La Guajira ha estado al borde de convertirse en un Departamento fallido, en medio de su falta de gobernabilidad y de viabilidad fiscal, que le han costado prácticamente una década perdida en su desarrollo económico y social, a la que muy seguramente se sobrepondrá. Cabe preguntarse qué hacer para que ello sea posible.
Primeramente, hay que saber elegir a sus mandatarios tanto a nivel departamental como municipal, a los gobernadores y alcaldes, así como a nuestros representantes a los cuerpos colegiados. Los hemos tenido buenos, malos y peores. Más de estos últimos que de los otros. Hay la necesidad de propiciar y promover nuevos liderazgos, en cabeza de una generación de relevo que esté libre de los vicios y de las mañas de la vieja política. Se impone la necesidad de superar el canibalismo, que tanto daño nos ha hecho y saber valorar lo nuestro, tener más sentido de pertenencia.
No hay derecho a que en La Guajira se depositen 280.866 votos para el Senado, más que suficientes para elegir por lo menos un senador propio y en su lugar se difumina dicha votación en un sinnúmero de candidatos, que una vez elegidos, la mayoría de ellos no sienten ningún compromiso con el Departamento, a lo sumo agradecimientos para quienes le ayudaron a “pescar” los votos obtenidos, casi siempre a cambio de favores y dádivas personales.
Es imperiosa la necesidad de hacer un alto en el camino, para hacer un acto de contrición y un sincero propósito de enmienda, tras un gran pacto por la transparencia y la integridad, tendientes a erradicar la lacra de la corrupción. }
A La Guajira le han hecho mucho daño las secuelas que le dejó la bonanza marimbera, que engendró una cultura que la describe muy bien nuestro laureado García Márquez, cuando afirmó que se ha generalizado “…una noción instantánea y resbaladiza de la felicidad: queremos siempre un poco más de lo que ya tenemos, más y más de lo que parecía posible, mucho más de lo que cabe dentro de la Ley y lo conseguimos como sea, aún contra la Ley”. Esta cultura del atajo, del “cruce”, del avispado la tenemos que superar, como única manera de dejar atrás esta inversión de valores que nos agobia y nos escarnece.
Sus precariedades y falencias se han visto acentuadas a consecuencia de la pandemia del Covid-19 que se ha abatido sobre Colombia en general y sobre La Guajira en particular. Así como las preexistencias en quienes se ven contagiados por el nuevo coronavirus que transmite la Covid-19 cuentan y los hace más propensos a contraerla y el índice de fatalidad es mayor entre ellos, de la misma manera los países y regiones con mayores patologías han estado más expuestos a los embates de la pandemia.
Colombia es el país de las desigualdades: es patética la desigualdad interregional e intraregional, la desigualdad de ingresos, de la distribución de la riqueza y la propiedad rural, amén de la pobreza monetaria, la informalidad laboral y la precariedad de ingresos. El de La Guajira es un caso extremo. Un buen indicador del cuadro aberrante y amenazador que ya traíamos antes de la pandemia es el de las necesidades básicas insatisfechas –NBI–. Mientras el promedio nacional del índice de NBI es del orden de 27.7%, el de La Guajira es del 44.6%.
Pues bien, la pandemia del Covid-19 puso al desnudo nuestras vulnerabilidades, de allí la ola creciente de contagio y el índice de fatalidad de 6 por millón de habitantes, el doble del promedio nacional. Esta situación se ha visto agravada por la porosidad de la frontera con Venezuela y la puerta falsa y giratoria debido al desencuentro entre los dos gobiernos.