En lo alto de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde antes brillaba la nieve perpetua de los picos Colón y Bolívar, hoy sobreviven apenas fragmentos aislados de hielo. Su brillo blanco, visible desde distintos puntos de los tres departamentos que la rodean, era símbolo de abundancia y de equilibrio. Hoy es un recordatorio del colapso que avanza sin detenerse.
En la comunidad wiwa de Tezhumake, los niños caminan durante horas para buscar agua. Lo que antes eran arroyos vivos ahora son cauces vacíos. Allí, la sed dejó de ser una amenaza futura para convertirse en una experiencia cotidiana.
Un mamo lo resume con una claridad que no necesita traducción:
“cuando la nieve se va, el corazón se detiene. Cuando no hay agua, no hay vida”.
Los glaciares que coronaban sus picos, aquellos que alimentaban nuestros ríos, ciénagas y acueductos, se están extinguiendo. En 1850, la Sierra contaba con cerca de 82 km² de hielo, pero en la actualidad solo permanecen alrededor de 6 km², y si todo continúa igual, en una década podrían desaparecer por completo, pues lo que antes fue nieve eterna ahora es únicamente roca desnuda.
Lo que ocurre en Tezhumake no es un hecho aislado ni una metáfora ambiental, sino el primer signo visible de un problema profundo, ya que la Sierra se está destruyendo y con ella se pone en riesgo el futuro del Caribe colombiano, porque cuando la nieve retrocede los nacimientos se debilitan, las quebradas se secan y los ríos comienzan a morir, y cuando los ríos agonizan los acueductos terminan colapsando.
El impacto ya se siente con fuerza en las ciudades costeras que dependen de los ríos que nacen en la Sierra. En el caso de Riohacha, el río Tapias, que es la principal fuente del acueducto, ha mostrado una gran disminución en su caudal, pasando de un promedio habitual de 3.500 litros por segundo a tener solo 2.200 l/s, mientras que durante la temporada de sequía puede alcanzar entre 800 y 1.500 l/s. También, en Valledupar, el río Guatapurí redujo su caudal de 11.200 l/s a 4.920 l/s, lo que representa una disminución cercana al 60%, llegando incluso en el año 2024 a tener caídas superiores al 70%. Además, en Santa Marta los ríos Manzanares, Gaira y Piedras también muestran descensos extremos: el Manzanares ha perdido el 88% de su caudal y el Piedras el 89%, por lo que esta crisis no es una posibilidad futura, sino una realidad que ya está ocurriendo.
La destrucción avanza impulsada por fuerzas visibles, como la crisis climática que se empeora cada vez más, la presión de la minería legal e ilegal que altera los cauces, moviliza sedimentos y contamina con metales pesados, la deforestación y los incendios que destruyen cerca de 2.500 hectáreas de bosque al año, el turismo masivo sin control que transforma lo sagrado en mercancía y genera basura, erosión y presión sobre las rutas, los megaproyectos económicos que ponen en riesgo los humedales, las zonas de amortiguación y la salud del ecosistema, además de la violencia histórica que ha obligado al desplazamiento de comunidades enteras y al asesinato de autoridades espirituales.
Detrás de estas amenazas no existen fuerzas desconocidas ni fenómenos naturales que sean imposibles de controlar, sino que se trata de decisiones humanas, modelos económicos fundamentados en la explotación y un Estado ausente, dado que la minería ilegal vinculada a grupos armados opera con maquinaria pesada y emplea protección violenta, mientras que las empresas extractivas con permisos oficiales amplían su territorio sin considerar el equilibrio ecológico, y los gobiernos tanto regionales como nacionales han permitido que la Sierra quede sin una verdadera defensa, y nosotros, como sociedad, hemos optado por la comodidad de olvidar.
Conclusión
La Sierra Nevada no está muriendo sola: la están matando. Y lo más grave es que quienes la destruyen no son fuerzas invisibles. Son decisiones concretas. Son prioridades políticas. Son políticas económicas que anteponen el precio sobre el valor. Si la Sierra desaparece, no habrá a quién culpar: todos sabremos quiénes lo permitieron. Cuando el agua falte, ya será tarde para lamentarlo.
A quienes toman decisiones, a quienes firman licencias, a quienes legislan, a quienes administran recursos públicos, a quienes se benefician del silencio, a quienes aún creen que queda tiempo: si la Sierra es el corazón del mundo, ¿cuánto tiempo más podremos vivir con el corazón detenido?








