Hace unas semanas, en Barranquilla, sostuvimos una reunión con el ministro de Agricultura, Indalecio Dangond, y los gobernadores del Caribe para analizar las oportunidades productivas de nuestra región. Durante el encuentro se planteó avanzar en 2027 con 10.000 nuevas hectáreas de coco en el Caribe colombiano. Desde La Guajira propusimos evaluar la cuenca del río Ranchería y otras zonas del departamento para determinar dónde podría desarrollarse parte de esa nueva área productiva.
Pero sembrar coco es apenas el comienzo.
La oportunidad está en utilizar esta iniciativa como punto de partida para construir en La Guajira un ecosistema alrededor del coco, conectado a un corredor agroindustrial que integre producción, transformación, logística y mercados.
Tenemos activos importantes para comenzar. El Proyecto Multipropósito Río Ranchería y sus distritos asociados tienen una capacidad proyectada para atender más de 18.500 hectáreas agropecuarias. En un departamento donde la disponibilidad de agua determina buena parte de la viabilidad de la agricultura, esta infraestructura representa una ventaja que debemos convertir en productividad, empleo e inversión.
Eso no significa que toda esa superficie sea apta para el cultivo de coco. El primer paso debe ser técnico: caracterizar los suelos, la disponibilidad y calidad del agua, las condiciones climáticas y la infraestructura para identificar las áreas donde el cultivo sea agronómica y económicamente viable. La Guajira debe ampliar su actividad agrícola a partir de información y planificación, no de expectativas.
El segundo reto es la productividad. Asia concentra cerca del 80 % de la producción mundial de coco y Colombia continúa teniendo una participación pequeña en ese mercado. Si queremos desarrollar una cadena competitiva, no podemos hacerlo replicando plantaciones tradicionales de bajos rendimientos. Las nuevas áreas deben incorporar genética de alto desempeño, material vegetal certificado, riego eficiente, nutrición, manejo fitosanitario y asistencia técnica permanente.
La discusión, entonces, no puede limitarse a cuántas hectáreas vamos a sembrar. También debemos preguntarnos cuánto podemos producir por hectárea y cuánto valor somos capaces de generar a partir de esa producción.
Ahí comienza la agroindustria.
Un mismo fruto puede dar origen a distintas líneas de negocio. El agua puede comercializarse como bebida; la pulpa permite producir aceite, leche, harina y otros derivados alimenticios; la fibra tiene aplicaciones en sustratos agrícolas y biomateriales; y la concha puede utilizarse para producir biocarbón y carbón activado. Cada uno de estos usos amplía las posibilidades económicas del cultivo y permite generar empleo e inversión más allá de la finca.
Por eso proponemos pensar territorialmente el desarrollo del coco. La Guajira puede estructurar un corredor agroindustrial que conecte el sur del departamento, Riohacha y Dibulla. El sur y la cuenca del Ranchería pueden aportar áreas productivas que deberán ser evaluadas técnicamente. Riohacha puede fortalecer su papel como centro de servicios, conocimiento y articulación empresarial. Dibulla, por su parte, reúne condiciones agrícolas y una ventaja logística estratégica por su cercanía a Puerto Brisa.
La infraestructura portuaria amplía el alcance de esta propuesta. De acuerdo con información de la UPRA, Puerto Brisa es una terminal multipropósito de aguas profundas con capacidad para recibir buques de hasta 180.000 toneladas de peso muerto. Contar con un puerto de estas características dentro del territorio permite pensar desde el comienzo no solamente en la producción, sino también en la transformación, el comercio exterior y el acceso a mercados del Caribe, Norteamérica y Europa.
Eso es lo que entendemos por un corredor agroindustrial: conectar agua, tierra, producción, transformación, infraestructura y mercados dentro de una misma estrategia territorial.

Alrededor de ese corredor debemos construir el ecosistema. Productores y asociaciones tienen que trabajar conjuntamente con empresas privadas, universidades, ICA, Agrosavia, entidades financieras, proveedores de tecnología, viveros, agroindustria y compradores. El Estado debe facilitar condiciones, infraestructura, investigación y acceso a instrumentos financieros. El sector privado debe aportar inversión, tecnología, capacidad empresarial y mercado.
Existe, además, una coyuntura favorable. En Barranquilla se anunciaron instrumentos destinados a apalancar alrededor de $300.000 millones en crédito para el sector agropecuario del Caribe. La Guajira debe llegar a estas oportunidades con proyectos estructurados, productores organizados y modelos productivos capaces de demostrar viabilidad técnica y financiera.
Por eso, el siguiente paso debe ser construir una hoja de ruta del coco para La Guajira. Esta debe permitir identificar las primeras áreas potenciales, definir los requerimientos de agua e infraestructura, seleccionar los materiales genéticos adecuados, estructurar modelos financieros, organizar a los productores y comenzar a atraer empresas interesadas en transformar la producción dentro del departamento.
También debemos definir desde el comienzo cómo vamos a medir los resultados. El éxito no puede reducirse al número de hectáreas sembradas. Tenemos que hablar de productividad por hectárea, productores vinculados, empleos generados, inversión movilizada, toneladas transformadas y mercados alcanzados.
La propuesta de establecer nuevas hectáreas de coco representa una oportunidad concreta para La Guajira. Tenemos el Ranchería, territorios que debemos caracterizar, ubicación sobre el Caribe y una infraestructura portuaria estratégica. El reto ahora es conectar esas capacidades bajo una visión productiva común.
Sembrar coco es apenas el comienzo. La apuesta es construir, desde La Guajira, una nueva cadena agroindustrial y dar el primer paso hacia un ecosistema de coco para el Caribe colombiano.