Recuerdos de infancia, nostalgias que sobreviven al paso del tiempo.
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“Este diciembre que yo voy donde mamá encuentro en mi casa la comía tapá, me pregunta vida mía como te va, mi cosita linda vení pa’ acá”.
Mientras hacía lo correspondiente para disfrutar a plenitud un delicioso Arroz de cecina preparado con todo esmero por Belinda ‘La Aguja’, inteligente compañera de vida de mi sobrino Amilcar Movil vino a mi mente ‘Como te fue’ de la autoría de uno de mis compositores preferidos, Aurelio Núñez, incluida en el álbum ‘Parao en la raya’ de ‘Poncho’ Zuleta con ‘El Cocha’ Molina, lanzado por la Sony Music en el año 2014, no era para menos, el plato de peltre en el cual me sirvieron trajo a mi pensamiento la emoción que en inocencia supina estremeció mi alma el día que mi vieja me compró un plato igualito en Almacenes Ley en la ciudad de Santa Marta, que lo estrenaría siempre y cuando hiciera las tareas pendientes de mi escuela al regresar a Monguí de aquel viaje, muy pero muy lejos de mi terruño.
Recuerdo que a mi regreso le conté a los muchachos que Santa Marta si era bacano porque había un almacén grandote donde uno cogía lo que quisiera , lo echaba en canastos y se los llevaba sin pagar nada, desde luego no me di cuenta cuando mi vieja pagó la cuenta, nunca antes había visto un almacén de autoservicio, fue un viaje inolvidable para mí, salíamos de Monguí, oscuros en la madrugada, y llegábamos a la capital del Magdalena oscuros otra vez, cuando el sol moría, el viaje era vuelta de Valledupar, los buses paraban en todo el camino, subiendo y bajando gente.
Desde aquel momento cuando volví a ver el plato con sus grandes flores y su marca detrás ‘Made in China’ la nostalgia sobrecogió mi corazón, me puso a pensar cómo nosotros éramos de dichosos con poquitas cosas, no teníamos servicio de energía, pero la luna era grande y alumbraba más que ahora, los muchachos no chateabamos sino que nos sentábamos en el suelo en las puertas de las casas a contar chistes, y a escuchar cuentos de miedo que después nos impedían dormir.
Desde entonces no se quita de mi mente la cocina de mi vieja, igual el otro plato hondo de peltre que me trajo ‘La Negra’ Peralta de Caracas, nadie distinto del ‘Nene’ de la casa lo podía tocar, eran sagrados, exclusivos e intocables, esos platos allí permanecieron hasta cuando desapareció nuestra casa vieja de techo de zinc, cuando la tumbaron me encontraba en la Universidad en Barranquilla, muchas cosas se perdieron pero lo que más me duele es que nunca he podido encontrar mis platos de peltre, para mí se fueron con ellos mis más tiernos recuerdos, no funcionaron ni las gestiones de inteligencia desplegadas en los plateros y cocinas vecinas, se perdieron en el tiempo.
Los mensajes de peltre daban alegría, colorido, presentación y evidenciaban abundancia en la mesa de los hogares humildes pero felices de mi pueblo, no había casa en Monguí, donde no se encontrara una vajilla completa con platos, hondos, llanos, platicos, bandejas, pocillos y pocillitos de peltre, desde luego ninguno más bonitos que los platos del ‘Nene’ de su madre, y así tenía que ser porque le prometí a ella que estudiaría para ser Rey, y lo logré, porque para ella lo fui, y ella la Reina mía para siempre.

Esos platos tenían algo especial, al caer cuando se escarchaban lo que allí se sirviera se sentía más sabroso, en ellos servían el café en las mañanitas para tomar con las arepuelas que con sus manos laboriosas hacia Bertha Pinto, comíamos dos o tres para aguantar hasta la hora del desayuno, eran usos y costumbres que desafortunadamente poco importan ya a las generaciones de las mini arepuelas light, las tostadas de ajo al vapor, la yuca integral, el café descafeinado y las arepitas virtuales.
La única en la casa que no usaba pocillos de peltre era mi vieja, para disipar sus penas, decía, tomaba el café, en un pote de coctel de frutas marca ‘Del Monte’ el cual quemaba en el fogón a propósito, quedaba negrito, para que nadie lo usara, para evitar que le pegaran el catarro, solo lo podía usar el ‘veje’ de la casa…yo.
Lamentable que la modernidad, los rabos en tres terrones y la cabeza en perdigueta, como decía mamá, los refinados gustos, y el afán de aparentar más de lo que se tiene, y/o de lo que se es, esos utensilios, esas costumbres raizales, y la humildad, hayan sido sustituidas por cosas que no valen la pena, no tienen gracia, ni sirven para un carajo, las estufitas de querosín, fueron reemplazadas por fogones empotrados en mesones de concreto que le quitan gracia al arte de cocinar, los anafes se los tragó la tierra porque a la mayoría de la gente les da pena tenerlos en casa, por eso ahora algunas comidas tradicionales saben a icopor, el achiote y los achoteros, el cebollín de la sierra y el ají topito son los grandes ausentes porque se imponen los colorantes en papeletas que nadie sabe cómo los preparan ni con qué químicos los tiñen.
Los platos y sazón de nuestras viejas no los reemplaza nada ni nadie, eso es irremplazable, insustituible, no se hereda, sus manos benditas, eran mágicas para complacer nuestro agrario paladar, eso es imposible de olvidar, ahora mientras más alto el abolengo, más fea es la comida, para estar a la moda; eso no se disfruta, se sufre.
Dijo ‘Poncho’ Zuleta en la canción ‘Los tiempos cambian’, “cómo pasan los tiempos, y solamente queda el recuerdo, cómo pasan los años y ni siquiera nos damos cuenta”.