Cuando el reloj se acerca a cero.
Cada vez que diciembre se agota y el calendario nos anuncia su último suspiro, vuelve a escucharse esa estrofa que atraviesa generaciones:
“Faltan cinco pa’ las doce, el año va a terminar…”
No hay colombiano que no la tararee y, al hacerlo, sienta cómo la nostalgia se mezcla con el deseo de abrazar fuerte a quienes amamos. Es el instante en que el reloj parece acelerar y el corazón también. Cinco minutos antes de la medianoche, la vida se detiene para recordarnos que todo tiene un final y un comienzo, que somos tiempo andando.
Fin de Año siempre es doble: alegría y duelo, celebración y reflexión. Unos celebran por lo alcanzado; otros guardan silencio por lo que ya no está. Pero todos coincidimos en algo: cada diciembre nos entrega otra hoja del libro que escribimos con pasos, decisiones, pérdidas, sueños y errores. Y así, mientras el cielo se enciende con fuegos artificiales, hacemos balance: ¿qué dimos?, ¿qué recibimos?, ¿qué aprendimos?
Soltar para avanzar
Que el año viejo se lleve lo que ya cumplió su ciclo: discusiones que no valen más, preocupaciones que drenaron energía, metas que se transformaron o caminos que no resultaron. Aferrarse al pasado es quedarse inmóvil. La queja repetida solo desgasta, porque el ayer no cambia, aunque lo miremos distinto. La vida nos empuja hacia adelante y nos invita a caminar con serenidad, aceptar lo que no pudimos modificar y trabajar con firmeza en lo que aún es posible construir.
Errar es humano y reconocerlo también es valentía. Muchas veces la soberbia nos impide pedir perdón o admitir que fallamos; sin embargo, nada dignifica más que un gesto sincero. Reconocer faltas, recomponer vínculos y perdonar —a otros y a uno mismo— abre espacio para el crecimiento espiritual. No es olvido; es aprender, sanar y seguir.
La ausencia también enseña
La felicidad plena no existe, porque la vida es un tejido donde conviven alegría y nostalgia. Extrañamos a quienes partieron y su ausencia pesa, sobre todo en estas fechas. Pero también es cierto que su recuerdo ilumina. Prefiero pensar que mis padres viven en las risas que compartimos, en los consejos que aún resuenan, en los valores que sembraron. Ya no me domina la tristeza; los recuerdo con cariño, agradecido por los años que estuvieron y por lo que dejaron en mí.
En estas fiestas, traslado ese amor a mi propia familia. Celebro la bendición de tenerlos, de brindar y dar gracias. Además, el 31 de diciembre coincide con mi cumpleaños, y eso convierte la fecha en un doble motivo para celebrar: la vida que termina y la vida que comienza.
Volver a Dios, volver al origen
La canción continúa:
“Las campanas de la iglesia están sonando, anunciando que el año viejo se va…”
Y en mi memoria aparece una enseñanza que valoro profundamente: asistir a misa cada 31 de diciembre para agradecer un año más y poner en manos de Dios lo que viene. Puede que la fe no cambie los hechos, pero sí la forma de vivirlos. Cuando uno deposita sus anhelos en Dios, se libera del afán de control y comprende que no todo depende de nosotros. Hay caminos que se abren sin ruido y puertas que se cierran para protegernos.
Siempre habrá motivos para agradecer: lo ganado, lo perdido que enseñó, las personas que llegaron, las que se fueron dejando luz. Dios escribe con tinta invisible y solo con el tiempo leemos su mensaje.
2026: un nuevo comienzo
Viene un año, vienen oportunidades. Confiemos en que lo mejor está por ocurrir si trabajamos con honestidad, cultivamos la paz y extendemos la mano a quien lo necesite. Que el rencor no tenga espacio, porque envenena más a quien lo guarda que a quien lo recibe. La generosidad, en cambio, multiplica bendiciones.
El año nuevo no es solo un cambio de fecha: es un recordatorio de que podemos intentar de nuevo, amar mejor, ser más pacientes, más solidarios, menos duros con nosotros mismos. Que cada amanecer del 2026 nos encuentre con propósito, con fe y con la certeza de que ningún esfuerzo hecho con amor queda sin fruto.
Un brindis por lo vivido y lo que viene
Brindo por la vida, por los que están y por quienes nos acompañan desde otra dimensión. Brindo por los amigos que regresan, por los que siguen firmes y por los que se alejaron dejando aprendizajes. Brindo por la salud, por el pan en la mesa, por la familia que sostiene y por el abrazo que sana.
Que el nuevo año nos regale luz, oportunidades, conversaciones que unan, instantes que valgan oro y recuerdos dignos de conservar. Que Dios nos conceda fortaleza para los días difíciles y alegría para los días de celebración.
Que 2026 llegue con paz, prosperidad y gratitud.
Que Dios ilumine cada paso del camino.








