La casa era muy monótona antes de que la tía vendiera su pequeño radio RCA Víctor a su cuñado, mi padre.
En esa época practicábamos, por las tardes, lanzamientos de béisbol frente a la entrada, aprovechando que aún no se había construido la parte delantera y seguía siendo de las llamadas casas ‘metidas’. También jugábamos fútbol y béisbol en un espacio libre que había permanecido sin dueño debido a que nadie se atrevía a alargar su patio más allá de lo que consideraban correcto. Era un verdadero cuadrado donde nuestro béisbol estaba sometido a una regla singular, exclusiva de ese llamado ‘campito’: acatada la norma, quien conectara un home run tenía que ir a buscar la pelota al patio del vecino, en el center field; y para eso debía recorrer una distancia superior a la de la carrera en sí; además, esa penitencia incluía la solicitud de permiso al propietario de la vivienda y encontrarse con el genio variable del dueño de casa. Después venía el último paso: congraciarse con un enorme perro negro que hacía respetar su patio. En esas circunstancias, era preferible contentarse con un hit sencillo y estacionarse en la primera base.
Para jugar allí, solo bastaba que uno de los vagos del barrio gritara ¡Vamos al campito!… y sobraban jugadores. Nuestro campito desapareció poco después, cuando por fin los vecinos que lindaban con el solar decidieron extender sus propiedades hasta el centro del antiguo terreno desierto.
Cuando apareció el pequeño radio con caja de pasta, nuestro padre ordenó la construcción de una repisa de madera con las medidas exactas del prodigioso aparato. Era una pequeña obra de arte, barnizada, brillante y con todas las aristas biseladas y resaltadas por una delgada franja negra. Para evitar el abuso, el radio permanecía a dos metros de altura, de tal manera que seleccionábamos las emisoras al tacto y las identificábamos por la voz del locutor o por el tipo de música que nos brindaba. Nunca nos quejamos, pues en los momentos de duda, una pequeña banca de madera nos permitía observar el tablero; nadie en ese entonces se atrevía a llamarlo dial.

El pequeño RCA fue muy afortunado, puesto que nosotros nos peleábamos el derecho a brillarlo, actividad a la cual dedicábamos bastante tiempo, pues también incluía la repisa. Era casi un rito, y desde ese momento se establecía a quién le tocaba la próxima lustrada. Por las noches era cuando el radiecito adquiría una importancia inusitada: nos permitía escuchar en directo transmisiones de emisoras venezolanas. ¡Cómo era eso de que en el país vecino la hora estaba más adelantada que en Santa Marta! ¡Los profesores no nos habían advertido eso! Bueno, pero por tener un radio en casa ya sabíamos algo que muchos otros niños, con toda seguridad, ignoraban.
¡Ah, ese pequeño aparato! No éramos tan ingenuos como para pensar en el tradicional hombrecito que se acomodaba entre los tubos y desde allí nos hablaba y entonaba —cambiando rápidamente la voz— canciones de tres minutos cada vez. Lo que sí nos impresionaba era escuchar programas directamente desde Cuba: “CMQ, desde Radio-Centro, La Habana”. Y Radio Progreso, con programas de humor y transmisiones en directo desde el Tropicana, cabaret en el cual los gringos eran felices durante sus desaforados week-ends en la Isla, cuando cancelaban en dólares los favores sexuales que contrataban en pesos.
Pero nuestro RCA también nos permitía seguir los partidos de béisbol de las Grandes Ligas y los campeonatos mundiales de boxeo. Las voces de los grandes narradores y comentaristas de ambos deportes nos eran familiares. Al mismo tiempo, llegaban a nuestro hogar las canciones de la Sonora Matancera antes de que pasaran al acetato.
A nivel local, los programas diarios de ‘complacencias’ o dedicatorias en los cumpleaños eran la distracción de cada tarde. Las emisoras de radio competían en creatividad. Expresiones como “… quien agrega una perla más al collar de su preciosa existencia”; “… al único amor de su vida”; “… que Dios la colme de bendiciones en su día”, se volvieron tan rutinarias que, antes de que el locutor las pronunciara, nosotros apostábamos para adivinar cuál sería el remate de la dedicatoria de turno. Algunos fines de semana se escuchaba la música de Guillermo Buitrago en competencia con Julio Bovea y sus vallenatos.
Cuando en la casa apareció otro radio, más moderno, con un ojo mágico, verde, en el centro del tablero, comprendimos que había muerto una época. Entonces —por ese cariño que se les guarda a las cosas viejas, y tal vez para que el radiecito no se sintiera desplazado— resolvimos sintonizarlo al mismo tiempo que al intruso, para probar que el volumen de aquel nunca sería opacado. Con nuestro RCA aprendimos a reparar el mecanismo de la aguja en el tablero: una delgada cuerda sobre pequeños carretes en forma de poleas; eso era todo. Muchas veces comprobamos que la aguja se movía en sentido contrario al correcto; pero de todos modos ahí estaba el sonido, fiel a sus oyentes, es decir, a nosotros.
Con el tiempo, al hogar fueron llegando Philips, Westinghouse, Telefunken y otros. Pero nunca pudieron desplazar de nuestra preferencia al primer radiecito que llegó a la casa. Ellos fueron incapaces de fabricar nostalgias, o por lo menos, de aglutinar recuerdos comunes a nuestra infancia como lo hizo el pequeño gigante RCA Victor.
¡Ah, recuerdos! La casa era de mis padres y nuestra. Era de 7 en total. Hoy —y lo lamento con nostalgia—es un D-1, el de la calle 6 en Pescaíto.








