Quién no conoce la historia está condenado a repetirla. Parece una frase de cajón, que dejó el filósofo y escritor español, George Santayana, para resaltar la importancia de aprender nuestro pasado, y evitar cometer los mismos errores en el futuro.
En La Guajira y el Cesar, parece que las malas experiencias no dejarán huellas, y mucho menos enseñanzas.
En estos momentos se está registrando una especie de terremoto financiero, cuando un grupo de personas, utilizando a empresas cooperativas reconocidas, y anteponiendo la palabra de Dios, están induciendo a ciudadanos para hacer inversiones en donde se ganaran millonarias sumas de dinero.
Es una especie de pirámides. ¿Un GMC? Algo parecido. Este tipo de jugosos negocios están en permanente mutación, y se presentan en las regiones, con alternativas económicas para ganar, sin trabajar.
De acuerdo a los relatos que se conocen, en los departamentos de La Guajira y el Cesar, parece que este tipo de grupos vienen haciendo reuniones parecidas a las de Murcia; o, a las que hicieron ‘inversionistas’ en Riohacha en el siglo pasado; a la Rosadelia, hace una década en Santander, en donde una mujer, logró alzarse con un millonario botín, motivando a la gente a que hicieran aportes, para rescatar una millonaria herencia de 4.5 millones de dólares, la cual quería repartir entre los incautos ‘emprendedores’.
Ahora, bajo otras propuestas de inversión, la mujer que lidera la ‘empresa’ se refugió en seguidores de muchas iglesias evangélicas quienes empezaron a consignarle el dinero a la espera que éste fuera multiplicado en más de un 500 por ciento. Las ganancias aún no llegan, mientras que muchos inversionistas comienzan a murmurar a escondidas por miedo a represalias.
El tema de la plata fácil mediante inversiones en empresas de papel, hace estragos en todo el mundo. Aparecen, arman el ruido, la gente consigna y luego se daña la plataforma y desaparecen sin dejar rastros.
Los modus operandis, utilizan los sistemas de criptomonedas o criptodivisas. Cuando se cae la plataforma, se borra el único rastro que existía. La gente acude a la Fiscalía para denunciar, pero no saben quién es el responsable de la operación.
En el departamento de La Guajira, solo se conoce lo que dicen en murmullos. A muchos les da vergüenza reconocer que se dejaron estafar. Existen familias que hipotecaron sus bienes, empeñaron vehículos, para ganar las soñadas fortunas.
¿Cómo frenar este terremoto financiero? La única forma, es que la gente entienda que nada fácil es tan real. Peor aún, apostarle a ofertas que aparecen en plataformas del exterior, en donde no se conoce a los responsables.
Que no se repita el caso Rosadelia, como se le conocía a la mujer que logró estafar a mucha gente de Santander, Bolívar, Magdalena, y que ahora parece que ronda en La Guajira y Cesar, bajo diferentes modalidades.