Engreído. Vanidoso. Duraba horas frente al espejo delineando su bigote con todo el esmero posible. Amante de la perfección en las palabras, lo extendía hasta donde podía a lo físico. Dueño de unas enormes, gigantescas, circunvoluciones cerebrales, que lo hacían mezclar de manera maravillosa sus recuerdos con sus fantasías, los relatos escuchados de abuelos con aquellos que su mente le narraba, sin interesarse en descifrar de dónde provenía cada uno, no dejaba a la improvisación nada de lo que afectaba su imagen o sus novelas. Se exigía con rigor matemático cada actuar de su día, programando los momentos para soltar la rienda a la creatividad que lo dio lustre.
Era por sobretodo un ser humano complejo, como buen intelectual. De veleidades izquierdistas, radical en sus posturas fuera de la literatura, éstas no lo afectaron en su éxito editorial. Tampoco le dispararon audiencia, lo que da más realce a su contenido, puesto que los ideologismos suelen darle sesgos en los lectores. Los reconocimientos a la profundidad de su obra, la trascendencia de difundir una forma de vida a lo caribe, a coger los mangos bajitos, como decimos en los litorales de este sabroso entorno, pasaron sin duda por abrir la mente de tantos observadores de narraciones. Aún trato de explicarme qué puede sentir un ruso, un lapón o un alemán cuando imagina el mundo descomunal que se vive en cuatro, cinco calles de nuestras poblaciones calurosas y a la vez relajadas. Algún día compré una de sus grandes obras en inglés, para convencerme con el pasar de las páginas que no se lee con las letras sino con el alma y la cultura de quien lo hace. Me dio igual el idioma.
El cuidado de su imagen era impecable. Cada salida a medios, cada fotografía, cada mensaje, estaban cuidadosamente escritos, diseñados, diagramados para que el eco de la oportuna presencia pudiera disparar sus ventas y sus dimensiones publicitarias. Ahora, luego de salir de este platanal, escribe su última novela en manos de explotadores de su historia, de su memoria y de sus caprichos. Presumir de guardianes del sigilo y la forma como quiso manejar su desliz es de mediocres. Se esmeran en volverlo el “secreto mejor guardado del mundo”, para convertirlo en la explotación literaria más descarada de Colombia. No trascenderá a otras latitudes un chisme de quinta categoría. Se quedará rebotando en las paredes de las estructuras mediáticas intrascendentes en las que vivimos, ansiosos por convertir en audible lo inasible.
Esa es la verdadera última novela del Nobel: Descifrar la causa de su ocultamiento, con la huella, extraña en él, de la impremeditación que no lo caracterizaba. El desenlace, por lo que observo, no está en buenas manos.







