisión de Regulación de Energía y Gas (Creg) a través de su Resolución Creg 101 120 de 2026: sancionar a quienes consuman ‘mucha’ energía mediante una meta individual. Una medida profundamente democrática, claro que sí, porque asume que todos los colombianos sudamos por igual y que prender un aire acondicionado o un abanico a la velocidad número tres en La Guajira es el mismo ‘derroche’ que dejar la luz del pasillo encendida en Tunja.
A ver, distinguidos doctores de la Creg, saquemos la calculadora del sentido común. Una cosa es ‘derrochar’ energía en el interior dejando la luz del pasillo prendida, y otra muy diferente es sobrevivir a los 40 grados a la sombra en La Guajira o en el resto de la Costa Caribe. En nuestra hermosa región, prender el aire acondicionado o tener un abanico a la velocidad número tres no es un lujo sibarita. ¡Es una medida de primeros auxilios y supervivencia básica ante el ‘fogaje’! Es la delgada línea que nos separa de una emergencia de salud pública por golpe de calor o deshidratación.
Castigar con recargos del 1,30 para estratos bajos y hasta 1,70 para el comercio en la tarifa por pasarse del 110% de la meta diaria es un chiste de mal gusto. En la práctica, para un hogar humilde de estrato 1 o 2 en nuestra región, este ‘castigo’ de escritorio se traduce en un hachazo de $30.000 o $50.000 pesos adicionales en el recibo mensual. Eso, para una familia que vive con el mínimo, significa elegir literalmente entre enfriar la casa o comprar la comida de la semana.
Pero el verdadero descaro no es solo la fórmula matemática; es que nos exigen ‘ahorrar’ mientras sufrimos la paupérrima, intermitente y desastrosa prestación del servicio de la intervenida Air-e. Nos cobran la luz como si tuviéramos la estabilidad y la infraestructura de Suiza o Singapur, pero lo que recibimos son apagones diarios que queman los electrodomésticos. Con toda la razón, los alcaldes y gobernadores de la Costa han puesto el grito en el cielo, calificando la medida como un ‘atropello centralista’ que ignora nuestra realidad climática. Nos penalizan por consumir la energía que ellos mismos no son capaces de suministrar con estabilidad. ¡Doble atraco!
¿Habrán escuchado hablar alguna vez de la justicia térmica? Si el sol de La Guajira nos está derritiendo las neuronas, enfriarnos es un derecho de supervivencia humana. Si el problema es que las hidroeléctricas se quedan sin agua por El Niño, ¿por qué en vez de asfixiar al usuario con sanciones no dejamos de depender tanto del agua y miramos al cielo? La Guajira tiene el potencial de energía solar más grande del país. Si el Gobierno y los operadores subsidiaran masivamente techos fotovoltaicos para los hogares costeños, no tendríamos que mendigarle kilovatios a nadie ni vivir con el miedo de que Air-e nos deje a oscuras.
Mientras llega esa transición, tampoco nos llamemos a engaños: si hay una emergencia nacional, ahí está la planta de energía térmica de nuestro propio Departamento, Termoguajira, que funciona perfectamente a base de carbón o gas. Es profundamente paradójico e injusto que La Guajira sea una tierra que históricamente le aporta al país sus recursos térmicos y mineros para salvarlo de los apagones, y que hoy sus propios habitantes tengan que sufrir cortes de luz y multas porque la matriz nacional prefiere ponernos a aguantar calor antes que prender las plantas de respaldo de manera eficiente.
Y también está la represa del Ranchería, cuyo proyecto multipropósito contempla una pequeña central hidroeléctrica. ¿No sería más sensato hacer realidad esa promesa de generación, junto con sus objetivos de agua y riego, antes de seguir apretándole el bolsillo al usuario? En La Guajira tenemos sol, viento, carbón y agua represada. Lo que necesitamos es que tanta riqueza se convierta en bienestar. Porque potencial energético tenemos de sobra; sería bueno que las soluciones dejaran de estar siempre en tiempo futuro.
Señores de la Creg, los invitamos cordialmente a sesionar una semanita, en pleno mediodía, en una plaza pública de Fonseca o de Manaure. Sin aire acondicionado, sin ventilador y en saco y corbata. La agenda tendrá un solo punto: decidir si prender un abanico es derroche o sentido común.
Y si quieren sancionar al responsable del exceso, dirijan la resolución al sol. Es el único que se pasa de la meta todos los días y nunca paga el recargo.