Cuando se presentó ‘Tim’ Montero donde su cuñada Julia Rosa Monsalvo Riveira, a buscar la camisa que iba a lucir en la fiesta de capuchones. Estaba feliz por los piropos de su sobrina Margarita, de lo elegante que se veía con la camisa colorida.
‘Tim’ pagó la confección y marchó a su casa de la Plaza Mayor de Valledupar. Al llegar a su vivienda, encontró la visita de sus amigos Alfredo Araújo Noguera, ‘Pepe’ Castro, Sanín Murcia, Carlos Dangond Daza, don Carlos Vidal Brugés, Rafael Suárez Araújo y Hugues Martínez, quienes querían hacer un gran acuerdo parrandero, respecto del baile de capuchones que se efectuaría en la Caseta ‘Brasilia’.
Dos puntos básicos tenían que acordar: Primero, que a la Caseta solo podían llevar las novias o en su defecto, las queridas o amantes permanentes. El segundo punto, que cada amigo debía aportar diez mil pesos para el consumo de la mesa. ‘Tim’ desayunando, cuando de pronto se presentó el arquitecto Raúl López Araújo a su vivienda. Doña Blanca Cabello —esposa de ‘Tim’ —, de manera cordial lo atendió y Raúl le dijo:
—Dígale que necesito con carácter urgente dos viajes de arena para llevar a la casa que estoy construyendo.
Raúl sacó de su billetera treinta mil pesos, se los entregó a Blanca y ella tan oportuna, le dijo que Raúl López le había entregado treinta mil pesos para que le llevara dos viajes de arena. ‘Tim’ quedó pensativo y exclamó:
—Como mandado del cielo llegó este billete —expresó ‘Tim’— pero, creo que no podré cumplir porque Julio Guerra está de vacaciones en Santa Marta y no tengo otro conductor que maneje la Volqueta. Ante el razonable consejo de Blanca, ‘Tim’ encendió el vehículo y se dirigió hacia el puente Salguero a traer el primer viaje de arena. Al estar listo el volteo para el primer viaje, Tim no permitió que pusieran la llanta de repuesto encima de la carga, que es lo usual, porque él pensaba regresar enseguida. Antes de asomar a la carretera negra, sintió un ruido estruendoso y cuando trató de emparejar el carro, se frenó la transmisión y se quedó varado. Se bajó a inspeccionar y se dio cuenta que la cruceta estaba rota. Se agarró la cabeza y pensó: “¡maldita sea!, ahora tengo que ir al almacén ‘El Volante’, a buscar la cruceta y un mecánico del boliche para que la ponga”.
Llegó al almacén con tan buena suerte que halló el repuesto que necesitaba, sin la presencia de Héctor Arzuaga, evadiendo el cobro de las obligaciones pendientes. Con palabras sutiles, preñadas de halagos, persuadió a la vendedora para que le fiara la cruceta y un pote de grasa. Buscó un mecánico en el boliche.
Al llegar al sitio donde estaba la volqueta, despachó al taxi y se quedó con el mecánico. Mientras el mecánico arreglaba la avería, ‘Tim’ miraba el Cielo y alzaba los brazos en señal de alabanza, dando gracias a Dios por las pruebas que le ponía, las cuales recibía con sumisión, dada las altas calidades cristianas que tenía desde su niñez, que le permitían presidir la hermandad de Jesús de Nazareno de Valledupar.
Cuando el mecánico lo autorizó, ‘Tim’ encendió el volteo y arrancó sin problema, pero a la altura del Sena, sintió un tirón de la dirección y se dio cuenta que se había espichado la llanta delantera derecha. Se acordó que la llanta de repuesto estaba en el río y le solicitó amablemente al mecánico que fuera a buscarla.
Mientras tanto, ‘Tim’ sacó el gato para cambiar la llanta y ensució la camisa de grasa. Miró otra vez al Cielo y exclamó: “Dios mío, por qué me haces esto”. En eso se agachó con la cruceta para aflojar los pernos y se le rompió el pantalón. Entonces, ‘Tim’, algo molesto expresó: “Que vaina contigo, Dios mío, ahora si estoy bonito pa el baile… ¡no joda!”. ‘Tim’ puso nuevamente en marcha el automotor y avanzó varios kilómetros con aparente calma. Llegando a la entrada del aeropuerto de Valledupar, el volteo se recalentó y empezó a botar humo.
De inmediato, ‘Tim’ se detuvo y con el genio alterado se bajó de la cabina. Observó el Cielo con mirada desafiante, desenfundó su revólver y con mucha rabia expresó: “¡Dios mío!, yo que te hecho pa’ que me trates así. Por qué me maltratas…, ¡no joda!, por qué no bajas de allá —señalando el Cielo— y te conviertes en hombre pa’ que te enfrentes a mí”, y de repente hizo cuatro disparos al Cielo y los otros dos, al radiador de la volqueta.







