En esta columna reflexiva abordaremos un tema delicado pero común: cómo muchas veces, como sociedad, emitimos juicios severos sobre los demás sin conocerlos a fondo, dejándonos llevar por percepciones personales, prejuicios o simples apariencias. A menudo, calificamos como ‘malas personas’ o incluso atribuimos conductas delictivas a personas honorables y meritorias por parte de otras que pueden estar atravesando trastornos psicológicos que, si se tratan adecuadamente, pueden mejorar significativamente.
Los grandes expertos en salud mental coinciden en que una persona con un trastorno de la personalidad puede percibir la realidad —ya sea la suya propia o la de los demás— de forma distorsionada. Es por eso que la psicoterapia juega un papel clave: ayuda a estas personas a entender cómo sus comportamientos afectan su entorno y, más aún, a romper con patrones que los perjudican a ellos y a los demás.
Pero este no es solo un llamado a la empatía, también es un recordatorio jurídico. Cuando alguien hace acusaciones falsas sobre otra persona y las comunica a un tercero —ya sea por escrito o verbalmente— y esas afirmaciones dañan la reputación o la integridad del otro, se configura un acto de difamación. En nuestro Código Penal Colombiano (Ley 599 de 2000), este delito se conoce como calumnia, y puede acarrear sanciones penales.
Maquiavelo decía: «Calumnia, que algo queda», y tristemente es cierto. Aun cuando una acusación falsa se desmienta, siempre queda una sombra de duda. Por eso, él mismo advertía del peligro que representa la calumnia en cualquier sociedad libre, y de la necesidad de combatirla con herramientas como la libre acusación, que exige pruebas reales, a diferencia de la calumnia que se lanza sin fundamento alguno.
Más allá del plano legal, esto nos invita a una reflexión humana: ¿por qué juzgamos tan rápido? ¿Por qué etiquetamos a las personas con tanta facilidad? En la primera conversación con alguien, solemos preguntarnos (aunque no lo digamos): “¿Está por encima o por debajo de mí?”. Y en segundos, colocamos al otro en una ‘cajita mental’, según nuestras proyecciones y experiencias pasadas.
Muchas veces, lo que vemos en otros no es más que nuestro propio reflejo. Carl Jung lo explicaba con claridad: la ‘sombra’, o ese lado inconsciente que todos llevamos dentro, suele proyectarse en personas de nuestro mismo sexo, generando los mayores choques y conflictos.
Todos hemos caído alguna vez en el error de reducir a alguien a un solo acto: el esposo que cometió una infidelidad es ‘eternamente infiel’, o el trabajador que cometió un error es ‘incompetente’. Pero las personas somos más que nuestros fallos. Somos historias completas, no solo una página aislada.
Tal vez viviríamos más en paz si dejáramos de criticar y de emitir juicios que hieren. Si nos enfocáramos más en comprender y menos en condenar. Porque, como dice el refrán: cada quien lucha una batalla que los demás no ven.
Si se tiene la seguridad de que una persona ha cometido un delito, pero no se cuenta con pruebas para demostrarlo, estrictamente no se trataría de un delito, pero puede tener consecuencias graves. Lo que ocurre es que, en caso de difundir que esa persona ha cometido el delito, se corre el riesgo de que el acusado se querelle por calumnias (aunque no sea cierto que se le esté calumniando). Y en caso de iniciar acciones penales contra la otra persona sin pruebas, cabe esperar que el caso no tenga recorrido penal y que incluso el afectado pueda, a su vez, acusar de denuncia falsa después (aunque esto quizás tampoco tenga probabilidades de éxito). Por otra parte, acusar a otra persona falsamente, o sin tener la seguridad de que en efecto ha cometido un delito, constituye indudablemente un delito de denuncia falsa e incluso podría suponer también un delito de calumnias.
Concluimos con un dicho popular que reza «Si quieres ser feliz como dices, no analices» y, ciertamente, la necesidad de etiquetar y censurar, solo entonces seremos capaces de confiar en la potencialidad de cada individuo y de la familia humana. Dejemos en nuestras contiendas diarias, frases como «¿Por qué lo has hecho?» o «¡Nunca me lo habría esperado de ti!» encierran una dolorosa carga de reproche y descalificación.








