«Hacia un nosotros cada vez más grande», le escuché un día, embobada de tanta sabiduría, al difunto Papa Francisco.
Fue el eslogan escogido por Su Santidad para celebrar la jornada mundial del migrante, en su sueño altruista de vivir el universo como una única humanidad.
Esto hay que vivirlo en carne propia para entenderlo, porque a mí, de inmigración, nadie me va a echar cuentos y la cosa no es siempre color de rosa, cuando de darse bate con la vida, lejos de casa, se trata.
Que uno decida ser feliz donde quiera que la vida lo ponga, entendiendo que la felicidad está dentro de cada persona y es nuestro deber encenderla constantemente, no significa ignorar el duelo migratorio que un adiós deja, pues nadita tiene que ver el caldo con las tajá.
Desprenderse de tu hogar, familia, amigos, idioma, tu buen nombre, tradiciones, misma vida ya vivida, eso es todo un duelo.
Quisiera viajar al pasado y sentarme en la candelita del Parque Padilla a conversar de inmigración y de las travesías vividas, mirando a los ojos llenos de azul, pintado de azul, como el mismísimo Golfo de Salerno, a Generoso Lorenzo Ricciulli Conte, Donato Pugliese y Vito Annicchiarico; hablar de su éxodo migratorio desde la costa Amalfitana a mi Riohacha del alma.
Ellos, que cambiaron su Salerno por mi aldea, entenderían esta eterna melancolía y en un trueque nostálgico cambiarían su arepita de chichiguare por un panino salernitano, la chicha de maíz por un digestivo limoncello, vallenato por tarantela, Caribe por Mediterráneo, sus casas por mi casa.
Se me antoja imaginar a estos caballeros corregir el acento hispánico de mi buen italiano, mientras quizá les pongo pereque al acento italiano de su mal español… culturas que se funden y se enriquecen en la diversidad.
El tiempo pasó y hoy la descendencia de estos migrantes se confunde y distingue como riohacheros raizales, cuyas tradiciones de la península itálica se diluyeron en el tiempo, para abrazar las nuestras e integrarse e incluirse en nuestra sociedad, adoptando nuestras usos y costumbres, enriqueciendo el mestizaje, el valor que la diversidad aporta en casa.
Los italianos de Salerno son solo un ejemplo, y su llegada data un poco más de un siglo.
Más recientemente, mis paisanos y yo convivimos con un alemán, ‘Marck Domber’, que en el sueño romántico que los europeos tienen del Caribe mágico, se construyó su castillo frente al mar y crió en Riohacha a sus dos hijos, mientras paseaba su vida esbelta por nuestra aldea, un poco retrechero por el miedo que lo diverso trae consigo, pero tanto educado y respetuoso para vivir sereno y feliz por estos lares.
Sus hijos, Dylan y Brigitte, se educaron en la Divina y con las monjas, aceptados, incluidos y amados en nuestra generación.
No sé qué religión profesaba el alemán y ni en cuál santo creía, solo recuerdo lo bonita que se veía su hija, cuando en el mes mariano se vistió de Virgen María donde las monjas y su figura de palmera, así alemana fuera, se destacaba entre las otras virgencitas, caribeñas todas, o al límite, alguna que otra cachaquita medio blanquita y de pelo bueno.
Tengo una profunda empatía por cada inmigrante que se cruza por mi camino, pues bien sé que detrás de cada uno de ellos hay una historia que contar y que, en la mayoría de las veces, son personas a quienes la vida nada les regala y con resiliencia luchan por un sueño que lejos de casa y en soledad absoluta es aún más difícil.
Hay que tener coraje y constancia para enfrentar las estrechas leyes de inmigración, mostrar tu valor y, aun así, el estigma de los prejuicios se te pega a la piel y día a día intentas combatirlo.
Es por eso que ‘volver’ se convierte en una ilusión constante, regresar a la casa, como regresa el viento, donde nos sentimos amados, aceptados y llenos de orgullo…»regresar a mi pueblo por el camino viejo y recorrer mis pasos y empezar de nuevo».
Celebro el acierto de escoger a Riohacha como la sede oportuna para realizar el Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo en su versión número XV, somos un pueblo fronterizo y hospitalario, y les deseo a las autoridades competentes muchos éxitos en la gestión.
Ustedes, paisanos, pórtense a la altura y saquen la casta de nuestros mayores; ellos nos enseñaron, con su generosidad, a ser los mejores anfitriones de toda la bolita del mundo: ¡yo veré!








