Barranquilla acaba de marcar un hito en las nuevas relaciones de Colombia con los Estados Unidos. La visita de Marco Rubio, no fue algo protocolario. Se considera una señal política: Colombia vuelve a ocupar un lugar prioritario en la estrategia de Washington para América Latina y el Caribe.
Los llamados Acuerdos de Barranquilla, con compromisos en seguridad, recuperación económica, energía y cooperación, abren una nueva etapa en la relación bilateral. De eso no hay dudas.
El primer efecto hay que mirarlo desde lo político. El gobierno de Abelardo De la Espriella ha decidido alinearse con Estados Unidos en asuntos sensibles como narcotráfico, migración, seguridad fronteriza y estabilidad regional. Esa cercanía puede darle a Colombia mayor respaldo diplomático y capacidad de interlocución en Washington, pero también obliga a mantener una política exterior que defienda los intereses nacionales y no se limite a acompañar las prioridades de otra potencia.
El segundo efecto es económico. Rubio anunció que Washington busca avanzar pronto en acuerdos comerciales con Colombia, mientras el Gobierno colombiano intenta reducir o eliminar los aranceles del 12,5% que afectan sus exportaciones. Aquí existe una oportunidad concreta para sectores como el agro, la industria, la energía y la minería de minerales críticos.
Y es allí donde el Caribe colombiano debe mirar con especial atención. La visita se realizó en Barranquilla, una decisión con enorme significado geopolítico. El Caribe no puede ser solamente escenario de reuniones presidenciales: debe convertirse en protagonista de la nueva agenda energética, portuaria, comercial y de seguridad. La posición frente a Venezuela, la protección de las rutas marítimas, la lucha contra el narcotráfico y el control de las fronteras tendrán consecuencias directas sobre La Guajira, Cesar, Magdalena, Atlántico y Bolívar. El propio presidente anunció una mayor cooperación fronteriza, migratoria y de seguridad con Venezuela.
Pero existe una advertencia. La cooperación militar y de inteligencia puede fortalecer la capacidad del Estado frente a las estructuras criminales, pero debe estar acompañada de justicia, desarrollo social y respeto por los derechos humanos. La experiencia demuestra que la seguridad no se construye únicamente con más operaciones.
La visita de Rubio deja, entonces, una oportunidad y una responsabilidad. Colombia puede ganar acceso a tecnología, inversión, cooperación y mercados; pero debe negociar desde una posición de dignidad y reciprocidad.
Para el Caribe, el mensaje es todavía más claro: llegó el momento de dejar de ser periferia. Si Washington y Bogotá quieren convertir esta alianza en una nueva etapa, Barranquilla, Cartagena, Santa Marta, Riohacha y las zonas fronterizas deben estar en el centro de esa estrategia. La diplomacia solo tendrá sentido si sus beneficios terminan llegando a las regiones.
No bastan fotografías ni declaraciones: hacen falta proyectos, recursos y resultados concretos.