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Cuando el carajo y compañía eran malas palabras

Por: Redacción
agosto 15, 2020
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Por Jesús Córdoba

En esta semana que culminó leía con mucha atención en una revista de circulación nacional el siguiente titular: “Elogio al madrazo” y desarrollaba: Lejos de ser una vulgaridad o una expresión utilizada por los sectores incultos, la palabra ‘hijueputa’ ha sido parte importante de la cultura colombiana y sirve tanto para insultar como para halagar. Además, se utiliza a veces para expresar frustración, como le ocurrió a la senadora Angélica Lozano.

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Todo se originó porque a una senadora de la República en una reunión virtual olvidó cerrar el micrófono y se despachó a madrazos contra uno de sus colegas, y no es la primera vez que sucede son muchos los casos del famoso micrófono abierto, recuerdo el del técnico de la Selección Colombia Bolillo Gómez cuando asumía como asistente de Pacho Maturana, y las secciones del Congreso más de un quintena de veces han sucedido.
De todas maneras, a estas alturas del lenguaje frases o palabras que en otra época se consideraban de regular restricción para ser utilizadas en ciertos escenarios hoy son utilizadas como pan nuestro de todo tipo de conversaciones o reuniones.

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Qué dirán en su tumba los eruditos como Rufino José Cuervo, don Miguel Antonio Caro, José Asunción Silva, Marco Fidel Suárez, por mencionar algunos, a Gabo lo dejamos quieto porque como buen costeño se desenvolvía muy bien con el lenguaje propio de la República de Macondo ‘La Costa’.

Personalmente pertenezco a los que algunos llaman la ‘Generación de la Guayaba’ los que nacimos antes de los 80, como muchos que leen esta columna. A la generación de la guayaba se le cercenó el derecho a la expresión, cero malas palabras o palabras obscenas, no había derecho ni siquiera aun simple carajo y sus socios.

La obediencia no tenía discusión o protesta; al menor gesto “se nos volteaba el cachete o quizás el fajonazo o perrerazo en las piernas se hacía sentir de inmediato y sin derecho a réplica o huida. Los “Derechos de la Infancia” no existían. En aquellas épocas los privilegios eran para los adultos, en especial para el padre. Era el que primero comía y tenía la mejor carne, lo que quedaba se repartía entre los hijos (si había). Los padres para educar a sus hijos se apoyaban en los dictámenes de la religión católica, donde los actos de “insubordinación” eran repudiados y se ordenaba castigarlos con severidad.

Los maestros o profesores eran autoridad en el lugar, cualquier adulto castigaba, regañaba, cocoteaba y si esto se mencionaba en casa era otra reprimenda porque por algo malo nos había casqueado. En la mayoría de los países suramericanos dicha religión era la voz mandante, hacía parte fundamental del gobierno. Ir a misa constituía un acto inobjetable y según el grado de implicación de los progenitores, se tenía que ir a diario y a la misa de gallo (misa a las 5 a.m.), memorizar el Catecismo del padre Gaspar Astete.

Por otro lado, los hijos trabajaban dentro y fuera de casa en muchos casos. Las mujeres tenían que aprender y realizar las labores domésticas desde edades muy tempranas (3-5 años), de similar forma, los varones tenían que aprender el trabajo fuerte (construcción, cargar provisiones, recados o mandados) y si por “fortuna” los padres poseían algún negocio, trabajar a sol y sombra junto a ellos, o, dependiendo de la situación económica de la familia, salir a la calle a “rebuscar” dinero para contribuir en la casa.

Hoy día todas esas palabras antes restringidas son de uso común en todas las clases sociales y niveles educativos, parece que se volteó la torta hoy en una conversación de los milenium, un 40% de sus diálogos son fluidos de palabras que antes se les bautizaba como malas palabras, en los colegios, eventos deportivos, discotecas, las malas palabras se metieron, en canciones reguetoneras, están como la mosca, por todas partes.

La psicología actual sostiene que los hijos de la generación actual por lo general, se han educado en la soledad del hogar; donde los padres están muy ocupados trabajando para “que no les falta nada”. La ausencia de los progenitores en este tipo de familias ocasiona una relación de culpa- odio; la culpa es de los padres, puesto que a pesar de darles “todo lo que necesitan”, los marginan de su compañía, su tiempo, afecto y amor; ahora, el odio o rabia es de los hijos, que siguen igual que sus padres, en carencia.

Se ha repetido la historia, los mismos dolores emocionales de la infancia, esto es lo que se llama “proyección”.

Todo lo que hay en la mente es lo que se constituye en realidad. La proyección se aplica tanto para los que repiten el comportamiento, como para los que hacen lo opuesto a sus padres. Son polaridades fraguadas por el resentimiento, la culpa, la tristeza, el temor o el fastidio que todavía habita en su mente inconsciente. Los hijos de esta generación están embebidos de las mismas emociones, sienten rabia hacia sus padres y estos se preguntan: —¿Por qué? Si yo le he dado todo, no lo he maltratado, lo he consentido, le he dejado hablar y, sin embargo, parece odiarme, me ofende, me irrespeta, me lastima.

Este artículo es la recopilación, fruto de la experiencia personal cuando asisto a universidades u otras instituciones a dar conferencias, eventos deportivos, reuniones, el lenguaje que maneja el oyente es muy pobre de léxico, con una obscenidad resuelven una conversación, y pensar que el diccionario de la RAE contiene 88.000 palabras honestas.

Nota: Entiéndase por ‘Generación de la Guayaba’ todos los que usamos lonchera metálica con imagen del hombre nuclear y en el interior un tarro con jugo de guayaba y un pan de sal.

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