España levantó la copa, y Argentina, con diez jugadores al final, se quedó con las ganas. Esta final, además, cierra el ciclo de Lionel Messi y abre el de Lamine Yamal, como un relevo generacional que el fútbol nos regala. Merecido, sin duda: España tuvo un camino difícil, dejó atrás a Francia, Portugal y Uruguay buscando siempre tener el balón. En la final supo aguantar e inclinar la balanza.
Sin embargo, más allá del resultado, lo que debería quedar para nosotros, los colombianos, es una lección. Lo digo sin ser hincha de Argentina, pero el caso argentino nos importa, y mucho: es nuestro rival en Conmebol, el que nos ganó la última Copa América y el que, tarde o temprano, volveremos a enfrentar. Reducir lo que pasa en Argentina a lo táctico o al efecto Messi sería un error, aunque Messi, con 39 años, aparece cuando hay que aparecer, con ese toque de primera que sigue siendo corrosivo, pariendo centros como arroz partido. Para entender su fútbol hay que mirar más hondo: hay que hablar de toda la Argentina, porque el fútbol es el reflejo de su sociedad.
Argentina tiene una tradición futbolera de más de un siglo. La primera liga del continente americano se fundó allí, y eso no es un dato menor: habla de un deporte que ha sido parte de su cultura desde mucho antes de que Messi pisara una cancha. El fútbol es un reflejo de la sociedad, pero también la moldea. Argentina ha participado activamente en la construcción de los mitos fundacionales que crean identidad nacional.
El ejemplo más claro es Maradona y el 86. Gran parte de los argentinos cargaban con el dolor de Malvinas y la rivalidad con Inglaterra. D10S, como le llaman, no solo hizo dos goles: curó esa herida y se convirtió en emblema nacional. Esa victoria aún inspira pancartas de los jugadores, donde lo deportivo y lo político se funden. Y alrededor de la selección, a través de las ‘juntadas’ y las barras, se teje una comunidad que trasciende cualquier diferencia de club.
Pero en el caso argentino hay algo más. Ellos le llaman fuego sagrado: esa garra y pasión que no se compran ni se entrenan. Argentina juega bien, pero también juega recio cuando se precisa, remonta cuando debe y aguanta cuando toca, como en la final con uno menos, donde estuvo a punto de forzar los penales. La Scaloneta no es solo un grupo de once jugadores, sino la encarnación de ese fuego.
El fuego sagrado lo vemos en los jugadores, pero también en las frenéticas narraciones de los locutores, en madres amamantando mientras cantan un gol, en multitudes cargando a alguien en silla de ruedas para que pueda celebrar, en los abuelitos que viven su ‘último Mundial’ y en el hincha que vende el carro para estar ahí. Ese fuego sagrado es la pasión con la que experimentan el encuentro con el otro, la lealtad y el ímpetu con el que afrontan este rito colectivo.
Esa pasión no es un accidente; tiene raíces profundas. Argentina tiene una cultura amiguera que no es un mito, sino una necesidad vital. Como escribió Borges, ‘la más íntima de las pasiones argentinas es la amistad’. Algunos explican ese rasgo por el peso sociológico de la inmigración; quizá por eso el amigo terminó siendo el pariente elegido. Y ese vínculo tiene un ritual sagrado: el mate. Compartir la misma bombilla trasciende la simple bebida; se convierte en un acto de confianza, igualdad y fraternidad.
Esa cultura amiguera encuentra su expresión más concreta en los clubes de barrio. Allí ocurre mucho más que fútbol: se tejen amistades, se resuelven problemas comunitarios y los socios sostienen el club con cuotas y participación. Es la misma lógica del mate llevada a la cancha. Cuando llega el momento de la selección, toda esa red se activa y los hermana.
Probablemente ahí tengamos los colombianos una gran diferencia con ellos. En Colombia los clubes y escuelas de formación difícilmente ocupan el lugar social que tienen los clubes de barrio argentinos. Tampoco las ligas inferiores hacen parte de la conversación nacional ni de la identidad de las comunidades. En Argentina la selección recoge una comunidad que ya existe; aquí ocurre una rareza difícil de encontrar allá: hay colombianos hinchas de la selección argentina. No hablo de admirar a Messi o disfrutar su fútbol, sino de apoyar a otra selección por encima de la propia. Esa extraña especie dice mucho de nuestras dificultades para construir un ‘nosotros’. Ellos tendrán diferencias, pero cuando juega la selección se abrazan. Nosotros, en cambio, cargamos una historia marcada por el conflicto y la violencia, una fractura que parece trasladarse a todo, incluso al fútbol. Ni siquiera la selección logra el milagro de unirnos con frecuencia; antes del Mundial fue otra excusa para el desencuentro.
En Argentina, esa arquitectura social no se desvanece por una derrota; es la que les permite competir siempre, estar siempre. La lección no es copiarlos, sino entender que el fútbol, bien aprovechado, puede ser el primer ladrillo de una comunidad. Ellos construyeron esa identidad con heridas, barrio, mate y décadas de tradición; nosotros, con una historia distinta y más dolorosa, aún estamos a tiempo de preguntarnos qué queremos construir.








