El fin del subsidio petrolero venezolano y la llegada de un negociador implacable a la Casa Blanca han puesto al régimen cubano contra las cuerdas. ¿Estamos ante el principio del fin del castrismo? Analizamos la estrategia de ‘carpintería política’ que busca desmantelar el sistema desde sus cimientos.
Ya sabemos que cuando Estados Unidos quiere actuar contra algo o contra alguien se apoya en su llamada ‘doctrina de la seguridad nacional’ y para Mr. Trump Cuba representa un peligro para sus intereses.
Cuba es ahora la prioridad del binomio Donald Trump–Marco Rubio, y el presidente estadounidense no lo oculta. Por el contrario, el pasado viernes afirmó: “el Gobierno cubano está en conversaciones con nosotros y quizás logremos una toma de control amistosa (friendly takeover) de la isla”.
¿Qué significan realmente esas palabras? La sola referencia a un ‘control amistoso’ descarta, en principio, cualquier operación de carácter militar. No habrá para Cuba un libreto similar al venezolano; Estados Unidos no parece buscar la salida de Díaz-Canel por la vía de la fuerza.
En la isla, Trump juega otra partida: la presión económica combinada con la negociación política. Tras la caída de Maduro, Cuba perdió el suministro de petróleo subsidiado que Venezuela le garantizaba. A esto se suma la advertencia de Washington de imponer aranceles a los países que continúen abasteciendo de crudo al régimen, incluyendo a México.
El resultado es un desabastecimiento severo de combustible que explica el colapso actual: sin energía ni movilidad, buena parte del país permanece paralizada. El sector turístico, motor de la economía, ha entrado en estado crítico. Mientras miles de turistas canadienses y europeos abandonan la isla en vuelos de repatriación, las aerolíneas locales permanecen en tierra por falta de combustible.
No es difícil anticipar cómo sería una negociación con Trump conociendo su espíritu empresarial, para quien la política exterior es un negocio donde siempre busca ganar a cambio de dar poco o nada. Cuando la situación llegue al límite en Cuba y la crisis económica y social desborde la capacidad del régimen y este se sienta amenazado por la realidad, tendrán que ceder a su retórica y orgullo revolucionario para evitar que el malestar social se traslade a las calles. Trump estará allí esperando para imponer las reglas y, claro, ofrecerá ayuda, pero con condiciones. Para un negociador de su estilo, todo tiene un precio.
Lo que sigue será un trabajo de ‘carpintería política’: una transición gradual para forzar cambios estructurales desde lo político, económico y social. Marco Rubio, secretario de Estado y aliado clave, no se conformará con gestos superficiales. Como hijo de exiliados, buscará desmantelar el sistema que ha gobernado la isla por más de seis décadas.
Es necesario recordar que, antes de 1959, Cuba era una de las economías más dinámicas del Caribe, con una clase media sólida y una Habana que funcionaba como centro financiero y cultural. De igual forma, antes del chavismo, Venezuela era el referente de riqueza y modernidad en América Latina.
Hoy, ambos países enfrentan una encrucijada. La historia parece moverse en una nueva dirección y la posibilidad de libertad se asoma tras décadas de oscuridad. Como dice el refrán, ‘no hay mal que dure cien años’, y para el régimen cubano, este momento marca el principio de su fin, como para el pueblo la luz brillando al final de un túnel de oscuridad donde fueron violentados sus derechos humanos.
La reconstrucción no será fácil ni automática, pero el escenario que parecía clausurado se ha reabierto. El desenlace dependerá de la capacidad de sus pueblos para transformar este colapso en un nuevo punto de partida.
Es inevitable el efecto dominó de lo ocurrido recientemente en Venezuela, proyectando una sombra larga sobre Cuba. La caída de Nicolás Maduro coloca en la mira de Estados Unidos a la isla gobernada durante décadas por el castrismo. Hoy, bajo el mando de Miguel Díaz-Canel, ese país se perfila como el siguiente foco estratégico.
Y después le tocará el turno a Nicaragua. Trump está dispuesto a acabar con el comunismo en América.








