Por: Jaime Darío Espeleta Herrera
Mi llanto de alegría era constante e intenté correr rápidamente a abrazarla y llenarla de besos y caricias, cuando avancé hacia ella y casi abandonando el túnel, mi mamá me gritó: “Jaime Darío ¡detente! No pases hacia acá por favor, no es tu momento”. Me paré en seco, en el límite del túnel y el jardín y mi mamá me pidió que diera tres pasos hacia atrás y enseguida me preguntó: “¿Qué haces aquí? No debes estar aquí.
“¡Todavía no es tu hora de partir hijo!” Yo no sabía que responderle y solo atiné a decirle: “¡mamá! No sé dónde estoy ni porque estoy aquí”. Ella, hablándome suavemente me dijo: “hijo, todavía no es tu momento de abandonar la vida terrenal, debes regresarte, Paola y mis nietos te necesitan, a pesar que ha sido una gran esposa, excelente madre y berraca mujer, sola no va a poder”. Al momento de la partida, comenzamos a mirarnos a los ojos para despedirnos y le dije: “Mamá, no puedo irme sin expresarte el gran dolor del alma que sentí al no haber estado al momento de tu fallecimiento y de tu sepelio… por más que lo intentamos Paola y yo, el permiso para viajar no nos llegó a tiempo”. Ella me respondió: “No te preocupes por eso Jaime Darío, estábamos en plena cuarentena”. “Además, tú en vida me diste muchas satisfacciones y alegrías. Estoy en un lugar tranquilo y hermoso, desde acá estoy pendiente de todos ustedes, los amo hijo, a ti, a Robert y a mis nietos”.
En ese momento vi que corrió una lágrima de sus ojos. Yo me despedí, sin poder abrazarla y me alejé, con mis ojos en llanto. Cuando ya estaba bien avanzado en el túnel, buscando la salida, evoqué a Dios y pensaba: “Diosito hermoso, gracias por haberme permitido haber visto y estar con mi mamá. “Padre mío cuídala y protégela”. Seguí caminando buscando la salida de regreso. En ese momento me pareció escuchar a lo lejos una canción vallenata, yo la conocía, claro era una de mis preferidas, se trataba de la canción, ‘Mi hermano y yo’, de los hermanos Zuleta. Aceleré el paso buscando acercarme al origen del sonido musical.
Comencé a caminar buscando el origen del vallenato, por más que avanzaba no podía encontrarlo, pero, cuando estuve bien cerca de sonido musical ¡éste término de manera repentina! Busqué desesperado la procedencia de la música, pero, no fue posible encontrarla.
Ante esta circunstancia, tomé la decisión de devolverme y cuando al fin encontré nuevamente el punto de partida… ¡oh sorpresa!, vi a un hombre con un pausado caminar y con las combas y la punta de los pies abiertas… De repente, comenzó a silbar con un sonido muy familiar para mí desde niño, ¡era mi papá Benjamín Espeleta Ariza” se me acercó pausadamente y me dijo con su peculiar voz fuerte: “Hola hijo, ¿qué haces acá nuevamente? -ya tu mamá te dijo que ¡no debiste haber estado aquí, no es tu momento!”.
Yo le respondí: “Quise regresarme y no pude papá, no supe cómo hacerlo”. En eso me dijo: “Siéntate un rato y conversemos”. De la nada me apareció un sillón y a mi papá otro. Comenzó su disertación diciéndome: “Hijo la muerte, tal como la concebimos en la vida terrenal no existe”. “Al momento de fallecer, uno cesa su ciclo o etapa terrenal y aparece en otro ciclo. Sin embargo, muy a pesar que no estamos allá con nuestros seres queridos, seguimos observándolos y sentimos sus angustias, tristezas, enfermedades, decepciones, triunfos y alegrías.
En fin, sabemos todo lo que ocurre con nuestros seres amados, hijos, mujer, padres, hermanos y amigos muy cercanos. Ya sabíamos que venías en camino, por eso Mérida (mi mamá) te esperaba. También te pido que nunca cometas el error que yo cometí, nunca vayas a abandonar a tu esposa, Paola es una gran mujer y te ama a ti y a los hijos de ambos. A tus hijos edúcalos bien, críalos con amor, apóyalos en sus decisiones, oriéntalos y llévalos con paciencia y sabiduría”.
En ese momento, mi papá suspendió su disertación y me pidió silencio, después de un pequeño espacio de tiempo, me dijo: “¡Mérida viene en camino y está muy brava contigo!”, se levantó de una y se fue rápidamente gritándome: “¡Perdóname hijo que me vaya de esta forma, pero, nunca olvides que estaré siempre contigo, viendo lo que ves y sintiendo lo que sientas!”.
Mi mamá se acercaba y no tenía cara de estar muy contenta… Ya estando más próxima, me dijo: “Jaime Darío ¿qué haces aquí?, yo me percaté que te habías ido. ¿Por qué no lo hiciste?”
Esta historia continuará…








