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Hay historias familiares que parecen pequeñas cuando comienzan, pero que con el paso de los años terminan convirtiéndose en parte de la historia de una región. La de Olga Dolores Daza Cuello, conocida también como Olga Dolores Daza de Díaz, es una de ellas. Su vida comenzó en la tranquilidad de Corral de Piedras y terminó dejando una huella profunda en una familia que encontró en la educación el camino para abrirse paso en la sociedad guajira.
Doña Olga Dolores nació el 27 de septiembre de 1929 en Corral de Piedras, San Juan del Cesar, cuando la vida transcurría a otro ritmo y los pueblos de La Guajira parecían unidos por caminos de tierra, parentescos, compadrazgos y una solidaridad que hacía de las familias el principal soporte de la sociedad. Allí, en ese territorio de hombres trabajadores y mujeres de carácter firme, comenzó la historia de una mujer que aprendería muy temprano que educar era también una manera de servir.
Sus padres fueron José María “Pepe” Daza Daza y Fidelia “Iya” Cuello Díaz. De aquel hogar heredó dos vertientes familiares profundamente arraigadas en la región: los Daza y los Cuello. Apellidos que evocan una historia de trabajo, relaciones familiares, actividad rural, educación y participación en la vida social de San Juan del Cesar y otros municipios del antiguo territorio guajiro.
Doña Olga recibió su formación en el Colegio San Juan Bautista de San Juan del Cesar. En aquellos años, estudiar representaba para una joven de provincia mucho más que adquirir conocimientos: significaba ampliar el horizonte de la vida. En las aulas comenzó a comprender que los libros podían llevarla mucho más lejos que los caminos que rodeaban su pueblo.
Y quiso que ese conocimiento no se quedara solamente en ella. Su vocación encontró en el magisterio el cauce natural para expresarse. Fue maestra en Corral de Piedras y Villa del Río, comunidades donde ejercer la docencia era una verdadera misión social. Allí el maestro era, al mismo tiempo, educador, consejero, orientador y muchas veces una de las pocas personas con conocimientos formales a las que podía acudir una comunidad.
Aquella experiencia rural seguramente le enseñó una de las grandes verdades que acompañarían toda su vida: que detrás de cada niño existe una posibilidad. Por eso enseñar a leer y escribir no era para Doña Olga una tarea mecánica. Era entregar herramientas para que un niño pudiera algún día defenderse ante el mundo, aspirar a una profesión y construir una vida diferente a la de sus padres.
En ese camino apareció Argemiro Díaz, con quien compartiría no solamente su vida matrimonial, sino también una preocupación común por la educación y el servicio público. Juntos formarían una familia numerosa, pero también un proyecto de vida basado en la convicción de que los hijos debían recibir las mejores oportunidades posibles dentro de las circunstancias de la época.

En 1956 llegó el gran cambio. Doña Olga y don Argemiro dejaron atrás el entorno de San Juan del Cesar y se trasladaron a Maicao, una población que había adquirido la categoría de municipio en 1955 y que comenzaba a experimentar una transformación vertiginosa. El comercio fronterizo atraía personas de distintas procedencias y la ciudad crecía a un ritmo que ponía a prueba sus instituciones.
Era un Maicao distinto al de hoy. Había menos calles, menos edificios, menos escuelas y muchas necesidades por resolver. Pero había algo que sobraba: voluntad de progreso. Familias enteras llegaban buscando oportunidades y la ciudad comenzaba a convertirse en uno de los grandes centros comerciales de La Guajira.
En ese escenario, Argemiro asumió responsabilidades dentro del servicio público y estuvo relacionado con asuntos administrativos y educativos. Doña Olga, por su parte, aportó desde la experiencia que había acumulado como maestra. Ella conocía el aula desde adentro y sabía que una política educativa solamente tenía verdadero valor cuando conseguía que un niño aprendiera y que una familia comprendiera la importancia de enviar a sus hijos a la escuela.
La Maicao de aquellos años necesitaba construir escuelas, formar maestros y ampliar las oportunidades educativas para una población cada vez más diversa. Wayuú, familias nacidas en La Guajira, comerciantes provenientes de otras regiones de Colombia y comunidades de inmigrantes fueron haciendo de la ciudad un mosaico humano extraordinario. En medio de esa diversidad, la educación se convirtió en uno de los grandes instrumentos de integración.
Pero mientras la ciudad construía sus instituciones, doña Olga construía otra institución mucho más íntima: su hogar. Allí comenzó quizá la obra más importante de su existencia. Junto con Argemiro convirtió la casa familiar en un espacio donde el estudio tenía un lugar privilegiado y donde cada hijo aprendía que el futuro no se esperaba: se construía.
El resultado parece una fotografía de lo que puede producir una familia cuando convierte la educación en un propósito: Humberto Díaz Daza, médico; Luis José, ingeniero mecánico; Luis Álvaro, ingeniero industrial; María Stella, bacterióloga; Víctor Julio, abogado; Orlando, médico; Alcides, arquitecto; y Olga Lucía, médica.Que gama de profesionales de los mejores en cada área de sus profesiones.