José Darío Martínez Acosta nació un 1 de junio en Valledupar, pero su alma se templó en Manaure, Balcón del Cesar, donde el viento corre distinto y la música se aprende con el oído antes que con la palabra. Quizá por eso, desde muy niño, ya sabía que la vida tendría el compás de un acordeón y una guitarra. No podía ser de otra manera, su padre, Hugues Martínez, fue guitarrista de alcurnia vallenata, integrante de agrupaciones que tejieron páginas esenciales del folclor. A él lo veía afinar las cuerdas como quien prepara un rito. De allí heredó la música. Y también el nombre, ‘Chabuco’, llamado así por la devoción familiar a la cantora peruana Chabuca Granda, maestra de la poesía hecha canción.
En su juventud, ‘Chabuco’ encontró escenario y resonancia en Los Pelaos, aquel grupo que en los años noventa dio frescura y brío a la música vallenata juvenil. Pero su destino no era quedarse donde empiezan todos. Era abrir ventanas. Romper moldes sin romper la raíz. Su voz, suave, íntima, casi conversada, ya anunciaba que el vallenato podía decirse de otra manera.
Los años siguientes fueron el viaje de la búsqueda.
‘Morirme de amor’ 2004, fue su declaración inicial; ‘Nació mi poesía’ 2008, la confirmación; y con ‘Clásico café de la bolsa’ 2011, llegó el giro que lo reveló ante el mundo, un vallenato que se permitía bailar con el flamenco, sentarse en la mesa del bolero y conversar con el jazz latino sin perder el perfume de la tierra. Ese disco lo llevó a México, a España, a teatros donde su acento Caribe era recibido como una revelación.
Después vendrían nuevos puertos.
‘De ida y vuelta’ en 2013, y el ‘Encuentro’ de 2018, grabado en São Paulo, donde el vallenato se abrazó a la bossa nova, al piano y al arpa, entre la sutileza de Zé Godoy, la calidez de Vicente García y el aplauso afectuoso de Alejandro Sanz.
Pero ‘Chabuco’ es, ante todo, un viajero. Un constructor de puentes.
Un cantor que no teme traspasar geografías emocionales.
Hoy, en su proyecto ‘Chabuco tango’, se escucha la madurez de un artista que entiende que la música, cuando es profunda, no pertenece a un solo territorio. Grabado en Mina Clavero, Córdoba, allí donde el bandoneón respira distinto, este álbum es una conversación franca entre dos nostalgias, el tango que llora y el vallenato que recuerda.
Su carrera, con nominaciones al Latín Grammy y aplausos que cruzan fronteras, podría contarse en premios, giras y colaboraciones. Pero la verdad es otra, ‘Chabuco’ es una voz que no se parece a ninguna, una voz que canta despacio porque sabe que lo que se dice desde el corazón no necesita gritar.
Y en cada interpretación, en cada guitarra que lo acompaña, uno reconoce, como un perfume antiguo, el aire fresco de Manaure, el rumor de patios vallenatos, la sombra de Escalona, el amor de Leandro, la poesía de Molina, la herencia inconfundible de su padre.
‘Chabuco’ no solo canta.
Él te cuenta el alma del Caribe.
Y lo hace con una elegancia que no se improvisa, sino que se nace, se aprende y se honra.








