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Los abuelos ausentes… ya no huelen igual

Por: Redacción
agosto 6, 2020
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Por Luis Eduardo Acosta Medina

“Mis abuelos quedaron allá, y mis amigos que ya se me han muerto, recuerdos de mi pueblo me causan sentimiento, y el alma por dentro se me pone a llorar”

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El aparte que antecede corresponde a la canción titulada ‘Recuerdos de mi pueblo’ de la autoría de Camilo Namen Rapalino grabada por ‘Poncho’ Zuleta y ‘Colacho’ Mendoza, está incluida en el LP ‘Una voz y un acordeón’ que dieron a conocer del público el 31 de marzo de 1975, esa canción la he recordado por el tema que Dios ha colocado en mi agenda en este día cuando la nostalgia me atormenta, y extraño tanto a mis mayores que ya se fueron.

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El 26 de julio reciente pasado, mi pariente, amigo y colega Iván Fuentes Acosta tuvo el acierto de compartirme una publicación titulada ‘La casa de los abuelos’ que comienza diciendo lo siguiente: “Pienso que uno de los momentos más tristes de nuestras vidas llega cuando se cierra para siempre la casa de los abuelos”, rememora los encuentros de la familia que enaltecen su linaje, y que juntos parecen una familia real, que estar en la casa de los abuelos hace feliz a todo el mundo.

Dos días después de haberme deleitado con aquel relato sentido, entretenido y enternecedor, estuve en mi pueblo visitando en su última morada a mis viejos y saludando a la familia y los amigos que a uno le van quedando, y al observar la casa de mis abuelos cerrada, mi memoria me puso de presente lo que había leído, una sensación de tristeza abrumó mi corazón, un vacío extraño y de imposible descripción se apoderó de mi alma, mis ojos pusieron frente a mí, el pisito de cemento de dos escaños donde mi abuela se sentaba en las primas noches a fumar su tabaco.

Aquel día, cuando a la puerta de esa casa me acerqué para observar por una hendija cómo estaban las cosas en su interior, me estremeció esa sensación de ausencia, había desaparecido ya el embriagador olor a tabacos que uno sentía cuando estábamos muchachos, ya no están las ramas de tabaco guindadas, ni sé dónde fue a dar el cajoncito donde Juana Peralta, mi abuela, se colocaba por delante sentada en el piso mientras armaba los tabacos para la venta, los cortaba con una tijera mocha y de punta roma, les colocaba como pabilo –un palito de ramita de mata ratón– en el medio al enrollarlo envolviendo la picadura, para sellarlo con el pegamento final con goma de Jovita verde, porque la madura se volvía líquida y dulce y no pegaba, ya no huele igual, aunque la casa se sigue pareciendo a sus dueños.

Son esos viejitos sombra tutelar de la familia, y con su partida para siempre comienza la desintegración familiar, desaparece el punto de confluencia de todos los vástagos de su descendencia, los nietos se desgaritan y entre ellos muchas veces se pierden el respeto, la confraternidad y las consideraciones, generalmente producto de las malas compañías, porque es como decía mi vieja, “Una mala res echa a perder un rodeo”.

Imposible olvidar el cajón de las herramientas de mi abuelo que mi tío Chombo colocaba sobre un taburete para encarapitarme mientras me motilaba, el aguamanil de madera color azul donde estaban las dos grandísimas tinajas con agua fresca y con sabor a manantial que quedaba en el rincón, con sus tapas de madera de roble, hechas con esmero y cuidadosamente labradas por su gran amigo don Julio Reinoso Q.E.P.D., ya el agua no sabe así, la modernidad obliga al consumo del precioso líquido embotellado y tratado químicamente, la de nosotros no, fuimos nacidos y criados tomando el agua, de los manantiales de ‘La negra’ y los de las tías Edita Medina y Cenobia Pinto en ‘La guayabita’, y del pozo del molino, era entonces de la fuente al galillo, y nadie se enfermaba, todos los niños éramos sanos y hermosos como quien escribe estas letras.

También recordé durante mi visita, la hora del almuerzo en esa casa de grata recordación, era generalmente a las once y media, abundante y sabroso, de la olleta del arroz se desprendía un agradable y provocador olor a cebollín que fácil podían sentir los vecinos, a esa hora precisa, rebuznaba el burro de mi abuelo como avisando que acababan de entrar al pueblo de regreso del potrero, de inmediato mi abuela salía volando para la cocina, previamente colocaba sobre el tapete plástico que cubría la mesa, un mantelito de tela de cuadros verde y blanco doblado en cuatro, para ubicar encima el plato y el grandísimo pocillo de aluminio lleno de leche jocosa y los cubiertos para que el jefe de todos se sentara a comer; todos recordamos cuando ella le decía “Arrima Eduardo, esta servido”.

Cuánta falta nos hacen, ‘Babo’ mi abuelo filósofo honrado, trabajador y contador de cuentos, y mama, la abuela franca, directa, estricta e imprudente, quien mandó a colocar el nombre a una de sus casas al frente, “nadie sabe” porqué decía que “nadie sabe para quién trabaja”, ellos fueron vitales en nuestra formación ética y moral.

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