La última imagen pública del papa Francisco quedará grabada en la memoria de millones: en silla de ruedas, sin oxígeno asistido, y con una voz suave pero firme, el pontífice saludó a los fieles desde el balcón de la basílica de San Pedro durante la misa de Pascua. Fue su despedida al mundo, aunque nadie lo sabía. Horas después, este lunes, falleció en Roma a los 87 años, tras una larga batalla de salud.
A pesar del evidente deterioro físico, Francisco no quiso faltar a una de las celebraciones más importantes para los católicos. Desde lo alto de la plaza vaticana, ante más de 35.000 personas, impartió su última bendición Urbi et Orbi, haciendo un llamado conmovedor a la paz, la libertad religiosa y la solidaridad global. “Estas son las armas de la paz: las que construyen el futuro, en lugar de sembrar muerte”, expresó con fuerza.
Ese gesto final fue un reflejo de lo que fue su papado: cercano, humano, sencillo y valiente. Jorge Mario Bergoglio, el primer papa latinoamericano, rompió protocolos, acercó la Iglesia a los marginados, defendió a los migrantes, visitó cárceles, y enfrentó los temas difíciles con una honestidad desarmante. Su estilo pastoral se alejó de los lujos y lo acercó al pueblo; su liderazgo espiritual marcó una época.
Apenas días antes, aún con movilidad reducida, visitó la cárcel de Regina Coeli, donde no pudo repetir el tradicional lavado de pies, pero sí compartió con los reclusos un mensaje de esperanza. “Rezo por vosotros y por vuestras familias”, les dijo. Así fue Francisco hasta el final: un pastor que nunca dejó de caminar, incluso cuando solo podía hacerlo sentado. Su última aparición fue un acto de fe, un símbolo de entrega y un legado que seguirá inspirando.








